domingo, 14 de septiembre de 2014

La urna verde

María sabía que ese nuevo día no sería nada fácil. Mientras desayunaba pensaba que tendría que encontrarse con sus primos, esos tarados. Pero había que respetar la última voluntad del tío Juan. Se lo había prometido en el hospital cuando lo cuidó en su larga agonía. Así que no le quedaba otra opción que ver a sus primos, Susana y Pedro.



María se encaminó hacia el estacionamiento donde la esperaba el Valiant IV azul que fuera del tío Juan y que ella había heredado porque sus primos no estaban a la altura del auto, según palabras de su tío. “El Valiant te lo dejo a vos porque los tarados de tus primos lo van a cagar vendiendo. Vos en cambio lo vas a cuidar”, sentenció el tío desde la cama del hospital.

Le firmó todos los papeles para que María fuera la propietaria del querido Valiant IV antes de morir y de esa forma alejar la mínima posibilidad de que Susana y Pedro estuviera cerca de ser sus dueños. María había viajado con su tío Juan en ese auto cuando era una niña, al igual que sus primos, pero ella disfrutaba mucho más de las inmensidades de ese auto.

Las siestas que durmió en su asiento trasero o las veces que el tío Juan le llevó su bicicleta en el baúl cuando viajaban al campo formaban parte de esos dulces recuerdos de la infancia. Era un disfrute ese Valiant con el que había rendido su examen de manejo. El tío Juan le enseñó a manejar con el Valiant y a estacionarlo, toda una proeza para la diminuta María.

Ya dentro del Valiant fue girar la llave de encendido y oír el ronroneo del motor. Nunca fallaba, siempre arrancaba con la misma suavidad desde cuando el tío Juan lo compró en 1968. Pasaron más de 45 años y el auto siempre respondía como cuando salió de fábrica. Eso le daba mucha tranquilidad a María.

Unos instantes para templar el motor y María salió despacio del estacionamiento con rumbo hacia el cementerio. Allí se encontraría con los tarados de sus primos. La cita, con ellos, era en el crematorio, otras de las voluntades del tío Juan. Donde el Valiant era otro de los protagonistas de esa mañana.

María llegó con tiempo al crematorio. Susana y Pedro llegarían tarde como siempre. Eran unos latosos, que siempre tenían una excusa a mano para justificar sus acciones. María se acercó a la recepción para anunciarse. Allí le dijeron que estaban retrasados y que tendría que esperar al menos unos veinte minutos. “Zafaron mis primos”, pensó María, que por supuesto no habían llegado aún.

A los quince minutos aparecieron Susana y Pedro con las excusas de siempre, pero María los abarajó con la novedad que los del crematorio estaban retrasados. Diez minutos de espera en la sala y un empleado les anuncia que en un instante más les alcanzarán la urna con las cenizas del tío Juan. El tío en su última voluntad les había dicho que quería que lo cremaran y que sus cenizas las tiraran en el río Tigre, donde él iba a pescar. La condición era que fueran los tres primos con las cenizas a bordo del Valiant IV, por eso era que también le había dejado el auto a María. Sabía muy bien que era la única responsable para cumplir con la tarea.

El empleado del crematorio les acercó una urna verde con las cenizas del tío Juan. “¿Verde?”, pensó para sus adentros María, pero nada le dijo a los tarados de sus primos, que no vieron nada anormal en una urna verde. María tomó en sus manos la urna, porque no confiaba en sus primos que la siguieron detrás en busca del Valiant que aguardaba en la playa de estacionamiento del crematorio.

María se ubicó al volante, como era lógico, Susana en el asiento delantero y Pedro se acomodó solo atrás. La urna verde con las cenizas del tío Juan iría adelante en entremedio de María y Susana. Nuevamente el ronroneo del motor y el Valiant que sale del cementerio en busca del río Tigre. Por suerte para los primos era un día de semana, esa mañana, y por lo tanto el tránsito no sería tan complicado como lo es en un fin de semana en la zona de Tigre.

