domingo, 9 de noviembre de 2014

Toda una vida

Durante muchos años trabajé duro por mi empleo. Desde joven comencé a trabajar. Claro en aquellos años era nuevito para todo y uno se va haciendo ducho con el correr de los años. Pero al principio fue un poco duro. Mi jefe, el de toda la vida, no me perdonaba una.



Lo más duro era arrancar en las mañanas en pleno invierno, cuando uno estaba calentito en casa, pero había que ir a trabajar, no quedaba otra. A veces salíamos corriendo porque nos habíamos quedado dormidos. A los tirones en las primeras cuadras, pero rápidamente entrábamos en calor.

Sin desayunar llegamos varias veces al trabajo. Uno era joven y a la noche nos íbamos de juerga, de fandango como decía un viejo que conocí. Cuando nos casamos las cosas cambiaron y con la patrona en casa llegó el sentido común y tempranito en la cama para reponer las fuerzas para enfrentar otro día de duro trabajo.

Era llegar al laburo tomar los pedidos y salíamos a recorrer clientes. Teníamos un corretaje  en el Gran Buenos Aires. Los pozos que nos habremos comidos, pero cuando las cosas se hacen bien duran para toda la vida o por muchos años.

Lo cual no quiere decir que cada tanto uno no tenga una nana, pero nada más que eso. Algo pasajero que se puede reparar. Como una lastimadura, un raspón. Una curita y todo se arregla. Además la patrona siempre estaba ahí para darnos un mimo. Toda una mujer que fue y es una gran compañera de toda la vida. Las cosas antes la hacían para durar mucho tiempo. Creo que ya lo dije antes. Ese es el problema de hacerse viejo, uno se vuelve reiterativo. Disculpen.

Las cosas comenzaron acomodarse y el jefe fue más benévolo con nosotros y nos ascendió. Igual estábamos pateando la calle. De un lado para otro. Pero las zonas eran elegidas. Ya no íbamos al barro. Eso le tocaba a los novatos. Los recién llegados hacían el duro recorrido que hicimos por varios años. Con sol en pleno verano, y sin aire acondicionado, o con lluvia a raudales. Los limpiaparabrisas no daban abasto en alguna tormenta. El frío que te calaba los huesos por más calefacción que encendiéramos. Pero no mucho calor porque después había que bajar en los clientes.

Con el nuevo recorrido podíamos tomarnos un cafecito de vez en cuando y almorzar tranquilo. Eran épocas donde no había teléfonos celulares. Si necesitábamos hablar con la oficina usábamos un teléfono público. Aquellos viejos y enormes aparatos de color negro de la empresa ENTel. Años más tarde los pintarían de color naranja. Ahí empezaron a cambiar las cosas, para bien o mal.

A los cinco años de casados vino el varoncito. Tuvimos que salir de raje para la clínica porque la patrona como madre primeriza no tenía los tiempos regularizados. Llegamos a los pedos a la clínica. Entramos por la guardia y dejamos las puertas sin cerrar. Una vez calmados estacionamos como corresponde. Por suerte Juancito nació sin problemas. Un bebé hermoso. ¡Cuántas veces fuimos al pediatra! Los primeros chicos son así. Una nana y de raje al médico. Pero siempre llegábamos a tiempo y en forma.

A los dos años llegó la nena: Martita. Un primor de chica. Ya éramos cuatro en la familia. Juancito viajaba solo en el asiento de atrás. ¡Las siestas que se habrá pegado acunado por el vaivén de la suspensión! En aquellos tiempos no había sillitas, ni cinturones de seguridad. Pero en la familia siempre los chicos viajaron en el asiento trasero, aunque fueran paraditos.

Martita y Juancito dormían, jugaban o iban sentados en el asiento de atrás. Para ellos el auto era como su sala de juegos. Ya no se hacen autos tan grandes. Un Rambler era grande en su momento y lo sigue siendo, aunque debo confesar que han pasado como 50 años. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y lo viejo que uno se pone!

Los cuatro comenzamos a ir de vacaciones a Mar del Plata. Eran finales de los sesenta y el trabajo permitía esas cosas. El jefe, siempre con cara de culo, pero reconociendo el buen desempeño nos había ascendido de nuevo. Ahora éramos supervisores de zona. Menos patear la calle, pero igual salíamos a controlar a los demás y ver a clientes especiales. Esos que compran mucho más que los otros. Clientes preferenciales, con precios y pagos acomodados.

