domingo, 23 de noviembre de 2014

La Ranita verde

Mi relación con el Citroën 3 CV es muy larga. Todo comenzó cuando era muy joven y lo pude comprar como mi primer automóvil. Tuve suerte y lo adquirí cero kilómetro. Fue un esfuerzo que me llevó dos años de ahorros y privaciones. Pero era el feliz propietario de un 3 CV de color verde. Un verde rana. Ese color le dio nombre a mi auto: La Ranita. Porque llamarlo Rana me pareció demasiado. Aunque la publicidad de la época decía que era “El auto Rana” o algo parecido, ya no lo recuerdo con exactitud.

 

Fueron muchos años al volante de La Ranita. Siempre nos llevamos muy bien, porque es un auto noble, pero con sus limitaciones. Es lógico, no le podía, ni le puedo, pedir que tenga la potencia de un V8. Y digo puedo porque La Ranita sigue a un lado del garaje de casa, el que tuve que ampliar cuando me compré un auto más moderno. Claro que no es lo mismo. Hay mucho más plástico y menos amor. Diría que de amor casi no hay nada. Se parece más a una licuadora que a un auto.

Pero por mi trabajo tuve que cambiarlo. Los tiempos cambian y los tiempos se acortan. Con La Ranita me era difícil ir de un lado a otro. Reconozco que La Ranita está bien para salir un domingo, solo o con la familia, pero para todos los días se hace un poco cuesta arriba. Cuando subía a la autopista lo demás me pasaban como si estuviera parado en el semáforo, pese a que iba a 80 kilómetros por hora.

Ahí fue cuando decidí pasar a cuarteles de invierno a La Ranita. Pero jamás podría venderlo. Que lo hagan mis herederos cuando muera. Lo que no saben que he dejado un testamento con una cláusula que impide su venta y debe quedar en la familia y pasar de generación en generación hasta que no exista más combustible para alimentarlo. Pero eso no lo veré, ya seré historia.

Los autos clásicos siempre tienen historias para contarnos y eso es lo que voy hacer ahora. Les presenté a La Ranita y tengo algo para contarles que les parecerá increíble, pero me sucedió. Y no fue allá en el confín de los tiempos, sino que es una historia contemporánea. Algo que pasó no hace tanto tiempo y de la cual no quiero acordarme. Pero creo que si la comparto con todos ustedes me ayudará a olvidarla. En especial a La Ranita.

La Ranita es el protagonista exclusivo de esta historia. Un día mi nuevo auto, ese que duerme al lado de La Ranita, de un brillante color rojo con su pintura teflonada y no se que más porquerías tecnológicas, no quiso arrancar. Se empacó tanto que la llave de contacto solo hacia “clic-clic”.

Después de putear a toda la industria automotriz del mundo y acordarme de las multinacionales que fabrican autos descartables, miré para la izquierda y ahí estaba mi fiel Ranita con su hermoso color verde. Parecía que uno de sus faros me guiñó como diciéndome: “¡Papá acá estoy!”.

Entré nuevamente a casa para dejar las llaves electrónicas de mi flamante auto rojo teflonado, que ahora se había convertido en un hermoso, y caro, muy caro, pisapapeles. Colgué las llaves en el portallaves entelado en jean, que me regaló un amigo artesano para mi cumpleaños número 50, y descolgué las llaves de La Ranita.

Estaba resuelto, el día de trabajo lo haría con mi fiel 3 CV. Total no eran tantos clientes a visitar y algunos estaban alejados de las vías rápidas y autopistas. Así que nos tomaríamos todo el tiempo necesario con La Ranita para hacer el trabajo de ese día viernes. Además era como adelantar el fin de semana largo que se avizoraba, esa modalidad tan habitual de los feriados turísticos. Los sábados no eran días laborables para mi trabajo de hacia más de diez años.

