domingo, 18 de enero de 2015

Rodando por la vida

Cuando nací no sabía cómo sería mi vida. No tenía idea a dónde iría a parar. Claro eso te lo da el camino recorrido y el desgaste del rodamiento. Pero ahora les voy a contar qué pasó y cómo terminé mis días.



Comencemos desde mucho tiempo atrás. Tuve un abuelo flaco al que le decían el colorado y a mi abuela, que también era delgada la conocían como la blanca. Eran cosas de principios del siglo pasado, aunque debo reconocer que también soy del siglo pasado.

Mis abuelos tuvieron caminos muy duros que recorrer, eran tiempos difíciles y las cosas son eran como son ahora. Algunas se han facilitado mucho y en cambio otras se complejizaron. Eso lo veo ahora que tengo mucho tiempo para pensar y meditar sobre la vida. Antes solo me preocupaba rodar por la vida. Pero no era a tontas y locas, sino que tenía un trabajo que cumplir, un destino prefijado desde el nacimiento en esta sociedad consumista y capitalista que nos toca vivir.

Les hablé de los años duros de mis abuelos, que en consecuencia no lograron mucha sobrevivencia, pese a las visitas para que los recompusieran. Terminaron sus días arrumbados en un lugar que no recuerdo. Si siquiera se donde fueron a parar sus cuerpos.

La historia de mis abuelos me la contaron mis padres, que tampoco la tuvieron fácil. No señor. Tuvieron que laburar de sol a sol para poder sobrevivir en esta jungla de asfalto. Con calores agobiantes en el terrible verano en la ciudad o con lluvia hasta las orejas cuando San Pedro decidía abrir las compuertas del cielo, si es que San Pedro está en el cielo.

Pero lograr vivir mejor que mis abuelos, tanto es así que mis padres ya no eran tan delgados como aquellos. Todo lo contrario. Sus cuerpos eran más anchos y durables, cosas de la ciencia, dicen algunos. Otros dicen que es porque la tecnología mejora. Mis padres trabajaron duro, muy duro. Mi mamá en una camioneta y mi papá en un camión. Ambos en el transporte de mercaderías. Aunque mi madre siempre volvía a casa a la noche en cambio mi padre tardaba, a veces, semanas en volver. Y volvía cansado del viaje. Pero al menos ambos tenían trabajo y no estaban tirados por ahí. Como les pasó algunos parientes cercanos.

Conozco el caso de conocidos que acabaron su vida útil por un accidente en la ruta. Un chófer que se durmió, o que venía borracho, y listo, te fuiste de este mundo. Por suerte mi padre tuvo una larga vida, con paradas para reparaciones pero nada grave. A mi madre le pasó lo mismo, pero el suyo era un trabajo mucho más descansado.

Mientras tanto yo estaba en proceso de creación y me faltaba poco para ver la luz de la calle. Donde nací era un lugar enorme donde muchos de nosotros estábamos esperando nuestro destino. Que en algunos casos era el definitivo. En otros pasaba algún tiempo para que comenzaran a rodar por la vida. Son cosas que pasan y uno no puede evitarlas. Es como si alguien digitara nuestro destino final.

Como hijo de obreros del transporte tuve el honor de trabajar en un taxi. Uno de aquellos míticos Siam Di Tella que llenaron las calles de la ciudad de Buenos Aires. Era un trabajo de sol a sol. Pero estaba contento y orgulloso de servir para algo. Ahora, ya viejo, también sirvo para algo, pero no nos adelantemos al final de la historia.

Si habré recorrido calles adoquinadas, ¡cómo rebotábamos! Pero me divertía. Lo que no me divertía para nada eran las viejas vías del tranvía en los días de lluvia, más de una vez tuve una cortada que no pasó a mayores. ¡Lo resbaladizas que se podían esas vías con agua encima! Frenar ahí arriba era un acto suicida.

Frenadas. Muchas. Salvadas de accidentes. A miles. Pero siempre brindando un servicio al pasajero porteño. Día y noche. Con frío que calaba los huesos o calor que me ponía a punto de derretirme en ese asfalto caliente en un verano porteño. Casi como la suite tanguera de Astor Piazzolla. Eso era el Siam taxi, tango puro en ebullición.

Una vez nos tomó una parejita, la piba estaba a punto de dar a luz. Salimos de raje para la guardia de la Maternidad Alberto Peralta Ramos. Esa que queda en el barrio paquete de Recoleta, pero es pública y gratuita, al menos lo era en esa época. ¡Qué barrio bacán! Llegamos volando. Creo que nunca el Di Tella anduvo tan rápido. Parecía que salían chispas de los neumáticos. ¡Me lo van a decir a mí que estaba presente!

