lunes, 16 de abril de 2012

Una Mercedes en Santa Teresita


La semana santa de 2003 marcó el inicio de unos viajes a la Costa Atlántica a bordo de la Mercedes-Benz 170 SD rural modelo 1955 de mi padre, José Lorenzo Uldane. Fueron las primeras vacaciones con ese auto que había sido restaurado por mi papá. La tarea le demandó unos siete años de lidiar con chapistas, pintores y mecánicos.

La Mercedes en un encuentro en el barrio de Saavedra.

Mi cuñado había alquilado un departamento en Santa Teresita, en la Costa Atlántica, por recomendación de su hermano. Hacia allá partimos donde nos reuniríamos con los Pérez que nos esperarían, ya que ellos viajarían antes que nosotros.

Partimos un viernes santo por la mañana bajo una tenue llovizna. El camino elegido era casi todo por autopistas, para evitar cruzar la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La Mercedes no lograba superar los 60 kilómetros por hora, así que hasta después del peaje de Hudson, en la Autopista Buenos Aires-La Plata no mejoró la velocidad.

Ya cuando salimos a la Autovía de la ruta 2 paramos en una estación de servicio para ver que le pasaba al acelerador de la Mercedes, que hacía tope. Pasaba que mi padre cansado de regular la marcha en ralenti le había puesto una llave “T”. De esta forma lograba regular periódicamente la marcha en vacío. Sucedía que la mariposa de entrada de aire tenía juego, más tarde la reparó con un tornero y no volvió a tener problemas.

De nuevo al camino y con un poco más de velocidad, pero sin exagerar. Íbamos en dos autos, mi cuñado y mi hermana en un Renault 4 modelo 1986 y nosotros, mi papá, mi mamá y yo en la Mercedes. El que se la pasó manejando todo el viaje fui yo, que alteraba el volante de la Mercedes con el Renault 4.

Recién cuando cambiamos a la ruta 63 logré poner la Mercedes a 80-85 kilómetros por hora. Todo un logro, pero de ahí no la podía sacar. Tampoco era poca velocidad para un auto que de fábrica indica un máxima de 105 kilómetros por hora. A esa velocidad se puede llegar a Santa Teresita sin para a cargar gasoil.

Tardamos doce horas en llegar a Santa Teresita. Arribamos al pueblo a eso de las seis de la tarde con un clima de nublado a lluvioso. Nadie nos esperaba en la casa. Sorpresa de nuestra parte. Los Pérez no estaban. Pensamos que habían salido a pasear. Al poco tiempo llegarían los Pérez en su Renault Clio para decirnos que se había hospedado en la Hostería Santa Teresita, porque en el departamento había una gotera. La gotera estaba gusto encima de la cama matrimonial. Una semana santa gris y lluviosa. Lindo panorama para pasar un fin de semana largo.

A nosotros el departamento alquilado nos deparaba la sorpresa de no tener agua. Así que de bañarse ni hablar. Mi cuñado salió para hablar con el encargado de los departamentos para que le solucionara el problema. No había solución, agua no había.

Mi cuñado habló con la dueña para que le ofreciera una solución. La cual fue que nos podíamos mudar al departamento del primer piso cuando se fueran los inquilinos actuales. Eso ocurriría recién al otro día por la tarde. Así que el sábado sí nos pudimos bañar y tener agua. Ese era el único departamento que estaba en buenas condiciones.

Pasamos el fin de semana con los Pérez, Inés, Luis y Julián. Visitamos un poco la desconocida Santa Teresita, para nosotros, y comimos un asado. Hasta fuimos por la ruta interbalearia a San Bernardo y Mar de Ajó. El domingo después del mediodía los Pérez partieron para Buenos Aires y nosotros comenzamos a disfrutar de Santa Teresita sin turistas.

El cambio de actitud de los empleados de los comercios fue notable. De la locura de los turistas del fin de semana largo pasamos a una calma de pueblo chico, donde se conocen y se saludan. Así con las cosas más relajadas el disfrute del lugar aumentó. También comprobamos que Santa Teresita tenía vida propia fuera de temporada alta. Además conoceríamos a algunos de sus habitantes más representativos.

Un día por la tarde decidimos ir a visitar Pinamar, Valeria del Mar, Ostende y Cariló. Pese a la oposición de mi hermana fuimos en la Mercedes, porque los cinco iríamos más cómodos. Llegamos a Pinamar y encaramos para Valeria del Mar. Camino a Ostende la Mercedes se empacó. No quería moverse más. La tiramos en una calle transversal y parecía que algo estaba trabado. La caja, los frenos o vaya a saber que.

No hubo caso y mi cuñado volvió caminando hasta una estación de servicio para llamar al ACA (Automóvil Club Argentino). La subimos al planchón, luego de esperar una hora. Viajamos en el camión mi cuñado y yo. Mis viejos y mi hermana se tuvieron que volver en micro a Santa Teresita.