Como siempre La Ranita arrancó enseguida. Esperamos un ratito a que tomara temperatura su noble motor. Abrí el portón del garaje y salimos a trabajar, o mejor dicho a la aventura. Nada de lo que pasaría ese día sería para olvidar. A veces tengo sueños con lo que pasó, pero nada tan grave como para ir al psicólogo.

Saqué La Ranita del garaje y se lució a la brillante luz del sol. El día estaba hermoso, como decía Luis Elías Sojit “un día peronista”. Pero ni yo, ni La Ranita éramos peronistas, pero la frase quedó en el acerbo popular. Cómo una frase dicha por un relator de carreras de automovilismo, las célebres competencias de las queridas cupecitas del TC (Turismo Carretera), caló hondo en el espíritu de los argentinos.

Cerré el portón y subí a La Ranita. Había comenzado mi día de trabajo. Desde hacía muchos años que no iba a la oficina al arrancar la jornada de trabajo. Los clientes a visitar me los mandaban por mail, cosas de la modernidad, o por mensaje de texto al celular. Aunque dos o tres veces por semana pasaba por la oficina por diferentes trámites. Todo un alivio en no verle la cara de culo al jefe todos los días. Igual me lo tenía que bancar desde el celular.

Pero claro no era lo mismo. El día estaba tan lindo que ameritó que corriera la capota de La Ranita. Hasta era un día para cantar con el coro de los pajaritos. Era uno de esos días que uno paga de buena gana por vivir. El ánimo estaba perfecto y así partimos de casa con La Ranita. Lo que no sabíamos ninguno de los dos era lo que nos sucedería en el transcurso del día, ni lo que tardaríamos en llegar de vuelta a casa.

Los primeros clientes salieron de taquito. Hasta hubo uno que cuando vio La Ranita estacionada en la puerta se quedó hablando conmigo un buen rato de los autos viejos y clásicos. Tanto era el entusiasmo de ese hombre que lo llevé a dar una vuelta a la manzana con La Ranita. El hombre había aprendido a manejar en uno igual salvo que era de color amarillo patito. Cuando se bajó el hombre lagrimeaba. Quedamos que cuando se realice un encuentro de autos lo pasaré a buscar. Un verdadero fanático de los clásicos argentinos.

Al mediodía paramos almorzar en una estación de servicio en medio de la ruta. Porque los clientes que seguían a la tarde eran los más alejados y los que necesitaba más tiempo para visitar. Como era viernes si me pasaba un poco de mi horario de trabajo no me importaba tanto, al otro día no había que madrugar.

Comimos los dos. Yo una milanesa con ensalada mixta y La Ranita llenó su tanque, que estaba a la mitad, porque no estaba lleno cuando lo había dejado parado. No quería cargarle mucha nafta porque ahora hasta eso se vence si no la usas en un tiempo prudencial. Cosas de la modernidad y las naftas ecológicas. Ambas comidas estuvieron perfectas. Ya había parado más de una vez en el barcito de esa estación de servicio. Para mí sigue siendo barcito aunque el cartel tenga un nombre en inglés. Luego del consabido cafecito arrancamos en la segunda etapa del recorrido.

Ahora vendría lo mejor, o lo peor, de la historia que les estoy contando. Los dos primeros clientes los hicimos rápido. Nos costaron un poco más los dos restantes por lo alejado que quedaban, pero igual terminamos de hacer esos clientes que completaban nuestro recorrido de ese viernes soleado.

El último cliente quedaba en un lugar apartado de la ruta, sobre asfalto, pero bastante lejos. El hombre muy gentil hasta me convidó con unos mates, ya eran más de las cinco de la tarde. Volver a casa me demandaría unas dos horas y medias. Pero la jornada estaba completada y el jefe, el martes, no tendría nada para decir, pese a que mi auto nuevo no funcionó.

Volviendo por la ruta divisé a los lejos un auto parado en la banquina. En esa ruta desolada no pasaban muchos autos y menos a esa hora a la caída de la tarde. A medida que me acercaba con La Ranita veía que el auto parado tenía el capot levantado. Era evidente que algo le había pasado. Seguíamos con la velocidad de crucero que manteníamos con La Ranita.

