domingo, 31 de mayo de 2015

El casamiento de Nora

A Nora la conozco desde que nació. Le llevo unos diez años y siempre fui el hermano mayor. Era vecina del barrio donde vivíamos. Nuestras familias eran amigas y siguen siéndolo pese a la cantidad de años transcurridos. La vi crecer y convertirse en una hermosa mujer. Muchos, en el barrio, pensaban que nos terminaríamos casando porque siempre andábamos juntos, pero para Nora siempre fui un hermano.



Fue a mí a quién consultó, antes que a sus padres, de la decisión de irse a vivir a Rosario por un trabajo que le ofrecieron. Quería conocer mi parecer. Le dije que debía hacer lo que sintiera y no lo que los demás le dijeran, aunque fueran buenas intenciones. Así que con su título flamante de arquitecta partió para Rosario donde logró destacarse en su profesión hasta lograr tener su estudio de arquitectura propio. Le puso Green Design en honor a El Verde.

El Verde es el Chevy Malibú de mi familia que está desde cero kilómetro y en el que mi padre nos solía llevar de paseo. El Verde lo bautizó Norita, porque para mi familia siempre fue, es y será Norita. Tenía unos ocho años cuando mi padre lo trajo de la concesionaria. Al verlo estacionado junto a la puerta de casa Norita le dijo a mi papá, “Alberto te compraste un auto verde”.

“Eso, El Verde, así se tiene que llamar el Chevy”, sentenció Norita. Una cosa que debo decirles es que Nora es una fierrera empedernida desde chica. Era raro que una chica, en aquellos tiempos, supiera tanto de marcas y modelos de autos. Pero claro la pobre se pasaba horas en mi casa donde no se hablaba de otra cosa que de fierros.

El otro día suena el teléfono de mi casa y al atender la voz de Nora del otro lado de la línea me arrancó una sonrisa. “Quiero que traigas a El Verde para mi casamiento. El Verde me va a llevar al altar y el chofer vas a ser vos”, me dijo Nora desde Rosario, su nuevo lugar de residencia desde hacía unos años. No era un pedido, sonó más a una orden.

“Pero Nora, Rosario no queda a la vuelta de casa”, dije intentado disuadirla de llevar al Chevy desde Buenos Aires. “Ahora hay una excelente autopista”, fue su respuesta. “Sino te queda la opción de subirlo a un planchón y listo”, dijo sabiendo que estaba hiriendo mi orgullo. Cómo el Chevy, que había heredado de mi padre, aunque este seguía vivito y coleando, iría arriba de un remolque.  Eso es para autos descompuestos y no para El Verde que goza de muy buena salud.

“Hacete a la idea que vas a un encuentro”, me chicaneó Nora desde Rosario. “Está bien, lo llevo andando”, dije resignado ante la presión de Nora. Sabía que no podía ganarle la discusión. Además quería que fuera a su casamiento y que fuera su chofer. Eso me lo había dicho hacía tiempo, pero no que sería con El Verde.

Nora luego de lograr su asentamiento como arquitecta se había enamorado de Ernesto, un cliente que la fue a ver por una obra que necesitaba. En el transcurso de la construcción ya vivían juntos. Así que luego de un par de años de convivencia habían decidido casarse. A Ernesto tuve que conocerlo. Y digo tuve porque los celos de Ernesto eran grandes.

Es lógico Nora se la pasaba hablando de mí. De las cosas que habíamos hecho en el pasado o los paseos que dábamos cuando ella venía para Buenos Aires. Al verme y charlar un rato, Ernesto, pronto se dio cuenta que no era un peligro para su pareja con Nora. Al contrario terminamos siendo amigos y los autos hicieron el resto. Ernesto es otro fierrero irremediable.

Así que también Ernesto quería conocer a El Verde y que este los llevara de la iglesia a pasear por Rosario y luego al salón de fiesta. Algo que es casi normal en estos tiempos que corren para autos clásicos y antiguos. No me quedaba otra que alistar a El Verde para partir en un viaje hacia Rosario. Lo que no sabía era que tendría que hacerlo en soledad. Bueno no tan solo, iba con El Verde.

