martes, 29 de mayo de 2012

Don Moyano


Los que conocieron a Don Moyano podrán aseverar lo que estas líneas tratan de pintar, sobre la personalidad de este hombre que vivió en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Tomás Moyano fue amigo de mi papá y les contare algunas anécdotas que le ocurrieron con algunas autos que supo tener.

El Ford Mercury 1939 que mi papá le vendió a Don Moyano.
La foto fue tomada en el fondo de la casa de mi abuela paterna.

Don Moyano era amigo de mi abuelo paterno, Don José, mecánico de San Miguel, que atendía el Jeep carrozado que tenía por aquel entonces nuestro personaje. Don Moyano era muy corpulento y con mucho sobrepeso. Tanto que el Jeep estaba inclinado del lado izquierdo.

Una vez decidió venderlo. Lo había usado hasta el hartazgo a ese Jeep carrozado, que era de chasis largo. Lo pintó a pincel, porque estaba un poco caída la pintura. Para venderlo y que no se notara que estaba caído de un lado, lo mostró al interesado de nochecita y en una calle de tierra. Esto era para que no se vieran las pinceladas y la calle elegida para compensar la inclinación del chasis.

El taller de mi abuelo José tenía una serie de personajes que pasaban cada tanto, como una especie de club social de barrio. Entre los habitúes había uno muy curioso, que también era amigo de Don Moyano, Don Botto. Don Moyano le hizo creer que le iba a poner ducha al Jeep.

Un día se encontró con una lluvia de baño y ni bien apareció Don Botto hizo el teatro de buscar lugar para colocar el regador de lluvia en el techo del Jeep, en la parte trasera. Don Moyano tenía la costumbre de ir a pescar. Cuando Don Botto le pregunta que estaba haciendo Don Moyano le responde “acá estoy viendo donde coloco la lluvia”.

Obviamente que la pregunta fue para qué. “Para lavarme los pies cuando termino de pescar” fue la respuesta de Don Moyano. “¿Y de donde va sacar el agua caliente?” preguntó Don Botto. A lo que Don Moyano respondió “del radiador del motor”. Así era Don Moyano un tipo de un gran sentido del humor y también un gran conocedor del carácter humano.

Pescar era uno de sus pasatiempos predilectos y solía ir a una isla en el río Paraná de las Palmas en las cercanías de Zárate en la provincia de Buenos Aires. Una vez arregló con sus amigos en ir a “tirar la caña” al Paraná.

Don Moyano les dijo sus amigos que él iría en su Jeep. “No llegas más” le respondieron y se fueron en sus autos nuevos. Les hizo una apuesta: “yo llego primero y los espero con el fuego prendido”. Por supuesto que los amigos se le rieron en la cara.

En aquellos años todavía existía la balsa para cruzar el río Paraná y las colas se hacían interminables. Don Moyano se adelantó en la cola y los pasó a sus amigos que no lo vieron. Llegó hasta la zona de embarque y se presentó. Aquí tengo que decirles que la fisonomía de Don Moyano era la de un gendarme. Alto, gordo y bastante morocho.

Además había sido bombero voluntario de San Miguel. Uno de los que fundó el cuartel de bomberos, allá por 1945. Tenía una medalla que atestiguaba ese honor y que portaba siempre encima. Cuando llegó a la balsa le mostró la medalla al prefecto y este le dijo que en la balsa que salía había justo un lugar libre.

Ahí acomodó el Jeep y partió rumbo a la isla del Paraná dejando atrás a sus amigos en la cola interminable de autos esperando abordar la balsa. Cuando los amigos de Don Moyano llegaron a la isla este tenía las cañas tiradas, el fuego encendido y estaba tomando mate. ¡Ah! los amigos llegaron dos horas más tarde.

