martes, 19 de febrero de 2013

El Yeyo y la casa plegable


Mi padre tuvo un Peugeot 404 modelo 1976 con el cual hicimos varios viajes de vacaciones a la Costa Atlántica. Muchos años tuvo ese 404 y la verdad fue uno de los mejores autos que compró mi viejo. A comienzos de la década del ’80 decidió ponerle un enganche para remolcar una casa rodante que le prestaron.  Así nos fuimos de vacaciones a Mar de Ajó.

Extracto de una publicidad de la revista Gente del  10 de octubre de 1974.


Ya habíamos tenido una experiencia con una casa rodante, en unas vacaciones en la Costa Atlántica. Aquellas vacaciones fueron bastante accidentadas. Mi viejo quiso reincidir con otra casa rodante que le prestó mi tío Alberto. La característica de esta casa rodante era que se plegaba.

La parte inferior y la superior eran de fibra de vidrio. Las cuatro paredes de la casa rodante eran de lona. Por medio de un sistema de tijeras y gusanos se la podía elevar hasta formar una especie de tienda con techo y piso de plástico. La casa rodante no era nueva y la habían usado bastante. Mal usado sería el mejor término para describirla. No estaba en las mejores condiciones, pero serviría para el uso que le daríamos en ese enero en las playas de Mar de Ajó.

Al poner en condiciones la casa rodante notamos, con mi viejo, que la suspensión del lado derecho estaba muy inclinada. Sospechamos que tendríamos problemas en el viaje. No estábamos equivocados y el tiempo nos daría la razón. Salimos por la noche, como le gustaba viajar a mi padre por aquellos años. No hicimos cinco kilómetros cuando la rueda derecha, de la casa plegable, explotó. Porque el resorte helicoidal rozaba la banda de rodamiento del neumático.

Cambiamos la rueda, por la de auxilio, y nos encaminamos a la casa de mi tío Alberto. Por un momento pensé que las vacaciones en la playa se habían acabado allí en San Miguel. Sacamos de la cama a mi tío. Bajo una serie de protestas logró reparar la mala inclinación de la rueda derecha. No sin antes reprocharnos el exceso de equipaje que llevábamos en la casa plegable. La verdad que nuestras idas de vacaciones eran pequeñas mudanzas. Más cuando acampábamos en la playa.

Reparada la casa plegable partimos nuevamente hacia la costa bonaerense. En aquellos años ya estaba asfaltada la Ruta 11. Así que fuimos por la Ruta 2 hasta empalmar con la Ruta 36 y seguir camino hasta Pipinas. Ese nombre siempre a tenido reminiscencias de parada técnica en una estación de servicio. Raro era llegar a las 4 de la madrugada, todavía de noche, y el playero te recibía con un cordial: “buenos días”.

Cargado el combustible y vaciadas nuestras vegijas partimos rumbo a General Conesa, donde al doblar a la izquierda, ya el olor a mar estaba en nuestras cabezas. El viaje no presentó ningún inconveniente. Salvo que al llegar a la entrada de San Clemente del Tuyú, donde debíamos girar a la derecha, para tomar la Ruta Interbalnearia, hasta Mar de Ajó, la policía de la provincia de Buenos Aires nos indica que paráramos.

Les recuerdo que todavía estábamos en plena dictadura cívico-militar, la última que supimos conseguir. Al volante del Yeyo iba el que  escribe estas líneas. Por esa época tenía unos 20 años. Ante la señal de detenerme mi viejo me dice: “poné las balizas”. Lo hago y comienzo a bajar la velocidad del auto, que venía arrastrando la casa plegable.

Sorpresivamente el policía ante la visión que venía con una casa rodante y toda la familia arriba del auto me indica que siga. El temor en aquellos oscuros años era que te detuvieran y te revisaran todo el auto y la casa rodante. Situación que habían soportado algunas personas que fueron de vacaciones a la playa. Mi padre y mi madre de solo pensar lo que nos llevaría la revisión de la casa rodante, imaginaron que las vacaciones se podían acabar allí mismo. Por suerte nada de eso sucedió.