Mis padres me dijeron que no irían en el auto. Demasiado habían viajado en el Chevy. Ellos se irían en avión. En mi trabajo me debían un par de días por francos compensatorios que nunca terminaban de dármelos. Esta sería la ocasión. Así que encaré a mi jefe y le dije que me tenía que ir a Rosario al casamiento de una amiga muy querida y necesitaba esos días que me debían. “Esta bien tomate el jueves y el viernes”, dijo mi jefe. Le redoblé a apuesta y le dije que quería el viernes y el lunes. Puso cara de pocos amigos, pero terminó por acceder. Soy su mejor empleado.

Tenía lo que quería viernes y lunes. Sabía que el domingo la fiesta de casamiento de Nora terminaría a la mañana. Así que si descansaba el domingo podía volver tranquilo el lunes por la mañana. Pero las cosas nunca son como uno las planea. Por eso aprendí a no planificar mucho de mi vida. Tenía dos semanas para preparar al Chevy. Siempre hay que hacerle algo a un auto clásico. Los que saben del tema tienen en claro de qué hablo.

El jueves, antes del casamiento de Nora, luego que salí del trabajo me subí a El Verde y me encaminé, solo, hacia Rosario. Preferí salir a la tardecita para estar llegando a las primeras horas de la noche. En cambio de salir en la mañana del viernes. Así estaría en Rosario más tiempo y con mayor tranquilidad.

Todo iba de maravillas hasta un determinado lugar de la autopista Buenos Aires-Rosario donde El Verde enmudeció. Se paró y se le apagaron todas las luces. Se quedó sin electricidad de golpe. “¿Qué mierda pasó?”, atine a decir casi en un grito. Busqué la linterna en la guantera, que previamente había revisado que tuviera pilas, y destrabé el capot para encontrar la falla que me acababa de dejar tirado a un lado de la autopista.

Levanté el capot y me puse a revisar si un borne de la batería estaba flojo. Tengo la costumbre de descontar la batería cuando no uso al Chevy por mucho tiempo y tal vez ahí estaba el problema. Pero no. Los dos bornes estaban perfectamente ajustados. ¿Qué era lo que lo dejó sin corriente? Hice un paneo por el motor y todo parecía estar en completo orden.

Volví a sentarme frente al volante y nuevamente giré la llave de contacto. Nada. Ni un click hizo el muy desgraciado. Ahí es cuando me puse a hablar con El Verde en voz alta, “¡como me haces esto en medio del camino a casa de Nora! Con lo que te quiere ella. Vas a ser el que la lleve al altar y me pagas de esta manera. Quedándote mudo en medio de la nada. ¿Querés que venga un remolque y te saque de la autopista y te deje tirado a un lado. Si eso pasa te cierro todas las puertas y te dejo ahí abandonado. Me voy solo a Rosario y que Dios te ayude”.

Luego de ese monólogo salí del Chevy y cerré la puerta de un golpe. Algo nada habitual en mí. Pero estaba con mucha bronca. Hasta le di una soberana patada a la rueda trasera. En eso veo que las luces traseras estaban encendidas, lo mismo que las delanteras. ¿Qué pasó? No creo que por mi patada volviera la corriente. Algo pasó y no sabía que era. Pero antes que nada volví a abrir la puerta, me senté y giré la llave de contacto. El 250 ronroneaba como un lindo gatito como si nada hubiera pasado en los anteriores cinco minutos que estuvimos tirados al lado de la autopista.

“Gracias Verde, gracias por arrancar”, le dije en voz alta. En eso se para al lado una camioneta de auxilio de la autopista. “Todo bien señor”, me dijo el conductor. “Si, se paró pero ya arrancó de nuevo”, le contesté. “Cualquier cosa nos llama al *600”, me dijo el tipo reanudando la marcha. Habrá pensado que ando con este cachivache por la autopista y de noche. Pero para mi sorpresa, al arrancar, me largó “lindo el Chivo”, y se perdió en la noche de la autopista.