Ya no solo podíamos tomar un cafecito y almorzar tranquilos. Ahora a la noche podíamos ir al centro a ver una película a los cines de la calle Lavalle. Los abuelos cuidaban de Martita y Juancito y la noche era de los padres. Cine y pizza. En general los viernes, porque a esta altura los sábados ya no laburábamos.

Cuando Martita tenía cuatro años, la noticia inesperada por todos: la patrona estaba embarazada de nuevo. Pero esa no sería la única sorpresa. Iban a ser mellizos. Sí, dos integrantes más en la familia. Menos mal que el Rambler era grande. Sino dónde los metíamos a los dos que estaban por llegar. Aunque faltaban como 7 meses para su nacimiento.

Antes no se sabía el sexo de los hijos hasta que nacían. Salvando las distancias era como con las fotografías. Las tomabas y tenías que esperar, hasta quince días o más, para verlas. Toda una ceremonia y nada de ansiedad. ¿Les dije que los tiempos cambiaron? No lo recuerdo y como estoy algo viejo me olvido si ya se los conté.

Nacieron los mellizos. Mabel y Pedro. Si vinieron de los dos sexos. Para que estuviera balanceada la cosa. Creo que la madre naturaleza pensó eso para la familia. También para el bolsillo de los padres: con dos habitaciones, que ya existían, se arreglaba la familia, ahora de seis miembros.

Los viajes de las vacaciones eran todo un jolgorio. Los cuatro chicos atrás, los mellizos, ya eran grandecitos. Hubo temporadas en la sierra, la playa y una vez nos fuimos hasta Bariloche. ¡Qué viaje papá! Tuvimos que hacer noche en un pueblito perdido de la ruta, en medio de la Pampa. ¡Cómo nos dormimos en esa ruta! ¿Me quieren decir a que ingeniero vial se lo ocurrió hacer una recta tan larga? No nos matamos porque era de día.

Hasta los chicos se durmieron en el asiento trasero por lo monótono del paisaje. Pero el viaje largo valía la pena para ver esos lagos de la Patagonia. Nunca anduvimos por caminos iguales. La naturaleza nos regalaba escenarios a cada vuelta del camino. Creo que fueron las mejores vacaciones en familia. Los chicos ya estaban creciditos y cada uno empezaba a tener sus propias necesidades.

El trabajo seguía muy bien. Subiendo paso a paso, como decía ese director técnico de fútbol. Tanto que cuando el jefe se jubiló nos dieron el cargo. Pero nosotros no éramos como él. Tratábamos a todos bien, con justicia. Sin maltratos. Ahora ya no salíamos de la oficina. Era llegar y estacionar. Recién salíamos a la tarde, porque el almuerzo lo hacíamos en un barcito que estaba enfrente de la oficina, donde se comía muy bien y barato. Comida casera, como decía la patrona.

El tiempo pasa y a uno le toca la jubilación. Los chicos se casaron. Fuimos el auto de casamiento de todos. Ya viejo, pero en funciones. Pero un día no salí más. Me taparon y me dejaron internado en el garaje de casa. No era un modelo nuevo. Pero seguía siendo un Rambler, un auto grande y de lujo. Había llegado a la familia como regalo del padre de mi dueño: José.

Pero José enfermó al poco tiempo de jubilarse y no me manejó más. No pudo. Ahora le dicen ACV (Accidente Cerebro Vascular) antes, cuando era nuevo, cero kilómetro, a esa enfermedad la llamaban de otra forma. Lo cierto es que José nunca se pudo recuperar. Pero yo quedé estacionado en el garaje de la casa donde siempre estuve.

Cada tanto venía Juancito y me ponía en marcha. La patrona: Luisa, le pedía que me pusiera en marcha. Y yo arrancaba como el primer día. ¡Qué fierro decía Juancito! Para mí siempre fue Juancito, aunque ahora tenga más de 40 años y tenga esposa e hijos. ¡Cómo me gustaría llevarlos en el asiento trasero! Igual que cuando Juancito y sus hermanos eran chicos.

