domingo, 6 de agosto de 2017

El auto deseado

No recuerdo a que edad descubrí el auto de Don Eulogio. Sí, que desde que lo vi quedé impactado. Eso no cambió con los años. Tengo en la memoria que lo veía cuando iba y volvía de la escuela primaria. Ahí, estacionado frente a la vieja casa estaba el Valiant. El primero que llegó al barrio de mi infancia.



Desde el preciso momento que lo vi por primera vez me enamoré de ese auto. El color, sus formas y el sonido ronroneante de su motor hicieron el resto. Cada día que pasaba a su lado me gustaba un poquito más. Un día les dije a mis compañeros de clase: “voy a ahorrar dinero para comprarle el Valiant a Don Eulogio”.

Por supuesto que un chico dijera eso era motivo de risas. Y así fue. Pero en el más absoluto secreto comencé a juntar el dinero que llegaba a mis manos. Desde plata que me regalaban, hasta dinero que me ganaba por algún “laburito” en el barrio.

Durante años ahorré el dinero para poder comprar el Valiant de mis amores. Llegaron los 18 años y lo primero que hice fue sacar la licencia de conductor. Con ese documento encima me fui a la casa de Don Eulogio. Toqué el timbre tembloroso y esperé.

Al rato apareció Doña Marta, la esposa de Don Eulogio. Le dije que necesitaba ver a su marido. Luego de un rato apareció en la puerta. “Vengo a comprarle el Valiant”, le dije a quemarropa. Se rio, como mis compañeros de escuela. “No pibe, el Valiant no se vende”, me soltó mientras me daba un golpecito sobre el hombro derecho.

No fue la primera, ni la única vez, que le quise comprar el Valiant a Don Eulogio. Cada 6 meses lo intentaba. Luego fue una vez al año y siempre la misma respuesta. Hasta que en un intento me dijo: “Pibe, todavía no te lo vendo. Falta tiempo para eso”.

Esas palabras del viejo me desconcertaron y creo que pasaron más de 2 años antes que volviera a querer comprarle el Valiant. Al que veía pasar por el barrio. Siempre que salía a dar una vuelta llamaba la atención de todos.

Casi diría que el Valiant era parte del paisaje del barrio. O tal vez mejor: un icono. El barrio estaba íntimamente asociado a ese auto. Desde que salió de la concesionaria estaba en la zona en las mismas manos. Ya habían pasado unos cuantos años.

Don Eulogio me dijo lo mismo cuando intenté, nuevamente, comprarle el Valiant: “No pibe, falta un tiempo”. Seguía sin entender esas palabras y creo que estuve muchos años sin comprender el significado. Por unos años el Valiant pasó a un segundo plano.

Entre los estudios y el trabajo me alejé del barrio por varios años. Aunque cada tanto pasaba y el Valiant seguía estacionado frente a la misma casa. Pero tenía otras prioridades y todavía seguía sin descifrar las palabras de ese viejo hombre.

La vida tiene intricados caminos que no siempre nos llevan en línea recta. Tengo la teoría que en realidad caminamos en grandes círculos que a su vez se mueven entre otros círculos. Como si se tratara de un sistema planetario. Círculos que tienen una propia órbita.

Eso me explica porque nos volvemos a encontrar, en forma tangencial, con personas que vimos ocasionalmente en alguna parte de nuestras vidas. Sino no se comprende. Eso en parte me ocurrió y volví al barrio luego de unos 15 años de no estar presente.

Al morir mi abuela heredé la vieja casa, que en realidad ninguno de mis primos quiso aceptar. Me la dejaron por mi gusto por las cosas viejas. A ninguno de mis primos les interesaba una casa tan antigua. En cambio para mí era tener un pedazo de la historia del barrio de la infancia y de mi familia.

Eso no les importaba a mis primos. Visiones diferentes de la vida y del pasado de nuestros ancestros. Siempre me interesó conocer el pasado. Por eso seguía enamorado del Valiant de Don Eulogio. El auto seguía en el barrio, como siempre frente a la misma casa.

A los dos días de estar instalado en la casa de mi abuela me fui a ver el Valiant. Allí estaba algo más viejo, como yo, con marcas en su carrocería. Arrugas en su pintura, lo mismo que en mi cara. El paso del tiempo deja sus marcas en nuestros cuerpos y en las carrocerías de nuestros amados autos.