Lentamente el auto se fue agrandando tanto como su dueña. O al menos eso pensé que era en un principio. La dueña tenía un tamaño no fácil de olvidar, ni de pasar inadvertido para nuestros ojos. En pocas palabras, era más fácil saltarla que rodearla. Era una gorda inmensa. Por un momento pensé cuánto sufrirían los amortiguadores del desdichado auto tirado a la vera del camino.

No terminaba de acertar con la marca del auto. ¿No les pasa que los nuevos automóviles parecen fabricados por la misma empresa para todo el mundo? No logré determinar la marca, ni el modelo, hasta que estuve a metros y vi el logo en la tapa del baúl: Renault. Ahora el modelo se los debo. Mientras en mi cabeza repasaba, Logan, Symbol, Sandero o que sé yo.

“¿Qué hago, paro o me hago el boludo y sigo de largo?”, pensaba en mi cabeza mientras me acercaba a la gorda y el Renault. Que bueno hubiera sido hacerme el boludo y seguir de largo. Pero algo de caballerosidad que tengo en el cuerpo me hizo que detuviera la marcha de La Ranita.

Ahí comenzaron mis males en ese día espléndido. Paré al lado de la gorda que estaba metida dentro del vano motor buscando el problema, como si lo pudiera arreglar en medio de una ruta desolada. Hoy eso no se puede si la falla es eléctrica, y eso parecía ser lo que le pasaba al Renault de modelo desconocido para mí.

“No sé de repente se paró y no quiso arrancar más”, me dijo la gorda cuando le pregunté que le pasaba. “Llamaste al auxilio”, le dije tuteándola porque era una mujer joven de no más de 30 años. “Si pero no me contestan”, me respondió. Algo dentro mío me dijo “seguí”, pero el don de gente me hizo decirle que la podía llevara hasta una estación de servicio, que sabía que estaba más adelante.

Esa estación de servicio era donde habíamos almorzado y sabía que tenían una grúa. Una vez la había necesitado para mi flamante auto rojo teflonado. Lo mismo que la gorda una falla eléctrica y tirado al lado de una ruta sin nadie alrededor que te pueda salvar del problema.

Cuando la gorda subió a La Ranita, y no fue una tarea sencilla, el auto se quejó como nunca lo había oído. Creo que La Ranita se dio cuenta que la gorda era un montón de problemas como su volumen corpóreo. “Me acomodé”, dijo la gorda y yo me sentía apretado contra la puerta de mi lado. Todavía no entiendo como cerró la puerta del acompañante. Creo que La Ranita es un auto flexible sino no se entiende como entró la gorda.

No solo le quedaba chico de sisa el 3 CV, le tiraba de todos los lados. Casi como la ropa que tenía puesta que parecía de varias talles menores a los que les correspondían a su inmenso cuerpo. Por suerte no bajé a la banquina sino la tarea de sacarla de ese lugar hubiera sido titánica con la gorda dentro de La Ranita.

“No vas a cerrar el capot”, fue mi estúpida pregunta. “No, el auto es alquilado”, me contestó la gorda. “Humm”, hay gato encerrado, o gorda aprisionada, pensé. Mientras trataba de poner en limpio mi mente con la gorda de acompañante noté que la dirección de La Ranita tiraba como el demonio para el lado derecho, el lado de la gorda.

Todo el tiempo tenía que hacer fuerza para que el auto no mordiera la banquina. En esa tarea estaba cuando comienzo a ver que, delante, en la ruta hay un corte. “Parece que hubo un accidente”, dije. La gorda desde que se había sentado al lado mío no había proferido palabra. Tampoco ahora dijo nada. De reojo noté que estaba algo tensa por ese corte sobre la ruta.

