Lenguaje claro

domingo, 27 de diciembre de 2015

El Valiant del doctor

El siguiente relato fue publicado, originalmente, en diciembre del año 2011. En ese año, en marzo, arrancó el blog de Blogger de Archivo de autos y  en septiembre se creó la página de Facebook. Fue el segundo relato publicado contando una historia real de finales de la década del sesenta. Me pareció oportuno republicarla porque los hechos ocurrieron en un diciembre del año 1967. Muchos seguidores/lectores no la deben haber leído y esta es una buena oportunidad para hacerlo. Espero que les guste esta historia real.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Mi padre fue chofer de un abogado de la ciudad de Buenos Aires por más de treinta años. Manejó diferentes autos nuevos a lo largo de sus años como chofer. Uno de esos automóviles cero kilómetro fue un Valiant IV modelo 1967 color azul noche.

Al poco tiempo de sacarlo de la concesionaria, mi papá, le cambió los amortiguadores por unos más duros y le puso cuatro neumáticos de baja presión, así le llamaban a los primeros neumáticos radiales que entraron al país. Los que le puso mi viejo al Valiant IV eran Michelin importados desde Francia.

Andar con esos neumáticos por la ciudad de Buenos Aires era toda una historia. Cada tanto te tocaban bocina para avisarte que tenías baja una goma. El público local no tenía vista la pisada de un neumático radial y les parecía que el auto tenía una goma baja.

Otra cosa que le hizo al Valiant IV del patrón fue sacarles las tazas de las ruedas, con lo cual tenía un aspecto deportivo. Las ruedas negras y el auto más bajo que lo normal tenía lo suyo a fines de la década del ’60. La tenida en ruta había cambiado notoriamente y el Valiant IV crucereaba a 140-150 kilómetros por hora como nada.

Recuerdo que el interior de ese auto era enorme, sobretodo para un chico de siete años, como tenía en aquellos años. Seis adultos cambian cómodamente en su interior y se podía viajar en ruta plácidamente. Tengo el recuerdo de un viaje a la localidad de 9 de Julio en la provincia de Buenos Aires con ese Valiant IV azul noche. Fuimos a visitar unos parientes de una tía abuela que vivían en esa localidad. El viaje lo hicimos en el verano desde la casa de mi abuela en San Miguel. Fuimos y vinimos en el día y el andar del Valiant IV en la ruta era muy bueno.

El color azul noche del Valiant IV era muy lindo de día y de noche parecía negro. Una vez le pasó a mi viejo que la policía le hizo una multa, no recuerdo porque. El color del Valiant IV pasó a ser negro en la boleta, con lo cual nunca pudieron cobrarle la multa porque el color verdadero era azul noche. Esta demás decir que las foto-multas no estaban en la cabeza de ningún agente de tránsito o zorros grises como se los llamaba por entonces.

Hay una historia con ese Valiant IV que merece ser contada. En diciembre de 1967 los patrones de mi viejo emprendieron un viaje a Francia y para ablandar el auto nos fuimos unos días a Mar de Ajó en la Costa Atlántica en la provincia de Buenos Aires.

Partimos mi viejo, mi mamá, mi tía abuela, mi abuela y yo rumbo a Mar de Ajó a fines de concretar el alquiler de un departamento para la temporada de verano que se acercaba. Fueron unos tres o cuatro días de un fin de semana. Llegamos a Mar de Ajó a media mañana y el recuerdo es que había aguaciles o libélulas por doquier. Estaban todos amontonados en una “L” que hacía la edificación del lugar. Nunca había visto una cosa similar y no la he vuelto a ver. Si hablabas mucho o abrías la puerta del auto se te metía uno seguro.