Llegamos a Mar de Ajó sin otro inconveniente. Solo que al entrar en el pueblo el enganche de la casa rodante comenzó a rozar el pavimento en las esquinas con las cuentas pronunciadas. Cuando se asfaltó la mayoría de las calles de Mar de Ajó se realizaron profundas cunetas en las esquinas, para que el agua de lluvia drenara al mar.

Pero sorteando este nuevo pequeño escollo llegamos al Mar Argentino. Ingresamos a la playa y comenzamos a buscar el lugar que sería nuestro hogar por los próximas dos semanas. En ese ínterin un pequeño niño le grita a su padre: “mirá una heladera gigante”. La mejor descripción de la casa rodante plegable, vista de perfil, era la que dio ese chico en la costa de Mar de Ajó: una heladera gigante. Pintada de blanco en su parte superior y celeste en su parte inferior, realmente parecía una heladera portátil tan usual y vista en las vacaciones en la playa bonaerense.

La playa bonaerense tiene sus cosas en cuanto a lo climático y la verdad que algunas las conocíamos y otras no. Como sufrir una de las primeras sudestadas que nos toco vivir. Creo que fue con esa casa rodante. El mar comenzó a crecer hasta llegar a la casa plegable. Ingenuamente empezamos a cavar una zanja en la arena para detener el agua.

Cuando estábamos en la tarea de zanjear pasó un carrito tirado por un caballo, que en alguna época supieron ser los taxis de Mar de Ajó. El tipo de arriba nos grita: “así no van a parar la sudestada”. Por supuesto que tenía razón. Como subió el agua bajó normalmente. Amenizamos la situación comiendo huevos de pascuas del año anterior que había hecho mi madre.

También soportamos una lluvia torrencial con viento que obligó a mi madre y mi padre pasarse la tormenta sosteniendo los caños de la carpa totalmente ensopada por la lluvia. Habíamos llevado una carpa en la cual dormían mis viejos y en la casa rodante estábamos mi tía abuela, mi abuela, mi hermana y yo. La casa rodante tenía un ante comedor donde comíamos y pasábamos nuestro tiempo a la sombra.

Antes de regresar a casa mi viejo quiso reparar la inclinación de la suspensión derecha de la casa rodante. Averiguamos quién podía realizar el trabajo para tener un feliz viaje a casa. Nos indicaron que el que podía ayudarnos era el Alemán.

Así conocimos a ese personaje y artesano de la chapa de Mar de Ajó. Nos reparó la suspensión en la calle y hasta nos ofreció bebidas frías, porque estábamos todos, los 6 integrantes del campamento, con todos los bártulos cargados listos para partir a casa para retornar a nuestras actividades. No sería la última vez que usaríamos los servicios del Alemán. Nos arreglaría un tanque de nafta y sería una persona a visitar, cada vez que recalábamos en Mar de Ajó. El Alemán fue una institución en el pueblo de Mar de Ajó.

El regreso de las vacaciones se desarrolló normalmente, salvo que cuando tomamos la Ruta 36 nos sorprendió una lluvia en el camino a casa. Pipinas era nuestra parada obligada, también, al volver a casa. Allí comimos rápido ante la mirada en el horizonte por una tormenta que crecía rápidamente. “Comamos rápido que se viene la lluvia” declaró mi padre y no se equivocó.

Al salir a la ruta se desató una lluvia torrencial. Ya de noche vi por primera vez sapos atravesar la ruta de un lado a otro. La situación se repitió varias veces a lo largo de la Ruta 36. Llovió todo el regreso a casa y aún en San Miguel, donde tuvimos que dejar el desembarco de los bártulos para cuando mejorara el tiempo. Pero, habíamos ido de vacaciones a la playa y lo disfrutamos. Eso valió todos los contratiempos.

Mauricio Uldane