Reanudamos la marcha El Verde y yo. Sin problemas, aunque estuve atento a cualquier sonido extraño hasta que llegamos a Rosario. Nada absolutamente nada volvió a pasar. Al menos por ese momento y durante el casamiento de Nora.

Nora me estaba esperando y no me dejó que fuera a ningún hotel. Me había preparado una cama en un cuarto en su casa y fue Ernesto que terminó de insistirme que me quedara a dormir con ellos mientras estuviera en Rosario. Como no se iban de luna de miel estarían en su casa luego de finalizada la fiesta de casamiento. Así que me hospedé con ellos y El Verde en el garaje de la casa. Todo quedó en familia, o casi.

El sábado por la mañana Nora me dijo que había que ir a buscar a los padres de Ernesto a la terminal de ómnibus y allá fuimos con El Verde. Los padres de Ernesto estaban enloquecidos con el Chevy. El papá de Ernesto había tenido uno del mismo color. Yo rogaba que no le pasara lo mismo que en la autopista, pero El Verde se comportó como un verdadero Chevy.

“Lo tenes a gas”, me preguntó el padre de Ernesto. Los que me conoces no me harían esa pregunta, pero este hombre no me conocía así que traté de responderle gentilmente. “Pienso que el gas es para las cocinas”, le dije. Y antes que me respondiera le agregué, “lo que pasa que lo uso para pasear o para ir a encuentros de autos. Si lo usara todos los días seguro que tendría dos tubos de GNC en su inmenso baúl. Trato que esté lo más original posible”.

Quedó muy conforme el padre de Ernesto con la pregunta y hasta le gustó mi forma de pensar. Entonces me preguntó, ¿nunca lo llevaste a Autoclásica? Nora me miró como diciéndome cuidado con lo que vas a responder. “No tengo el dinero para pagar el espacio en Autoclásica”, le dije. Lo cual es cierto. Ahí este buen hombre descubrió que hay que pagar el espacio para exhibir un automóvil antiguo o clásico en esa exposición. Cosas de la vida fierrera.

Acto seguido fuimos a buscar a mis viejos al aeropuerto de Fisherton. “Al final El Verde está haciendo el trabajo de un remis”, le dije a Nora mientras íbamos a buscar a mis viejos. “Pero con clase”, me respondió sonriente desde el asiento trasero. “Ella es así”, me dijo Ernesto en el puesto de acompañante. Y era verdad era una pícara desde que nació.

Llegó la hora de llevar a la novia al altar junto con el padrino y todo salió perfecto. El éxito de El Verde era demoledor. Vítores y alabanzas para el Chevy. Luego con los novios a pasear por distintos lugares de Rosario a los que fui guiado por ser desconocidos por mí. Fotos aquí y allá. El lugar donde se conocieron y como testigo de todo eso, El Verde.

Dos horas más tarde llegamos al salón de fiesta que tenía una entrada donde nos permitieron exhibir a El Verde, que quedó estacionado en el lugar con custodia. Los invitados se cansaron de sacarles fotos al Chevy. Por un momento pesé que le iban a gastar la pintura con los flashes. En eso apareció Nora que me vino a buscar. “Deja a El Verde. Está en buenas manos”, me dijo.
“Vení que quiero presentarte a alguien”, agregó tomándome de un brazo mientras casi me arrastraba al interior del salón de fiesta.

Ahí estaba ella. Una cabeza llena de rulos negros. Azabache diría yo. Natural como la mismísima miel, como el color de sus ojos que me sonrían sin conocerme. “Ella es Roberta y quiere conocerte”, me dijo Nora. Me pregunté para mis adentro porque querría conocer a un casi cincuentón que maneja un Chevy de color verde. “Le hablado tanto de vos que al final quiso conocerte”, me dijo Nora.

“Seguro que le contaste todas mentiras”, dije para salir del paso y reponerme de la belleza demoledora de Roberta. “Nada que ver. Todas las historias que me contaron de vos son hermosas”, me dijo Roberta. Soné pensé para mis adentros. Estas rodeando con el rancho prendido fuego. Era casi imposible resistirse a la sonrisa de Roberta. Sus ojos de color almendra parecían sonreír con sus labios. Pero no como un encantamiento, sino como un remanso donde querer quedarte para toda la vida. Esa mujer irradiaba paz y amor. Pero de mística no tenía un solo pelo.

