Lenguaje claro

domingo, 11 de octubre de 2015

¿Sabes manejar?

Tengo la teoría que la vida no es una línea recta, como muchos dicen. Creo que la vida es un gran círculo, que de tan grande que es, no nos damos cuenta de su forma curva. Como lo es la tierra donde vivimos. Pero no termina ahí mi teoría, sino que se completa con que esos círculos, que son nuestros propios destinos, giran como en una órbita y se superponen con los círculos de otras personas.



Es así como en la vida que transcurrimos sobre este bendito planeta, a lo largo de nuestras vidas, nos cruzamos con las mismas personas varias veces, o hasta vamos por ese camino en simultáneo. No sé si habré descubierto una nueva escuela en filosofía, pero ahora tengo mucho tiempo para pensar en esas cosas. Antes no lo tenía. Claro que antes las cosas eran bien distintas.

Para entender toda la historia hay que arrancar por el principio, sino no entenderán nada de lo que me pasó, y me pasa en la actualidad. Mi presente, que ahora es mi futuro. Es complejo pero ya entenderán claramente, por supuesto si es que llegan a leer esta narración que les escribiré a continuación.

Amo los autos clásicos desde siempre. Me crié en una casa donde mi abuelo y mi padre estaban vinculados a los autos de alguna manera. Y casi siempre autos que ya eran viejos para su época. Es decir que hoy diríamos que son clásicos. Pero en aquellos tiempos se les decía que eran autos viejos. El finado Paganini me dijo alguna vez “no es viejo, es usado”.

Y de eso se trata en parte esta historia que les voy a contar hoy. De cosas usadas, que a nosotros nos parecen viejas, pero que para otros pueden ser maravillosas y únicas. Eso es lo que pasa cuando no se tienen esas cosas, o peor se perdieron para siempre.

Mi amor por los autos del pasado me hizo adquirir un Peugeot 403. No hay tantos, pero los que sobrevivieron al paso del tiempo se encuentra muy bien. Como el mío de un color cremita encantador. Ese auto era mi pasión, perdón es mi pasión y mi actual trabajo. Sí, como escucharon mi trabajo en la actualidad que me toca vivir.

Pero sigamos con el hilo conductor para llegar a este momento donde escribo estas líneas. Tratando de explicar, y explicarme, qué pasó en todo este tiempo desde que salí de mi casa aquel domingo rumbo a un encuentro de autos. Al que por alguna circunstancia nunca llegué. Pero acá no termina la historia sino más bien empieza.

El camino al encuentro era largo, porque se hacía algo lejos de casa. Así que tempranito partimos el 403 y yo. Sin otra compañía más. No había logrado que nadie se interesara en ese encuentro y en parte fue mejor dado lo que sucedió ese domingo.

El grupo de amigos fierreros, con los cuales salíamos en caravana a los encuentros, todos tenían algún compromiso o estaban enfermos o el auto roto. Así se dieron las cosas, como un destino prefijado en la agenda de un ser más poderoso que uno. O simplemente las coordenadas se alinearon de esa forma porque me tenía que tocar a mí.

No lo sé y creo que nunca lo sabré. Pero no tengan dudas que pienso mucho en eso. Ahora tengo todo el tiempo del mundo. De eso se trata: del tiempo. Eso por el cual corremos durante toda la semana, el mes, el año y se nos termina yendo la vida, y no tenemos tiempo.

Si algo saqué en limpio de todo lo que me pasó, y me pasa, es a valorar el tiempo de otra forma. Lo que lamento es no poder estar cerca de mis amigos fierreros para compartir ese tiempo de sobra que tengo ahora. Claro que mis amigos deben seguir corriendo detrás del tiempo. Y este les lleva mucha ventaja en la carrera.

Salí de casa en esa destemplada mañana de primavera. El tiempo, estaba algo loco. En el invierno no había hecho el frío que solía hacer por estas mañanitas primaverales mucho más iluminadas. Solo éramos el 403 y yo por las desoladas calles del barrio, y de la ciudad. Lentamente enfilamos, con paso cansino, hacia la autopista que nos sacaría de la ciudad para meternos en los lejanos suburbios. Nuestro destino final.