Pudimos entrarla andado al garaje, cosa que nos dejó sorprendidos. Al otro día a buscar la falla, para poder volver a San Miguel. A esta altura puteábamos por no haber llevado el despiece que tenía fotocopiado. Revisamos frenos traseros. Todo bien. Sacamos la caja de cambios. Todo bien. Sacamos el cardan. Todo bien.

Lo único que nos quedaba era desarmar el diferencial. A esta altura debo recordarles que se suponía que estábamos de vacaciones. Cuando desarmamos el diferencial encontramos roto el rulemán del núcleo. Ahí estaba el problema que había roto un par de dientes del piñón, pero el satélite estaba intacto.

Nos indicaron de un tornero que nos podía ayudar. Don Julio, que luego nos enteraríamos que era el presidente del los Bomberos Voluntarios de Santa Teresita. Nos dijeron que era un buen tipo y nos ayudaría. Al llegar golpeamos la puerta de su taller y la respuesta fue “nadie golpea la puerta. Entra y listo”. Con mi cuñado pensamos, estamos sonados.

El rulemán costaba una pequeña fortuna en la casa de repuestos y recién lo tendrían para dentro de dos o tres días. Por eso fuimos a lo de Don Julio, porque además nos hizo un extractor para retirar la pista del rulemán, que se había quedado en el núcleo del diferencial. Don Julio nos consiguió el rulemán para el otro día y a un menor costo. Lo traían desde Mar del Plata por expreso. Lo pedías en la tarde y al otro día a media mañana ya estaba en Santa Teresita.

Así fue como lo trajeron y cuando lo vamos a colocar no pasaba el piñón por el centro del rulemán. Había que pedirlo con la pista desmontable. No nos habíamos dado cuenta ninguno. Otro pedido y otro día perdido. Mientras la Mercedes seguía desarmada en el garaje y nosotros de vacaciones.

Cuando vamos a retirar el rulemán Don Julio lo tenía listo y una sorpresa, más barato que el anterior porque era ruso y no sueco. Así que la Mercedes tiene hoy día un rulemán ruso en su diferencial alemán. Vale aclarar que el rulemán roto era el original de fábrica. Había durado nada más que 48 años…

Don Julio terminó haciéndose amigo de nosotros y nos pidió que cuando tuviéramos en marcha, la Mercedes, pasáramos para que la viera. Pensaba que la pobre estaba un poco destartalada. Se asombró cuando nos paramos en la puerta de su casa-taller. No podía creer en el estado que estaba.

En ese viaje también conocimos al bombista que atendía a Don Julio, que tenía un Ford Fairlane con un motor diesel Nissan de 6 cilindros, con el que se iba de vacaciones al norte con una casa rodante. El bombista nos dijo que el problema de la velocidad era el filtro de aire sucio. Novatos en motores diesel, que se le va hacer.

Cuando le sacó el filtro de aire y me mandó que la probara, llegó a los 80 kilómetros por hora como si nada. Fuimos hasta la entrada de Las Toninas, por la ruta interbalnearia, y volvimos con otro problema resuelto. Lo que no pudimos resolver fueron las elecciones nacionales que consagraron presidente a Néstor Kirchner. No pudimos votar porque no logramos llegar para la fecha de las elecciones. Estamos varados en Santa Teresita con la Mercedes desarmada.

La vuelta a casa fue con pocas novedades, salvo que nos quedamos sin batería y había que empujarla para hacerla arrancar. Por lo que decidimos no parar en ruta hasta llegar a San Miguel. La vuelta fue solo con la Mercedes porque mi hermana y mi cuñado se quedaron unos días más de vacaciones en Santa Teresita.

Por último ya en la Autopista Buenos Aires-La Plata el limpiaparabrisas dejó de funcionar. Llovía y los camiones que nos pasaban nos limpiaban de un baldazo el parabrisas. Mi padre había hecho reparar el limpiaparabrisas antes de salir. Así que los tres ocupantes de la Mercedes puteábamos al unísono al tipo que lo había arreglado.

Al otro día de llegar bajo una llovizna, como cuando nos habíamos ido, descubro que el movimiento de los limpiaparabrisas estaba flojo. Era eso lo que nos dejó sin su servicio tan útil bajo una lluvia en una autopista.

Pese a todo lo que les conté volvimos dos veces más con la Mercedes a la costa. El destino fue Mar de Ajó. Una en temporada alta y la otra fuera de temporada. Pero en esas dos ocasiones nada pasó que valga la pena contarse. Salvo que al año siguiente, 2004, pasamos a saludar a Don Julio, el tornero de Santa Teresita, y regalarle uno de los buzones alcancía que hago.

El tipo se lo merecía, además nos había contado que ahorraba monedas en una botella de gaseosa y con eso financiaba sus vacaciones. “Llego hasta donde me alcanza la mitad de lo ahorrado. Después me vuelvo”. Mi cuñado me hizo poner la llave del buzón bajo el pañolenci de la base. Así sus hijas no se tentarían con abrirlo para sacar las monedas. Un gran tipo, Don Julio.

Mauricio Uldane