Esta demás decir que toda la fiesta estuve al lado de Roberta. Conocía muy bien mi vida y mi gran pasión por los autos. Descubrí con mucho asombro que ella era una gran conocedora por leer un sitio que se dedicaba a los viejos autos que supimos conseguir. Eso fue lo que me dijo ella. La verdad que el sitio nunca lo oí nombrar. Pero me juré que ni bien llegara a Buenos Aires lo buscaría por Internet. Si le gusta a Roberta, a mi me tiene que encantar.

Todo salió como lo habían planeado Nora y Ernesto. Una fiesta increíble con sorpresas, más para mí que conocí a Roberta, y con El Verde como un testigo mudo de todo lo vivido aquella noche. El fin de fiesta fue que, como dije, los novios no se iban a ningún lado El Verde y yo los llevamos a su casa. Es decir nuestra morada temporaria. Llegamos destruidos pero felices, muy felices.

Dormimos hasta la tarde del domingo. Me desperté por el sacudón de Nora. “¿Qué pasa?”, le dije. “Ya dormiste mucho”, me respondió. Estaba fresca como una lechuga recién arrancada de la planta. Nunca supe de donde saca esa energía que la motoriza. “¿Cuándo te volves para Buenos Aires?”, me preguntó. “Mañana por la mañana”, le respondí. “Bueno será antes”, sentenció. “Vos viniste solo. Bueno solo no, con El Verde”, me acotó. “Ahora te vas de vuelta con una pasajera”, me dijo. “¿Una pasajera?”, pregunté con temor porque me imaginé a una de sus tías latosas que conocía de toda la vida.

Pero no. Por suerte para El Verde y para mí, en especial para mí, la pasajera sería Roberta. Cuando dijo su nombre me desperté del todo y con una inmensa alegría. No terminaba de entender porqué tenía que llevar a Roberta a Buenos Aires. “Ella vive allá. Solo vino para mi casamiento”, me dijo. Parece ser que la llamaron de urgencia de su trabajo y tiene que presentarse el lunes en su oficina. Ella pensaba volver a mitad de semana.

Como no consiguió pasaje en ningún transporte disponible se acordó de El Verde y su conductor. Sospeché algo pero no quise pensar en una confabulación de las dos mujeres en mi contra. Otra vez la imagen del rancho rodeado y prendido fuego en mi cabeza. “Dormí otra hora que yo te llamo”, me dijo Nora. Está demás decir que no dormí nada pensando en Roberta.

Me levanté, me bañé y me dispuse a partir con El Verde y la pasajera rumbo a Buenos Aires. Acaba de llegar a casa de Nora cuando salía para preparar a El Verde. “¡Voy a viajar en El Verde!, exclamó Roberta ni bien llegó a casa de Nora. La imagen del rancho seguía en mi cabeza. Pero la figura de Roberta en jeans ajustados, muy ajustados, disipó a ese feo rancho quemado, a esta altura del día domingo.

“Será un placer viajar de pasajera con vos”, me dijo Roberta perforándome el cerebro con esos ojos color almendra. La sonrisa era su arma más demoledora. Cuando tenga la suficiente confianza debo advertirle del peligro de su uso en hombres. ¿O tal vez lo conoce y la está usando a discreción? Será muy interesante averiguarlo en el viaje de regreso a Buenos Aires.

Me comenzó a contar su vida con una narrativa atrapante como su sonrisa y sus ojos. Sin hablar de sus rulos negro azabache con sus pechos, mediano-grande, como esa categoría de autos, o sus caderas espaciosas, como los asientos traseros de esos autos caros. En definitiva Roberta si fuera auto, cosa que gracias al Cielo no es, sería de alta gama, de altísima gama. Volviendo a su vida me la contó toda con lujos de detalles y de cómo había conocido a Nora.