Al cual nunca llegamos. Muy poco tránsito. Algún que otro trasnochado con el volumen del equipo de audio al mango, y seguro con algunas copas de más. Por eso con el 403 guardábamos la prudente distancia. Como evitando un accidente, cosa que es imposible de hacer.

Pasamos el peaje y la chica se alegró de ver un auto tan viejo. “¡Qué lindo auto que tiene!”, me dijo con una sonrisa que me levantó el ánimo. Hace mucho tiempo, ya no recuerdo cuánto, que las mujeres más jóvenes no me tutean. Eso lo ponía muy mal a mi amigo Marcelo. 

Un día se apareció por mi trabajo con una cara de preocupación. “Sabes que una chica de colegio me preguntó la hora y no me tuteó”, me dijo espantado. “A mí hace rato que me pasa”, le respondí. Lo cual no lo reconfortó en absoluto. Además como no me va a tratar de usted si estoy blanco en canas.

Claro que algunas de esas canas las tengo desde los 15 años. Pero tiene sus ventajas. A veces te ceden el asiento en el colectivo o en el tren. Para muchos las canas son síntoma de vejez. No saben el encanto que tienen. Algún día las mujeres maduras lo descubrirán y dejarán de ocultarlas bajo una capa de tintura.

Pero volvamos a la autopista y la estación de peaje. Le agradecí a la gentil empleada y puse primera para seguir mi camino al encuentro. Algunos otros clásicos hacían sonar la bocina cuando pasaban junto al 403. Respondía de la misma forma. Es como si perteneciéramos a la misma manada: fierreros empedernidos.

Con el 403 manteníamos una velocidad crucero, total era temprano y no teníamos apuro en llegar. Además estábamos solitos. En cualquier huequito nos podríamos acomodar. En eso estaba cabildeando cuanto veo que delante de mí hay un desvío de la autopista. Seguramente sería un arreglo de esos que hacen los fines de semana para aprovechar el poco tránsito a estas horas. Porque a la tarde la autopista de regreso a la ciudad podía ser un mar de autos.

Pensé que el desvío nos llevaba a la calle colectora, paralela a la autopista, pero no fue así. Directamente nos sacaron de la autopista a un camino transversal. Había personal de la autopista y de tránsito del lugar. Camino que parecía vecinal con solo dos carriles, uno de ida y otro de vuelta.

Nada de tránsito, lo cual me llamó la atención. Seguía muy nublado el cielo y parecía que se venía la niebla. Adelante divisé un nuevo cartel indicándome que retomara la autopista. Lo hice y seguía solo en la ruta al encuentro de autos.

La niebla se comenzó a espesar en forma rápida y muy densa. Tanto que tuve que encender las luces del 403 y gracias a las lámparas amarillas lograba ver algo del camino. Al menos veía las demarcaciones de los carriles de la autopista.

Estábamos en un bajo y la neblina era más densa, cuando comenzamos a subir se empezó a despejarse y el día comenzó a ser luminoso. Como si alguien hubiera corrido un velo. El sol, ahora brillaba, y calentaba, como no lo  había hecho en las horas anteriores en esa fresca mañana primaveral.

Un auto me pasa muy rápido y ni siquiera alcancé a ver qué modelo era. “Estos autos nuevos son todos iguales”, pensé para mis adentros y proseguí mi camino hacia el encuentro de autos. Del carril contrario divisé otro auto nuevo, muy aerodinámico, pero raro a lo que tenía visto hasta ese momento.

“¿Qué marca será?”, pensaba mientras en mi cabeza buscaba la ficha de ese auto que acababa de cruzarme en la autopista. Otro auto me pasó rápido y tampoco pude reconocer ni marca, ni modelo. Lo notable era lo silencioso de la marcha.