La piba, muy jovencita ella, se quejaba mucho. “¡Ya llegamos!”, le decía el marido, también un pibe que no tendría más de 20 años. Estaba aterrorizado que le pasara algo a su mujer. Por supuesto era su primer hijo y creo que recordarían toda la vida ese viaje de noche por Buenos Aires y atravesando los barrios a toda velocidad.

Hasta que en una avenida, creo que era cerca de Plaza Italia, una motocicleta de la policía nos comenzó a seguir haciendo aullar la sirena. Cuando el policía se puso a la par del taxi le hacía señas para que detuviera la marcha. Ahí fue cuando vio a la parejita a punto de dar a luz. “¿A dónde van?”, preguntó. “Al Peralta Ramos”, fue la respuesta de adentro del taxi. “Seguime que les abro paso”, y salió disparado delante del Siam. Ahí aumentamos más la velocidad y dimos la vuelta a Plaza Italia como un Turismo Mejorado de aquellos años de Grandes Premios por todo el país.

Lo que corrimos por la Avenida Las Heras. Los árboles del Jardín Botánico pasaban como figuras borrosas por la velocidad del taxi. Ni un semáforo en rojo nos detuvo, la motocicleta del policía nos abría paso. Llegando a la Penitenciaria, todavía estaba en la intersección de las Avenidas Las Heras y Coronel Díaz. Se nos sumaron dos motocicletas más y un patrullero nos seguía de cerca. ¡Toda una escolta camino a un nacimiento!

La curva de Sánchez de Bustamante fue apoteótica para el Di Tella, hasta la gente en la calle aplaudía, muchos con algunos gramos más de alcohol dada la alta hora de la madrugada. Semejante escolta despertó la curiosidad de los vecinos del barrio que comenzaron a ver a dónde íbamos.

Faltaba poco. Justo en la esquina de la calle Austria con la Avenida Las Heras estaba la guardia de la maternidad. Parece que los de la guardia estaban alertados de nuestra llegada porque nos esperaban en la vereda. La frenada del Di Tella se hizo oír en toda la cuadra.

Enseguida entraron los enfermeros con la parejita directo a tener ese bebé que antes de nacer ya corrió su primera carrera. La verdad que no se si fuimos los tíos del algún corredor futuro, pero bien podría serlo. Estacionamos un rato y le agradecimos al policía de la motocicleta su trabajo para llegar a la maternidad. “Es mi trabajo servir a los ciudadanos”, dijo. Hoy nos parece cosa del pasado cuando la policía estaba para cuidarnos.

Una vez repuestos averiguamos cómo habían sido las cosas con el parto. Salió el muchachito para agradecernos y pagarnos el viaje. “Está todo pago. Lo importante que la criatura esté bien”. Así fue, era un varón de 3,400 kilos, sano y fuerte. Pensé si alguna vez ese chico tendría algo que ver con los autos. Tal vez si, pero la verdad no lo sé.

Trabajé algunos años con el taxi hasta que me llegó el momento de jubilarme. Ya no podía trabajar más. Cosas del desgaste y el progreso. Pero no me quejo. Bien vale la vida haber ayudado a traer un pibe a este mundo. Y no fue el único. No señor. Ese fue el primero. Para los otros ya estábamos mucho más cancheros.

Ahora tengo un lugar tranquilo donde vivir. Aunque los fines de semana se pone ruidoso, pero no me quejo. Es como revivir mis días de gloria con el taxi. Al menos estoy cerca de otros autos que ruedan en un circuito. Un circuito no muy grande de kartings. Se llena de pibes, porque hay una escuela que les enseña a manejarlos.

Que mejor lugar para un viejo neumático cómo yo, que ya no puede ser recapado. Terminé con medio cuerpo en la tierra a modo de muro de contención para que los chicos no se salgan con los kartings. Tengo ruido de motores, veo a los autitos correr por la pista y recuerdo los días que estuve en las ruedas del querido Siam Di Tella. Más no puedo pedir y es como no morir nunca y seguir ligados a los autos que tanto me necesitaron.

Hasta de vez en vez alguno de los pibes se sienta encima de mí y es como volver a tener pasajeros que llevar algún sitio. Pero ahora no puedo porque estoy medio enterrado y viejo. Pero sigo sirviendo para algo. Eso ya es mucho para mí, un viejo neumático con muy poco dibujo, pero con una vida encima para recordar siempre.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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