Mi padre le vendió un Ford Mercury modelo 1939 de cuatro puertas al que le había recortado los guardabarros y lo pintó de azul y blanco. El Mercury tenía el motor original V8 y andaba bien. Don Moyano se caracterizaba por pertenecer a la orden de los pies de plomo. Su zapato 45 no escatimaba acelerador. Un viaje con él al volante no dejaba de ser muy divertido. Sobretodo si ibas de copiloto en un auto con dirección a la derecha.

También supo tener un Chevrolet 1951 color blanco que estaba muy lindo. Don Moyano tenía tres hijos, dos varones tan corpulentos como él y una hija más menuda. Por supuesto su esposa Doña Coca. Su madre era tan grande como él. La conocí porque me había hecho amigo de su hijo menor: Jorge. Con quien salíamos en auto, porque era mayor que yo y ya tenía su registro de conductor.

Una vez en Salto en la provincia de Buenos Aires, donde Don Moyano tenía parientes, en realidad tenía parientes en todos lados, yendo por un camino de tierra los seis, Don Moyano, su esposa, su madre y sus hijos, hizo dar una vuelta completa al Chevrolet ’51.

Jorge, el más chico, me juró y perjuró que el auto dio una vuelta completa en el aire, luego de tomar un lomo de burro como venía. “Papá dimos una vuelta en el aire” le dijo Jorge. “Te habrá parecido” fue la respuesta de Don Moyano. Iban tan apretados los seis en el auto que ni siquiera se desacomodaron.

Con el tiempo me convertí en su chofer. Don Moyano sufría de fuertes dolores en la columna vertebral y eso le impedía manejar. Su trabajo de enfermero lo obligaba a ir de un lado para otro. Además había estudiado para recibirse de podólogo, no pedicuro. Porque así rezaba el título que le había otorgado.

Por aquellos años ya había aprendido a manejar, pero no tenía edad para sacar la licencia de conductor. Don Moyano venía a casa de mi abuelo, esto era en los fines de semana o en el verano, y le decía a mi papá “Don Lorenzo me lo presta a Mauricio”. Mi viejo siempre le recomendaba que se fijara por donde íbamos. “Quédese tranquilo que todo el mundo me conoce” y era verdad en San Miguel era una institución.

Mi viejo tenía un Siam Di Tella color azul ceniza y con ese auto partimos hacia el domicilio de un cliente. A donde Don Moyano le “cortaría los pies”, como solía decir. Salimos y me dijo que fuéramos para José C. Paz, localidad vecina a San Miguel.

Me indica la calle y yo me pongo nervioso, porque era la de la comisaría de José C. Paz. Para mi asombro total me hace parar casi en la puerta de la comisaría 1ª de José C. Paz. “Moyano esta es la comisaría”. “Sí, ahí vamos”, me dice. No podía creer lo que estaba pasando. “Cerrá bien el auto y vení conmigo”. Entramos a la comisaría él adelante y yo detrás. “Hola Moyano” le dicen los policías de adentro. “Muchachos este chico es mi chofer” dice Don Moyano, todavía escucho las risas de los policías.

Resulta que Don Moyano venía a cortarle los pies al subcomisario García, que lo estaba esperando en su oficina. Esa fue la primera vez que entré a una comisaría, como chofer de un podólogo.

Más tarde lo llevaría de un lado para otro en un Citroën 3 CV, con el que aprendí a manejar definitivamente. Llevarlo era una especie de esfuerzo constante. Don Moyano pesaba más de 120 kilogramos así que el Citroën tiraba todo el tiempo para su lado. Debía compensar el peso sino el 3 CV se iba a para el cordón de la vereda o a la zanja, si la calle era de tierra.

Hoy quise recordar a Don Moyano ese ser que se metía en un almacén de campo y al rato de no salir su hijo Jorge, que lo acompañaba a todos lados, sabía que su padre se había encontrado con un nuevo pariente que no conocía.

Don Moyano un tipo grande por fuera y por dentro un ser humano extraordinario, de los que no se encuentran todos los días en cualquier lugar.

Mauricio Uldane