Según mis cálculos la próxima salida era la que tenía que tomar para ir al encuentro de autos. De reojo miré el mapa que había impreso y si estaba en lo cierto. Pero al llegar al lugar la salida no estaba. “Me habré pasado durante la niebla”, pensé y busqué un sitio en la banquina para detenerme y consultar con tranquilidad el mapa impreso.

En eso estaba, tratando de dilucidar lo ocurrido, cuando un auto, al que no escuché, se detiene delante de mí. Seguía sin reconocer marcas y modelos. “¿De dónde salieron todos estos autos nuevos que no reconozco?”, seguía pensando. Cuando la puerta del auto detenido se abre con un sonido a aire y hacia arriba como el famoso Alas de Gaviota.

“¿Y esto de dónde salió?”, mascullé por lo bajo. Del auto descendió una mujer joven morocha con una ropa que más parecía el traje de cuero de un motociclista. Muchas cosas raras para esta fresca mañana, ahora no tanto, de domingo. La mujer venía con paso decidido hacia el 403.

Cuando se pone al lado de la ventanilla baja de mi auto me dice: ¿sabes manejar? La miré algo asombrado por la extraña pregunta. En especial porque estaba sentado al volante del 403. “Claro y tengo registro”, le dije con un tono burlón. “¿Puedo verlo?”, me preguntó. “Ahora caigo es un nuevo servicio de control de tránsito y nunca los había visto”, me dije para mis adentros mientras buscaba en mi billetera la licencia de conductor.

“Tenes billetera”, me dijo con una sonrisa que logró que el día se iluminara aún más de lo que estaba. “Esta mina puede derretir un glaciar con solo sonreír”, pesé para mis adentros pero lo guardé en mi mente sin proferir palabra. Le extendí el registro y la tipa al verlo me dijo: “está vencido”. 

“¡Cómo vencido si le faltan tres años para renovarlo!”, casi le grité. “Se venció hace 97 años me dijo”, la morocha con otra de esas sonrisas demoledoras. Mi cara de asombro la puso sobre aviso. Y con una mirada indulgente, ¡y qué mirada!, me dijo que estamos en el año 2115. Casi me muero de un infarto.

“Me estas tomando el pelo”, le dije. A lo que ella me respondió: “no se que significa esa frase, pero creo que me lo imagino”. No podía creer lo que me estaba diciendo a la vera de una autopista camino a un encuentro de autos. Comencé a pensar que era una cámara oculta para algún programa de televisión.

Pero en eso veo pasar otro de esos autos raros y termino de comprender, muy a pensar mío, que estaba 100 años en el futuro. No me pregunten cómo, pero había pasado. “¿Qué día es hoy?”, le dije como para que me demostrara que me mentía. “Domingo 11 de octubre de 2115”, me dijo y el alma se me fue al piso. Era cierto o me estaba tomando el pelo de la mejor forma posible.

“Por eso te pregunté si sabías manejar. Ahora nadie lo hace y estoy tratando que alguien me enseñe, pero no hay autos como el tuyo para hacerlo”, me dijo la morocha muy convencida de sus palabras. Seguía sin creerle una sola palabra. Hasta que paré el motor del 403 y me bajé. “Mostrame tu auto”, le dije a la morocha y ahora la sorprendida era ella.

Me bajé del auto y fuimos hasta su auto. La sospecha que me había asaltado la mente había tomado cuerpo. El auto estacionado delante del 403 no tenía volante, ni nada que se le pareciera. “¿Cómo lo manejas?”, le pregunté. “Le digo donde quiero ir y él va solo”, me respondió muy suelta de cuerpo. Les dije que el cuerpo era similar, o mejor, que la sonrisa y la mirada. Bueno lo eran. La morocha era un monumento de mujer.

Ahora si que la cagaste, pensé para mis adentros. La pregunta era cómo volver a mi tiempo. A ese domingo 11 de octubre de 2015. Según la morocha no había manera. Algunos habían pasado, como yo. Pero volver no había ninguno que lo pudiera hacer. Además esto solo pasaba cada 100 años. ¡Y justo me tenía que tocar a mí!

