miércoles, 22 de agosto de 2012

Cinco historias breves


Les contaré cinco historias breves ocurridas con autos en años pasados. Historias que sucedieron en diferentes décadas de la historia automotriz de Argentina. Algunas parecen sacadas de un libro de historia.


El poncho del taxista


Hubo una época donde los automóviles tenían el puesto de conductor a la intemperie. Esto fue tomado de los carruajes del siglo XIX. Así era como el chofer estaba a la suerte de las condiciones climáticas reinantes.

Con este tipo de carrocerías fue que se construyeron muchos modelos de autos que eran destinados a servir de taxis en las ciudades. Buenos Aires tuvo calles sin asfaltar y llegar desde el centro de la ciudad a un barrio como Belgrano podía demandar varias horas.

Una vez un taxista levantó una pasajera que le indicó que iría a Belgrano, desde el Centro. Así fue como el taxista encaminó el auto hacia ese barrio periférico. En el camino de tierra se le pinchó un neumático. Esto era muy habitual por los malos caminos y porque la industria del caucho no estaba desarrollada en su totalidad.

El taxista se puso a cambiar su rueda pinchada y en el trajín sintió calor y se sacó el poncho que le prestaba abrigo en ese invierno. Lo colgó de un alambrado cercano y  siguió con su tarea. Una vez terminado el recambio del neumático prosiguió su marcha hacia Belgrano.

En el camino recordó que había olvidado el poncho. El taxista pensó que tenía que regresar por el mismo camino de tierra. “Cuando vuelva veré si lo encuentro colgado” pensó el conductor mientras marcha hacia Belgrano.

Dejó a la pasajera y regresó hacia el centro de la ciudad por ese mismo camino de tierra que lo condujo a Belgrano. Al llegar al lugar de la pinchadura divisó el poncho colgado en el mismo lugar donde lo había dejado.

Se ve que mucha gente no circulaba en aquellos años lejanos por ese camino rural. Una situación impensada para nuestro siglo XXI.


El viaje a Mar del Plata


Un viejo chofer contó que solía llevar a sus patrones en los meses de verano a la ciudad de Mar del Plata. Esto lo hacía antes que asfaltaran en su totalidad la Ruta 2, hoy convertida en autovía.

El viaje a Buenos Aires-Mar del Plata demoraba dos días en auto. Se hacía noche en el pueblo de Dolores. Al otro día se retomaba la marcha hacia la Perla del Atlántico.

La Ruta 2 atraviesa varios canales de agua naturales que buscan desaguar en la bahía de Samboronbón. Esto pertenece a la cuenca del Salado-Samboronbón. Son campos anegadizos y esos canales drenan en forma natural el exceso de agua hacia el mar.

Dichos canales no tenían puentes, solo algunos contaban con la posibilidad de sortearlos cómodamente. La mayoría había que vadearlos. Algunos necesitaban de la ayuda de baqueanos que los cruzaran de lado a lado a tiro de caballo.

La cosa era llegar hasta el canal ensanchado por alguna lluvia fuerte y esperar que el gaucho de turno nos ayudara a cruzar esa línea de agua, que nos impedía seguir nuestro camino hacia Mar del Plata. La espera podía demandar horas.

Hoy con la Autovía 2 podemos llegar a Mar del Plata en pocas horas y a una velocidad máxima de 130 kilómetros por hora. Una diferencia que deberíamos tener en cuenta para apreciar el cambio de los tiempos.


El 600 de González


Recuerdo de chico a González que me aplicó varias inyecciones en la farmacia que trabajaba. Ese enfermero, que luego tendría su propia farmacia, se compró un Fiat 600 D cero kilómetro.

Yo era chico pero recuerdo a mi padre comentar lo que le pasó a González en su 600 en un puente debajo de las vías del ferrocarril San Martín, allá por el barrio porteño de Palermo.

Lo que le pasó a González fue que el 600 se le partió y se quedó con los pies en el suelo. La trompa se desprendió del resto del auto y se quedó literalmente en el medio de la calle.

Por supuesto que el diario dijo que por exceso de velocidad le ocurrió el accidente, pero la realidad fue que el 600 se le partió. A González, por suerte para él, le repusieron el auto con otro nuevo. Que no se le partió en dos.


La tuerca del Milqui


Mi amigo Marcelo se compró a mediados de los ’80 un Dodge 1500, que estaba bastante bueno. Hoy sería envidiado en la mayoría de los encuentros multimarcas de autos.

En ese tiempo trabajamos juntos en una dependencia de la administración del estado nacional. Un día viene y me cuenta que la noche anterior pinchó un neumático y se dispuso a cambiarlo.

Cuando quiere aflojar las tuercas de la rueda delantera izquierda no puede. Intenta en cada una de las tuercas y nada. No logra aflojar ninguna. Estaba solo en una calle oscura de un barrio lejano. Se empezaba a preocupar, cuando un alma caritativa, llamada taxista se le acerca y le pregunta que le pasa.

Le cuenta que no puede aflojar las tuercas de la rueda pinchada. El taxista le dice: “lo que pasa es que las estas ajustando”. “Pero si le estoy dando para el sentido correcto” fue la respuesta de mi amigo. “No, son rosca izquierda” le contestó el taxista que salió en su ayuda.

Mi amigo no sabía que todos los modelos de Chrysler tenían rosca izquierda en sus ruedas izquierdas. Esto lo hacía porque, según la empresa estadounidense, las ruedas no se podían aflojar con el giro de las mismas.

Marcelo, mi amigo, me preguntó si sabía esto, a lo que respondí que si. “Porque no me avisaste” me inquirió. “Vos no me preguntaste” le respondí. Desde ese momento aprendió que el Dodge 1500 tenía rosca izquierda en sus ruedas izquierdas.


Lluvia en la ruta


A principio de los noventa, más precisamente en 1993 decidimos con mi familia pasar la fiesta de Fin de Año en Banco Pelay en la provincia de Entre Ríos.

Hacia allá fuimos a bordo de un Fiat 1500 modelo 1969. Recuerdo que esos tres días llovió casi todo el tiempo. Además a los dos días de estar en Concepción del Uruguay descubrimos que estábamos adelantados una hora con respecto a la hora entrerriana. Por eso todo estaba cerrado adonde íbamos.

Llovió en forma intermitente los tres días. El último día decidimos pasar por el Parque Nacional El Palmar. Por aquel tiempo se había producido un incendio forestal en las palmeras del parque. Recorrimos algo porque el tiempo seguía lluvioso.

Al regresar por la Ruta 14, que todavía no era autovía, comenzó a llover. Manejaba yo el Fiat 1500 y la lluvia se intensificó. Aquel que manejó por una ruta de sierra o cuchilla sabe como es la conducción en esa circunstancia.

Esa ruta está invadida por camiones del Mercosur. Camiones brasileños, chilenos y argentinos circulan por doquier. Con un largo de más de 17 metros y a veces circulan en caravana. La lluvia iba en aumento. La ruta estaba limpia por los baldazos de agua. Además cuando un camión nos enfrentaba lavaba el Fiat por completo.

La lluvia duró todo el viaje de regreso, con  períodos de una gran intensidad. Llegamos a San Miguel dejamos el auto y descargamos el equipaje al otro día. Mi padre dijo “vamos a tener que lavar el chasis del Fiat”. Cuando nos agachamos para ver como estaba de barro nos llevamos una sorpresa.

Tanto había llovido en el camino a casa que el auto parecía, de abajo, salido del lavadero. Nunca ni un auto tan limpio por una lluvia en la ruta. La lluvia torrencial nos ahorró un lavado.

Mauricio Uldane