“¿Cómo es que nunca te conocí?”, le dije. “Porque yo no vivía en Buenos Aires. Viví hasta la secundaria en un pueblo cercano a Rosario y ahora vivo y trabajo en Buenos Aires”, me dijo. Terminó de decirme eso y El Verde se volvió a quedar mudo cuando íbamos a Rosario. “Otra vez”, dije. “¿Ya te pasó esto?”, me preguntó Roberta con cara de preocupación.

Entonces le conté todo lo sucedido el jueves a la noche en la autopista. Justo en el mismo lugar, pero en sentido inverso. “¿Le hablaste al auto?”, me preguntó con cara de asombro. Le dije que sí y si nunca le había hablado a una máquina. Me confesó que le hablaba a su computadora a la que había bautizado Tecli. Ah, tan loco no estoy, pensé para mis adentros. “Mi papá le hablaba a su Torino rojo”, me dijo Roberta. “Una vez se lo robaron de la puerta de casa y apareció a las horas con la puerta abierta y la radio encendida”, me contó. “Nunca supimos que pasó”, me dijo. “No habrá sido un sueño”, le respondí. Roberta se puso a reír y el mundo se detuvo por cinco segundos. Creo que mi corazón dejó de palpitar en ese tiempo, pero no me morí, todo lo contrario.

Seria Roberta me contó una historia trágica ocurrida en esa autopista unos treinta años atrás. Una familia entera se murió en un accidente en un Chevy muy parecido a El Verde justo en este lugar. Ella lo recordaba con precisión porque vivía a unos pocos kilómetros y el micro que la llevaba a la escuela pasaba por este lugar. Fue un impacto para ella, una niña en ese entonces, ver el accidente. Una sombra ocultó su sonrisa majestuosa.

“¿No se habrá parado El Verde en señal de duelo?”, me dijo muy seria y mucho más linda que cuando sonreía. Yo estoy hasta las muelas con esta mujer. Yo creía que estaba loco por hablarle al auto y esta me hace una conjetura sobrenatural mecánica. Ni Stephen King se le ocurre una historia semejante. “No puede ser que un auto se detenga por completo en señal de respeto por un compañero de ruta accidentado”, le dije a Roberta.

“¿Cuánto tiempo estuvo detenido El Verde cuando ibas a Rosario?”, me preguntó Roberta. “Unos cinco minutos”, le dije. Miró su reloj y me dijo que era más o menos el tiempo que estábamos parados. La miré y una especie de comunicación se produjo entre nosotros. Sin decirnos una sola palabra. Giré la llave de contacto y El Verde arrancó. Otra vez los seis cilindros del 250 endulzaban mis oídos.

“Nadie nos va a creer esto”, me dijo mirándome a cara. “Pero nosotros sí lo sabemos y la próxima vez que vengamos a Rosario lo hacemos por otra ruta”, le dije. “¿Vengamos?”, me preguntó Roberta. “¿Qué? ¿No pesas viajar más conmigo?”, le pregunté. Su sonrisa magistral apareció de nuevo iluminando, en la noche, todo lo ancho de la autopista.

Guardamos un largo silencio pensando que había pasado atrás en ese lugar siniestro. No le encontramos explicación. Pero lo que sí encontramos fue una relación amorosa que nació en una fiesta de casamiento. Al llegar a Buenos Aires la dejé en su casa con la promesa de vernos el sábado siguiente para salir a pasear en El Verde. Así fue. No solo ese sábado, hubo domingo de encuentros. El Verde y yo ya no estábamos solos ahora la teníamos a Roberta, sus rulos, su sonrisa y sus enormes ojos color almendra. Que más se le puede pedir a la vida de un fierrero como yo.

Nada. Roberta lo es todo. Es la pieza que me faltaba para ser un hombre amado por alguien que está tan loca como yo. Quién dijo que todos somos cuerdos. Lo que pasa que nadie nos vio debajo de una lupa. Para eso yo tengo a Roberta que la saco a pasear en El Verde y la verdad entre los tres somos muy felices.

Mauricio Uldane

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