“¿Me enseñas a manejar?”, fue la pregunta de la morocha. “¿Cómo te llamas?”, fue mi respuesta. “Alexia”, me dijo con otra sonrisa asesina. Le dije mi nombre, que entre paréntesis le encantó, y le dije que sí, que le enseñaría a manejar. Qué remedio tenía perdido en el futuro, 100 años adelante.

Por supuesto que las clases serían en el 403, no había autos que se manejaran en esa época. Hacía más de 50 años que no había autos de ese tipo y tampoco autoescuelas que te enseñaran. Para qué si los autos andaban solo de aquí para allá sin chocar unos con otros. Los accidentes de tránsito era cosa del pasado. De la prehistoria como me dijo Alexia y me sentí por un momento como un dinosaurio descubierto en una piedra fósil.

Alexia estaba a punto de doctorarse en historia automotriz. Sí, como lo leyeron, historia automotriz. Incluso había una Universidad del Automóvil de donde salía doctores y licenciados en historia automotriz. No podía creer lo que escuchaba de la boca de Alexia. Está demás decir que conocía a la perfección el 403. Modelo, marca, características técnicas y demás.

También me contó que mucha información la había tomado de un sitio en la red. Aunque no lo crean Internet existe y mucho mejor que lo que teníamos en 2015. Ese sitio que hablaba de los autos viejos de un día para otro dejó de publicar notas diarias y nada más se supo del editor.

Claro pensé si estoy 100 años por delante quién carajo va a escribir las notas. Pero no se lo dije en un principio a Alexia. Iba a ser mucha la emoción y quería conocer un poco más de este mundo nuevo para mí. Le enseñé a manejar el 403 y para mi sorpresa lo hizo rápido y con mucha destreza. Ahora tengo chofer y lástima que no tenga femenino, porque Alexia se lo merece.

Cuando le confesé que el editor desaparecido de la red era yo me abrazó con una fuerza que casi me desmayo. Pero la cosa no terminó ahí. No solo fue el comienzo de otra vida para mí. La que ahora tengo. Alexia habló con el decano de la Universidad del Automóvil y terminé dando seminarios, clases y ahora dirijo una cátedra. Nunca pensé que terminaría como universitario y encima profesor.

Claro que tengo técnicamente más de 150 años de vida. Alexia parece una mujer de 30 años y en realidad tiene casi 50. La vida en este tiempo es mucho más larga y casi podré vivir unos 80 o 90 años más. Con lo cual superaré los 200 años. Pero claro me salté 100 de vida real.

Alexia ya se doctoró y con lo que gané en la universidad me pude construir una casa frente al río. Sí, porque luego de una sudestada gigantesca que ocurrió hace más de 40 años la costa se convirtió en una reserva ecológica de más de 100 kilómetros de extensión. Solo se permiten casas de cierto tipo. Esa es la mía.

Ahora puedo ver el amanecer en el río y en las noches de luna llena no necesito encender la luz de mi casa vidriada. En realidad nuestra casa. Sí, nuestra porque ahora vivo junto a Alexia, primero alumna, luego doctora y ahora compañera de vida. En esta vida nueva, ya que la anterior la perdí para siempre.

Pero no quejo, solo a veces me asaltan recuerdos del pasado y me pongo algo triste. Alexia logra volverme a la realidad y todo se pasa rápido. Hasta tengo un sucedáneo del petróleo para el 403. Alexia lo cuida más que yo. ¡Ah! Comenzaron a fabricar repuestos para el 403 y existe la posibilidad que reaparezcan los viejos autos que supimos conseguir. Todo gracias a un sitio de Internet y su editor desaparecido.

Pero eso es mi futuro ahora que vivo 100 años más delante de todo. Creo que me voy a quedar para ver resurgir esos autos de la prehistoria, como les llaman acá, es decir ahora, mi presente.

Mauricio Uldane

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