domingo, 20 de marzo de 2016

“A vos te lo vendo”

A Don Pedro lo conocía desde siempre. Del barrio y de pibe. Vi con mis propios ojos cuando trajo de la concesionaria al 504. Era una belleza y me enamoré desde ese primer momento que lo vi. Un día le dije a Don Pedro: “cuando sea grande me voy a comprar un auto como el suyo”. Don Pedro me sonrió. Nunca me imaginé la historia que vendría detrás.



Pasaron los años y fui creciendo. Pero siempre veía al 504 de Don Pedro impecable como el primer día que lo trajo al barrio. Los años habían pasado para todos, menos, para el 504. Porque siempre fue 504. Ni Yeyo o Peugeot o 54, siempre, para todos los pibes del barrio fue el 504. Y decir El 504 hacía inmediata referencia al auto de Don Pedro. No había otro. Ni lo habrá.

Claro eso lo sé ahora que conozco toda la historia pero no en esa época de juegos en las calles del barrio. Se podía jugar a la pelota, al poliladron o a la bolita. La calle era el patio de nuestras casas. Barrio periférico de la ciudad alejado del mundanal ruido. Ahora todo cambió, pero El 504 sigue igual que cuando aquella tarde Don Pedro dio vuelta en la esquina de su casa.

Un día me fui para la casa de Don Pedro y le dije que le compraba el auto. Me miró y me dijo que pasara. Ya era un hombre grande, anciano, diríamos. Pero lúcido como cualquiera de nosotros. Me dijo que me sentara en una de las sillas de su mesa diaria en la cocina, donde él se sentía más cómodo. “El living es para las visitas, vos sos como de la casa”, me dijo mirándome a los ojos y ofreciéndome un mate recién cebado y espumoso.

Ahí fue cuando me sentí un hombre maduro. Y eso que apenas tenía 20 años de edad. “Pibe, a vos te lo vendo”, fueron las palabras de Don Pedro. Siempre me había dicho pibe desde que comencé a ir los sábados a ayudarle a lavar El 504. Era la excusa para que más tarde me llevara a dar una vuelta por el barrio.

A ningún otro pibe del barrio lo llevó nunca en El 504. Siempre tuve ese privilegio. Por eso pibe era yo, y solo yo. Me sentía como un elegido. En realidad lo era pero no lo sabía. Nunca lo supe hasta mucho tiempo más tarde. Pero, antes, hay más historia para contar.

Esa tarde tomando mates con Don Pedro acordamos el precio y cómo pagárselo. Yo no tenía el dinero al contado. Así que fijamos un plan de pago que con la última cuota El 504 sería mío. Durante ese tiempo de pago en mensualidades, como se decía antes, fue un entrenamiento sobre los cuidados de El 504. Me preparaba sin que yo lo supiera.

Llegó el día que completé el total de la suma del valor El 504, luego de muchos meses. No solo me dio las llaves sino que me acompañó para hacer la transferencia. “Todo tiene que ser legal”, me dijo Don Pedro. Y así fue. Pero puso una condición. “Ahora que El 504 es tuyo lo que te pido es que los sábados me vengas a buscar para dar una vuelta. Yo ya estoy viejo para manejar y otro auto no voy a comprar”, fue la petición de Don Pedro.

No me podía negar. Fueron muchos años donde muchas personas quisieron comprarle El 504. Por el estado de originalidad y porque parecía que el tiempo no le hacía mella. Hasta vino un coleccionista de Francia que se enteró de la existencia El 504. Le ofreció una suma increíble para rechazar. Pero Don Pedro se negó a venderlo y menos aún que se fuera del país. Así que sin saberlo era el elegido. Pero durante muchos años no lo supe.

Todos los sábados por la mañana, ya que ese día no trabajaba, lo pasaba a buscar a Don Pedro por su casa y salíamos a pasear. Nos íbamos lejos de la ciudad para regresar al caer la tarde. De nochecita volvíamos al barrio con El 504. Fueron días inolvidables. Hasta que un sábado me lo dijo.

“Pibe me queda poco tiempo de vida. Tengo cáncer y con suerte puedo tirar un año más”, me dijo Don Pedro. El alma se me vino a los pies. Una profunda tristeza se apoderó de mí. Don Pedro se dio cuenta y me dijo: “Pibe no te pongas triste yo te voy a acompañar siempre. Además tenés al El 504 que te hará compañía”, dijo para calmarme.

Pero pensaba que una parte de mi vida se iría con Don Pedro. Para mí era como mi abuelo. Ese que no tuve para que me contara cuentos o me llevara a la calesita de la plaza del barrio. Cierto que me había dejado comprar a El 504 y eso me hacía sentir muy feliz.

“Pibe tenés que saber todo sobre El 504”, me dijo muy serio Don Pedro. Le dije que ya me lo había dicho todo. En especial a lo largo de los años cuando iba a su casa a ayudarlo a lavarlo. “No pibe, no sabes nada sobre El 504”, me dijo. En ese momento pensé que el cáncer lo hacía desvariar. Pero no era así.

“Te lo voy a contar de a poco para que lo puedas entender. A mí me llevó algún tiempo terminar de entenderlo. Pero lo que te diga no podes decírselo a nadie. Salvo la persona que elijas para que cuide El 504 cuando vos te vayas de este mundo”, dijo Don Pedro en una forma enigmática que no entendí ese sábado de otoño.