Eran dos patrulleros, esos que son camionetas doble tracción y que tienen las puertas delanteras blindadas. “Esto no es un accidente”, pensé pero no le dije nada a la gorda que tenía la vista clavada en los dos patrulleros. “La gorda tiene algo con la cana”, pensé y en ese instante sentí algo duro en las costillas del lado de la gorda. “Esta gorda se me viene encima”, pero no era eso sino que me estaba apuntado con una nueve milímetros, igual a la que portan los policías de Buenos Aires. “Cagamos”, atiné a pensar. “Me afana”, pero no era eso, era mucho peor.

“No pares. Seguí de largo”, me gritó la gorda en mi oído derecho. “Estas loca. Con este auto no podemos correr”, dije tratando de preservar La Ranita y mi integridad física. Volvió con lo mismo mientras nos íbamos acercando al piquete policial. En eso algo dentro de mi cabeza hizo clic. Un camino transversal de tierra era la salvación para eludir el piquete policial. Al menos era una vía de escape transitoria.

Si la gorda era una prófuga de la justicia y los policías del corte eran astutos imaginarían que estaba arriba del 3 CV. Bastaba ver al auto de frente para darse cuenta que una persona pasada de peso, muy pasada, estaba sentada del lado del acompañante.

Pero el ingenio policial es escaso y gracias al peso de mi compañera de ruta doblamos sin problemas por el camino de tierra. “¿Qué haces boludo?”, profirió la gorda demostrando un fina educación carcelaria. “Evito el piquete policial”, le respondí. “¿Y adónde lleva este camino?”, inquirió la gorda. La verdad que no tenía idea, pero como soy muy bueno contando historias le dije que estaba bajo control.

Un amigo me dice que la mitad de las cosas que cuento no son verdad y la otra mitad es difícil de creer. Lo cierto que la gorda se tragó, al menos no demostró su duda, que el camino de tierra nos llevaría al pueblo más cercano. Una vez mi padre me había contado que uno de estos caminos salía a la otra ruta que venía desde el sur de la provincia, pero nunca había hecho la prueba.

El camino estaba bastante poceado y gracias a la suspensión de La Ranita la cosa no pasaba a mayores. Pero la gorda se movía como una coctelera. Su masa corpórea se bamboleaba de aquí para allá con un movimiento de carnes que parecía un mar embravecido.

La gorda se empezó a impacientar cuando avanzábamos y no se veía pueblo alguno. “Ya vamos a llegar”, le dije. Por dentro rogaba que la policía nos estuviera esperando en el otro lado del camino de tierra, pero eso no pasó. Seguimos sacudiéndolos al son de los pozos del camino y aspirando el polvo por la falta de semanas sin lluvia. En la última curva cerrada del camino polvoriento, para mi sorpresa, apareció el consabido pueblo perdido.

Lo mejor de todo era que en unos metros más comenzaba lo que parecía ser un asfalto o mejorado. Como si estuviéramos llegando al final del pueblo. Así fue, era el pueblo y los caseríos pobres. Los límites de ese pueblito que hablaba mi viejo y yo trataba de recordar en vano su nombre. Lo que recordaba que tenía el apellido de un militar de la conquista del desierto, o de la masacre de los indios como decía un amigo historiador.

Subimos al asfalto y la gorda exclamó “¡el pueblo que dijiste que había al final del camino!”. “Como te dije todo está bajo control”. Ni yo me creía lo que estaba diciendo, pero lo decía con tanta convicción, como político en campaña, que sonaba muy creíble y confiable.

Lo cierto es que estaba atento a no toparnos con otro patrullero, imaginaba que la gorda era peligrosa en extremo y por ahora la tenía convencida. En la próxima esquina había una estación de servicio. No lo dudé y me metí en ella. “¿Qué haces?”, me preguntó la gorda. “¿Qué se hace en una estación de servicio?”, le respondí desafiante. Quería que la gorda creyera que no le tenía miedo, aunque estuviera armada con una Browning y me apuntara todo el camino de tierra. “Guardá la pistola, sino querés llamar la atención del playero”, le ordené. La gorda me miró sorprendida y me hizo caso.