Pero nada grave, sino todo lo contrario. Algo que nos indica que tenemos historia para contar. Eso creo que era, ahora, como hombre maduro, lo que me atraía del Valiant. Seguía con la idea de comprarlo, el dinero no era un problema. El problema era si me lo quería vender.

Me paré frente a la puerta de la casa y la pintura tenía las marcas del paso del tiempo. Sin embargo el timbre era el mismo. Lo volví a tocar como cuando vine por primera vez y nuevamente el pulso me tembló. El sonido del timbre llenó el silencio de esa tarde de invierno. Los pasos de alguien en el largo corredor.

La mirilla que se abre y enseguida la puerta deja libre el paso. “Muchacho, te estaba esperando”, me dijo Don Eulogio. Creo que era la primera vez que no me decía “pibe”. En su voz cansada por el paso de las décadas noté algo diferente.

Pero lo primero que me llamó la atención era que no atendiera la puerta Doña Marta su esposa. No quise preguntar porque me imaginaba la respuesta. “Pasá que tengo preparado el mate con unos bizcochitos de grasa. Los compré estaba mañana en La Ideal”, me dijo el viejo hombre que se movía con un bastón en su mano derecha.

La Ideal era otro icono del barrio, la panadería por excelencia, atendida por sus dueños. Así seguía rezando en su renovado cartel, pero con ese sabor de lo viejo. Entrar en esa panadería era un pequeño viaje al pasado. Los nietos de los dueños habían modernizado el local sin cambiar el espíritu de las viejas panaderías. Eso era apreciado por los clientes.

En la cocina degustamos unos deliciosos mates con unos exquisitos bizcochitos de grasa. En un momento me sentí en la cocina de la casa de mi abuela cuando tenía 5 o 6 años de edad. La diferencia que delante de mí tenía sentado a Don Eulogio y todavía no podía creerlo.

“Ahora llegó ese tiempo que siempre te mencioné”, me dijo el viejo mientras me pasaba un mate espumoso. La mano me tembló un poco porque entendí claramente sus palabras luego de décadas de no comprender. Fue un segundo y como si alguien corriera una cortina pesada en una mañana luminosa de primavera.

Me contó que su esposa había fallecido el verano anterior. Nunca me había enterado, sino hubiera estado presente. Ahora viudo el Valiant tenía otro sentido. Nunca tuvieron hijos y el auto lo había comprado para llevar a su familia. Esa familia se vio reducida a ellos dos solos. Tanto que en el asiento trasero nunca se había sentado nadie.

Eso no lo sabía y me estaba enterando en esa tarde de invierno, en la cocina, entre mates y bizcochitos con unos tenues rayos de sol entrando por la ventana. Parecía un sueño pero no lo era. Estaba tan cerca del Valiant que lo podía tocar.

“Muchacho, el Valiant es tuyo. No me importa tanto el dinero. Me importa que vos lo cuides”, me dijo Don Eulogio luego de tomar su mate. No pude responderle nada por unos segundos. La boca la tenía seca y no podía articular palabra.

Al hablar tartamudee y las palabras se agolpaban por salir de mi boca. De repente una alegría inmensa se apoderó de mi cuerpo. No podía creer que luego de insistir por años el amado Valiant era mío. Y así fue. Al otro día firmamos todos los papeles y le compré el auto a Don Eulogio.

El viejo quedó muy contento con el dinero que le di. En realidad no le puso precio. Solo quería que el auto estuviera en mis manos. No tenía heredero para el Valiant y no deseaba que un extraño se lo llevara de su casa. Por eso me estaba esperando.

Me llevó unos meses dejarlo en perfectas condiciones y cuando lo tuve listo pasé a buscarlo. Nos fuimos de paseo y no fue la única salida. Fueron muchas. En esos viajes de paseo me hizo que le prometiera que cuidaría el Valiant y que encontraría un digno sucesor cuando yo envejeciera.

Hoy es el día que lo llevaré a Don Eulogio a su último viaje. También se lo prometí. Entre ambos, el Valiant y yo, llevaron sus cenizas a su destino final: las sierras de Tandil.

Era una promesa a cumplir. Así que esta mañana partiremos con sus cenizas. Allá se encontrará con su esposa Marta. A un amigo no se le puede negar nada. Porque al final de sus días Eulogio se convirtió en un amigo del alma.

Siempre tendré un recuerdo suyo presente, el Valiant, ese auto que conozco desde que era un chico. Ahora ya estoy pensando en encontrar un heredero digno para ese amado auto del barrio de mi infancia.

Mauricio Uldane

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