Vino el invierno con su crudo clima. Antes hacía frío en los inviernos, ¿se acuerdan de eso? Seguimos saliendo los sábados pero con cierta tristeza de mi parte. Saber que Don Pedro no estaría para el próximo invierno me estrujaba el corazón. Pero la vida tiene esas cosas. A veces alegre, y otras no. Una tarde de finales del invierno me dijo algo que fue trascendente.

“Pibe hoy te voy a contar la verdad de El 504”, me dijo muy serio mientras comíamos unos ricos sándwiches de salame y queso. “Habrás notado que El 504 está como el primer día que lo traje al barrio”, me dijo entre bocado y bocado de salame y queso. Le respondí que sí que era mérito suyo por cuidarlo muy bien.

La revelación que oí ese día jamás la olvidaré mientras viva. Entonces comenzó a contarme una historia, pero antes me prohibió que lo interrumpiera. “Me llevó mucho tiempo asimilarla y sino te lo digo de corrido creo que nunca se lo contaré a otro ser humano”, me dijo Don Pedro. No me tranquilizó para nada porque inmediatamente pensé que había hecho un pacto con el diablo o algo parecido.

Pero no era eso sino algo mucho más complejo y raro, muy pero, muy raro. En uno de esos paseos que solía hacer solo, porque Don Pedro enviudó muy joven, de hecho nunca conocí a su esposa, solo por las fotos de su casa, vivió una situación paranormal o de otro mundo.

Estando alejado en el campo una tormenta se perfiló en el horizonte y antes que atinara a subirse a El 504 y salir corriendo al asfalto. Un rayo cayó sobre El 504. Don Pedro creyó que era un rayo y pensó “adiós Peugeot”. Pero no fue un rayo lo que le cayó de ese cielo negro, ni siquiera una gota de agua cayó de arriba.

Lo que le cayó al El 504 nunca lo supo. Pero si que fue una descarga de algún tipo que no afectó en lo más mínimo al auto, sino que lo preservó del tiempo. Sí, lo congeló a unos meses de haberlo comprado. Tres para ser exactos. Lo único que seguía marcando los kilómetros, pero el motor no sufría el paso del tiempo. Ni los tapizados se estropeaban o la pintura se rayaba.

Nunca Don Pedro se pudo explicar lo que pasó aquella tarde en el campo. Lo que sí sabía era que El 504 no era un auto común y normal. Nunca, pero nunca envejecería. Siempre sería un auto como salido de la concesionaria. Por eso no se lo podía vender a cualquiera. Me eligió a mí porque notó que tenía un especial cariño por el auto.

Además me dijo “hay algo más. Dame las llaves”. En forma automática se las di. Abrió la puerta y se sentó para manejar. “Vení”, me invitó a que subiera junto a él. Lo puso en marcha, primera, segunda y suelta el volante. Pensé, se volvió loco y nos vamos a matar. Nada de eso pasó El 504 siguió por el camino como si lo conociera. Dobló en la curva y tomó por el otro camino.

Dimos toda la vuelta al campo para regresar a donde estábamos comiendo los sándwiches de salame y queso. No podía creer lo que había vivido: El 504 andaba solo sin necesidad de manejarlo. “Y si lo pones en la ruta podes dormir mientras el se maneja solo. Encima sabe a dónde vas. No me preguntes cómo lo hace nunca lo supe y ya estoy viejo para averiguarlo”, me dijo con una sonrisa en los labios.

Los demás sábados con Don Pedro fueron los mejores, aunque su destino final estaba cada vez más cerca. La pasamos muy bien y logramos conectarnos de una manera increíble. Incluso sabiendo que él moriría. Eso no había forma de evitarlo. Tal vez si hubiera estado dentro de El 504 cuando cayó ese rayo…

El último pedido de Don Pedro fue que llevara sus cenizas, no quería ni velorio, ni cortejo de ninguna clase, en El 504. Le dije que sería un honor para mí hacerlo. Quería que sus cenizas  las esparciera en el campo donde le cayó el rayo a El 504. Fuimos un día a conocer el lugar y volvimos muchas veces más. Ahora vuelvo seguido a ese lugar.

Cuando Don Pedro murió cumplí la promesa de llevar sus cenizas al campo para esparcirlas. Me creerían que cuando fuimos con El 504 a llevar las cenizas de Don Pedro, el auto hizo sonar la bocina a modo de despedida. Tengo ese sonido dándome vueltas por la cabeza pese a los años que han pasado.

Por supuesto que El 504 sigue igual que el primer día que lo compré y son varios los que andan atrás de él. Pero a todos les digo lo mismo: “no se vende”. Ahora ya tengo algunos años y me doy el lujo de ir a encuentros de autos con El 504. Por supuesto casi siempre es el mejor auto expuesto. Pero no lo hago por eso sino para despejarme un poco de mis obligaciones. A veces extraño a Don Pedro.

No puedo olvidarme de lo que me dijo una vez, varias veces en realidad: “tenés que encontrarle un nuevo dueño a El 504. No lo puede tener cualquier persona”. Cada día que pasa pienso en ello y me acuerdo de cómo me eligió Don Pedro entre todos los pibes del barrio.

Ahora las cosas cambiaron y mucho en este siglo XXI que nos toca vivir. Así que he visto una pibita en el barrio, creo que es nueva, que le encantan los autos clásicos. Cada vez que lavo El 504, los sábados, se aparece para hacerme preguntas. No debe tener más de 11 años. Los tiempos cambian. Me parece que la próxima dueña de El 504 vive cerca de casa. Espero que Don Pedro no se enoje, esté donde esté.

Mauricio Uldane

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