Creo que la gorda estaba acostumbrada a ser matona con todo el mundo y un tipo, desarmado, que la enfrentaba la desconcertaba. Con eso estaba jugando, con el desconcierto de la gorda. Paramos frente al surtidor en espera del playero. Salió de la oficina con paso cansino y se dirigió hacia nosotros.

A esta altura la gorda no sabía que no necesitaba cargar nafta. El tanque estaba casi lleno. Recuerden que lo había llenado al mediodía y La Ranita no era precisamente gastadora. Me puse tapando el surtidor para que la gorda no viera los litros que iban a entrar. “¿Cuánto le carga?”, preguntó el muchacho de la estación servicio. “Lleno”, dije fuerte para que la gorda escuchara. Por lo bajo le dije al muchacho que entrarían menos de diez litros. Siete litros y medio y se rebalsó el tanque. Pagué y me subí a La Ranita.

Lo arranqué y lo llevé hasta el estacionamiento al lado del mini mercado de la estación de servicio. “¿Y ahora qué?”, me disparó la gorda. “Tengo que ir al baño le dije”, lo cual era cierto ya me estaba meando desde hacia rato. Pero además no tener la presencia de la gorda me daba tiempo para pensar.

Pero lo inesperado, e insólito, estaba por venir. “Yo también tengo que ir al baño, pero no me puedo mover del asiento”, dijo para mi sorpresa la gorda. “Estoy atascada dentro de este maldito auto”. Eso me enojó mucho. Me podrán apuntar con una pistola, pegarme, insultarme, pero no meterse con mi Ranita. Eso no lo tolero y menos que digan que es un maldito auto.

“¿Cómo que no te podes mover?”, le pregunté. “Si, me di cuenta que con el traqueteo del camino de tierra me encajé en el asiento de esta porquería”. Y seguía con los insultos. Para mis adentros pensaba que el asiento del acompañante había fenecido a manos del culo de la gorda.

“Bueno voy al baño y vemos que puedo hacer”, le dije para ganar tiempo. Me fui al baño y mientras descargaba litros de orina pensaba cómo hacer para deshacerme de la pesada gorda. Al salir del baño que estaba dentro del mini mercado y que hacía las veces de barcito, los vi. Eran dos policías de la provincia tomando un par de cafés.

Me les acerco relojeando que la gorda no me vea. Pero La Ranita estaba en la otra punta del estacionamiento y los policías estaba en la parte opuesta, que daba al otro lado de la playa de la estación de servicio, donde estaba estacionado el patrullero. No lo habíamos visto porque estaba en la parte de atrás del lugar.

“Buenas tardes”, les dije a los canas que me miraron como pidiendo explicaciones de mi gentileza. “Tengo un problema”. “Uno solo”, me dijo el cana más viejo como riéndose. Sin preámbulos, y en voz baja, les conté lo que me había pasado con la gorda. Los ojos de los policías se pusieron como dos huevos fritos.

“¿Y está acá?”, preguntó el más joven echando mano a la pistola reglamentaria, similar a la que la gorda me apuntó todo el camino. “Si está en mi auto en la playa de estacionamiento del otro lado”, les respondí. “Vamos por ella”, dijo el más viejo. Los calmé diciendo que tenía la situación bajo control. La cara de los canas fue mortal. El asombro se pintó en sus rostros. Cómo un estúpido civil les decía semejante cosa.

Ante su asombro les conté que la gorda estaba encajada en La Ranita sin poder salir ni ir a mear. Los dos canas se empezaron a reír. “¿Dónde está el chiste?”, les dije que estaba armada en mi querido auto. “La Gorda Olga tiene un arma sin balas”, me dijo el más viejo. Ahí me enteré que la gorda se llamaba Olga y que se había fugado de la cárcel de mujeres de Ezeiza hacia dos días.

Los había tenido locos a todos buscándola por toda la provincia de Buenos Aires y resultaba que estaba a muy pocos kilómetros de donde se había fugado. El arma no tenía balas porque ese era su modus operandi. Nunca había cometido un asalto con el arma cargada.