Recuerdo que la dueña de los departamentos era una mujer portuguesa, que había recibido la visita de un sobrino de once años que había venido solo desde Portugal en barco. El viaje le había durado un mes.
Un día a la tarde mi viejo enfiló el Valiant IV con rumbo a Punta Médanos, donde está el faro de Mar de Ajó. Les recuerdo que en aquella época no existía la ruta interbalnearia, ni la ruta 11 estaba asfaltada. Por lo tanto el único camino al faro era por la playa, a la cual se bajaba cuando casi terminaba el pueblo de Mar de Ajó. Entrar a la playa era una tarea que requería de entrenamiento, había que acelerar el auto en primera y encarar la arena con buena velocidad. El Valiant IV no tenía tracción delantera que facilita el manejo en caminos de arena o barro.

Una vez que ingresamos a la playa viajamos hasta el faro de Punta Médanos que está a más de 20 kilómetros al sur del pueblo de Mar de Ajó. En aquellos años se podía llegar perfectamente por la playa hasta el faro de Punta Médanos. En el faro hay un puesto de Prefectura Naval y los vehículos de la guarnición iban y venían hasta Mar de Ajó para abastecerse. Hoy no es necesario porque tienen la ruta 11 asfaltada y el camino pavimentado llega hasta el faro. Llegar a Punta Médanos por la playa en la actualidad implica usar un vehículo 4x4.

El viaje al faro era para recolectar caracoles porque durante los meses de octubre y noviembre el mar saca los caparazones de los caracoles muertos. En aquellos años era un cementerio de cuadras que iba de la orilla del mar, hasta los médanos. Pilas de caracoles, almejas, mejillones y demás bivalvos estaban sembrados en la arena. Mi madre, mi tía abuela y mi abuela se dedicaron a buscar las piezas más llamativas o coloridas. Por supuesto que ayudaba en la tarea, mientras mi viejo había estacionado el Valiant IV en una zona segura de la playa.

La tarde corría y se acercaba el anochecer. Está decir que éramos los únicos humanos en la zona, salvo los prefectos del faro. Llega la hora del regreso al pueblo de Mar de Ajó. Mi viejo dice: “mejor saco el auto hasta la arena húmeda y suben allí”. Ahí empieza la odisea del Valiant IV y la arena de Punta Médanos.

Mi papá arranca el Valiant y este se empieza a enterrar o arenar en este caso. Todos a empujar, mi mamá, mi tía abuela, mi abuela y yo. No pasó nada el auto no sólo no se movió sino que se encajó mucho más. Hasta el diferencial se enterró. Empezamos a buscar maderas o alguna superficie donde las ruedas del Valiant tuvieran apoyo. Salimos a campear algo. Nada sirvió el Valiant salía de una encajadura para caer en otra. Parecía que la arena se había aflojado de pronto.

El atardecer seguía su transcurrir de todos los días. Menos luz y más agua. Sí, más agua porque a esa hora empieza la pleamar. La playa empezaba a achicarse. También el tiempo para salir del atolladero. Una tras otra el Valiant caía nuevamente en la trampa de la arena. La situación empezaba a ponerse fea y los nervios a crisparse. Mi tía abuela me dijo en un momento “rezá vos que sos chico y Dios te va a escuchar”. Así que rezaba y empujaba, como los demás, mientras el Valiant tiraba arena a troche y moche.

Unas maderas fueron las salvadoras de la situación, fueron el piso que necesitaba el Valiant para salir del arenal en que había caído. La noche se acercaba y el sol se había ocultado detrás de los médanos trayendo una sensación de frío, pero por suerte habíamos salido de la difícil situación.

Mi viejo nos hizo volver en el aire a Mar de Ajó, por supuesto que no nos cruzamos con nadie en el regreso al pueblo. Llegamos de noche con un susto de aquellos y que no se olvidan fácilmente. Han pasado 44 años y todavía recuerdo la fea situación que pasamos ese diciembre de 1967 en Punta Médanos, al sur de Mar de Ajó.

Queda para otra ocasión lo que le pasó a ese Valiant IV en un camino anegado de la provincia de Buenos Aires. Esa será otra historia con auto.

Mauricio Uldane

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