José un día nos dejó. Mejor para él ya estaba muy mal, pobre. Las últimas veces vino al garaje y me acarició el capot. Creo que fue su despedida. Hubiera tocado la bocina, pero Juancito me desconectaba la batería por las dudas. Hacía bien. Un corto circuito me hubiera incendiado.

Para el entierro de José me limpiaron. Me pusieron en marcha y nos fuimos para el cortejo fúnebre. La despedida de mi jefe. Todos estaban ahí. Luisa, Juancito, al volante, Martita y los mellizos Mabel y Pedro. Se acomodaron dentro de mí y partimos hacia el cementerio. No quisieron usar el auto de la cochería. Todos dijeron que querían darle la última despedida a José a bordo del Rambler, o sea yo.

Al volver Juancito le preguntó a su madre que iban hacer conmigo. Lo sé porque la pregunta la hicieron dentro de mí. Así que escuché toda la conversación. Todos, absolutamente todos, estuvieron de acuerdo que yo seguiría en la familia. Nadie quería que me vendieran. Los melli gritaron desde el asiento trasero ¡el Batatón no se vende! Los mellizos siempre me llamaron Batatón. Y ese nombre me quedó.

Juancito les dije que yo era un clásico. Que necesitaba un poco de pintura y algunos arreglos. Eso se podía hacer perfectamente. Juancito, nunca pude decirle Juan, se encargó de todo. Tiene una concesionaria de autos usados y cada tanto le cae un compañero de ruta de aquellos años. Así que conoce muy bien el paño.

Me arreglaron y acicalaron. Quedé como nuevo. O casi. Tengo unos 50 años de vida y eso para un auto, aunque sea grande y de lujo, son un motón de años. Una bocha, como dicen los nuevitos. Esos que tienen toda la trompa de plástico y de metal nada. En eso no nos parecemos ni un poquito. Pero soy de otra época donde los autos veníamos de fábrica con unos hermosos paragolpes cromados.

Lo que parecía el fin de mis días, tapado con un cobertor en un garaje de la familia, se convirtió en otra cosa. La casa no la dejé. Le sigo haciendo compañía a Luisa. Que de tanto en tanto me pasa el plumero. Y hasta aprendió a ponerme en marcha. Se queda dentro mío escuchando la radio. Por supuesto que es la de fábrica y solo AM, como era antes.

Yo creo que Luisa recuerda los viajes con José y los chicos. ¡Qué bien que la pasábamos! Siempre salía en las fotos. El Batatón, yo, estaba en esas fotos que luego iban a ir a parar al álbum familiar. Los mellizos siempre eran los que más hinchaban para que estuviera en la foto de las vacaciones. Creo que estoy en todas las temporadas.

Ahora cada tanto Juancito me viene a buscar para ir a un encuentro de autos. Allí me reencuentro con viejos amigos de ruta. También conozco a nuevos amigos. ¡Con cuántos Rambler me encontré en estos años! Sí, por que ya van diez años que con Juancito vamos a los encuentros. Hasta en algunos fuimos todos. La familia completa. Luisa, Marta, Mabel y Pedro con Juancito al volante. Como en las viejas épocas.

Solo faltaba el jefe, José, pero estaba ahí. En el tapizado, en el motor, dentro mío, aunque sea un auto clásico. Una vez nos fuimos hasta Rosario con Juancito a un encuentro en un lugar hermoso. ¡Cuántos autos había! De todas partes del país habían llegado autos de todas las épocas. Contemporáneos y unos veteranos que hasta llegaron rodando como en sus años mozos.

Después de cada encuentro Juancito me devuelve a casa. Donde siempre viví, luego de la concesionaria de donde me sacó José. No conocí otra vivienda. Por eso es la de toda la vida. Allí me cuida Luisa y Juancito me saca a pasear. Visitamos a otros autos viejos como yo, pero que todavía pueden andar sin estar remolcados por una grúa.

No es poco para un auto clásico como yo. Poder seguir andando es gracias a los fierros viejos que me constituyen. Pero sobretodo a la familia que me tocó como dueños. Desde el primer momento me quisieron y cuidaron como a uno más de la familia. Por eso aparezco en las fotos del álbum familiar. Que más puede pedir un auto clásico como yo.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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