A esta altura se había convertido en algo personal entre la Gorda Olga y yo. Nadie se mete con mi Ranita, la insulta, fondea la suspensión y encima destroza con su enorme culo uno de los asientos. Les dije a los canas que la iba a sacar a patadas del auto si era necesario.

Los policías intentaron detenerme pero yo ya iba a la carrera para putear a la Gorda Olga. Y lo hice ni bien llegué al auto, pero esta vez de su lado. La gorda me miraba sin entender que la puteaba de arriba abajo recordando todo su árbol genealógico. “Tengo un arma”, amenazó. “Si descargada como siempre lo haces en tus robos”, le dije y la gorda puso los dos ojos como el dos de oro.

“¿Cómo lo sabes?”, preguntó. A veces reconozco que tengo ingenio e improvisación deben ser los años de visitar clientes difíciles. “Lo vi en el televisor del bar cuando fui al baño”, le disparé. La gorda se desorientó. “Además hace dos días que te fugaste de la cárcel de Ezeiza y en el camino te robaste el Renault”, le mandé. Acerté el Renault se lo había robado a un pobre remisero que se asustó del arma, como me pasó a mí. Lo que la gorda no había tenido en cuenta era que el remisero iba a cargar gas y nunca llegó a hacerlo.

“No puedo salir de este maldito auto”, me contestó la gorda. “Te voy a sacar aunque sea a patadas para que dejes de insultar a mi Ranita”, le respondí ofuscado. La Gorda Olga se comenzó a reír de tal forma que La Ranita parecía que era el Samba del Italpark. Abrí la puerta y comencé a forcejear con la gorda que seguía en una carcajada imparable.

Sacamos a la gorda en su ataque de risa entre los dos policías, que ya me habían alcanzado, el playero y yo. La tarea no fue fácil. Hasta en un momento el playero dijo porque no la untábamos en aceite usado para que saliera más rápido. Lo cierto que cuando la Gorda Olga pisó la playa de estacionamiento La Ranita se quejó nuevamente, pero esta vez sonó a alivio de sobrepeso.

Esposada en el piso la gorda se seguía riendo de mi auto. Yo estaba furioso, quería cagarlas a patadas cuando me acordé que la gorda necesitaba mear. Les dije a los policías y estos pidieron la ayuda de personal femenino para que la acompañaran esposada al baño. Ya no vi más a la Gorda Olga. En realidad si la vi más tarde en la tele cuando narraron de cómo la había detenido un hombre que conducía un Citroën 3 CV de color verde.

El asiento aguantó el peso de la Gorda Olga. La verdad que pensé que tendría que llevarlo al tapicero, pero no hubo necesidad de hacerlo. Luego que los policías tomaran todos mis datos me dejaron regresar a casa. Para eso ya era de noche y la estación de servicio estaba repleta de medios periodísticos de todos lados. La Gorda Olga era muy famosa por sus robos con la pistola descargada.

Tuve que responderle a algunos canales y luego me negué diciendo que el día había sido muy largo, como este relato, y debía volver a casa. Debíamos volver a casa La Ranita y yo. En el camino de regreso reflexioné de cómo un auto clásico y un viejo a punto de jubilarse habían atrapado a una famosa ladrona gorda, muy gorda. Lo que Olga no tuvo en cuenta fue que se metió con La Ranita y está lo le perdonó la vida. Fue su cárcel móvil sin proponérselo.

Por unos instantes La Ranita tuvo sus quince minutos de fama. Por suerte no regresé al trabajo hasta el martes, por lo del fin de semana largo. Así que los ánimos se habían calmado por lo de la Gorda Olga. Ahora mis vecinitos quieren que los lleve a dar una vuelta en La Ranita y les cuente la historia de cómo atrapamos a la Gorda Olga. Para nosotros es un placer y la envidia de mi auto nuevo rojo teflonado, que se queda estacionado en el garaje de casa.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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