En menos de una hora de viaje estaban llegando a Tigre. Enfilaron hacia ese recodo del río donde el tío Juan iba a pescar. María muchas veces había ido a pescar con su tío, así que conocía muy bien el lugar. Lugar que era tranquilo todavía pese a todo el desarrollo edilicio que había sufrido el lugar. Además era media mañana y los lugareños estaban abocados a sus tareas cotidianas.

María les preguntó a sus primos si dirían algunas palabras de despedida. Sus primos dudaron, como siempre. María entonces solo se le ocurrió decir “hasta siempre tío”, mientras daba vuelta la urna con las cenizas de Juan, que lentamente el agua se llevaba río abajo. En eso estaban los tres, un poco acongojados por la pérdida de ese tío piola, cuando suena el celular de María.

“Sí, soy yo. ¿Cómo? Sí, la tengo. Ahora volvemos. Más o menos en una hora”, dijo María al interlocutor del otro lado del celular. Mientras hablaba dio vuelta la urna verde y para su sorpresa vio escrita la palabra “Teo” con marcador negro en la base. Para cuando sonó su celular estaba pensando seriamente en quedarse con la urna verde, que estaba muy linda. Incluso pensaba decírselo a sus primos, que seguramente no estarían interesados en quedársela.

“¿Quién era?”, preguntó Susana. “Del cementerio”, dijo María. “Tenemos que volver. Se equivocaron y nos dieron una urna que no tenía las cenizas del tío Juan, sino las de un gato. Que creo se llamaba Teo, por lo escrito en la urna”. El estupor en las caras de sus primos que no podían creer que habían tirado las cenizas de un gato al río. Encima toda la ceremonia había sido al pedo. “Pero no tenemos las cenizas”, atinó a decir Pedro en un rapto de sentido común.

“Me abataté y les dije que todavía teníamos las cenizas”, le respondió María. “¿Y ahora que hacemos?”, acotó Susana. Lo que hicieron fue “crear” nuevas cenizas para completar la urna verde. Un poco de arena de la costa del río, algo de cemento de una obra en construcción y las cenizas de una parrilla, de las tantas que hay a la vera del río Tigre, fueron las que se encargaron de rellenar la urna de verde de Teo.

En una hora estaban, los tres primos, de vuelta en el crematorio. Una empleada se deshizo en disculpas y les comentó que había sido un error de un nuevo empleado que les entregó la urna verde. Pero los restos del tío Juan no estarían hasta dentro de dos días. Había mucho retraso con las cremaciones. “Pero yo pedí el día en mi trabajo. No voy a poder volver en dos días”, le manifestó María a la empleada acongojada por la situación irregular. “Yo puedo venir”, dijo Pedro inesperadamente para María. “Bueno si venís vos después vemos cuando llevamos las cenizas al río”, le dijo María a su primo.

Pedro volvió a buscar la urna con las cenizas del tío Juan, a los dos días. Ahora la urna era de color marrón, más acorde con las cenizas de un humano. Pero los del crematorio lo interrogaron y Pedro confesó que las cenizas del gato Teo las había arrojado al río. Había sospechas que las cenizas de la urna verde no eran las de Teo.

La que confirmó las sospechas fue la dueña de Teo, la jueza en lo Civil y Comercial del Juzgado de San Martín, la doctora Vidal y Obes. “Estas no son las cenizas de Teo”, dijo la jueza al abrir la urna cuando los empleados del crematorio le confesaron el error en la equivocada entrega. Más tarde se enteraría del destino final de las cenizas de Teo. Ante esto la jueza dijo en un sollozo, “con lo que odiaba el agua el pobre Teo”. Que paradoja de la vida un gato arrojado al agua en su última morada. La jueza Vial y Obes les inició un juicio por adulteración de cenizas al crematorio, que todavía dura.

María tiene en una repisa, de su departamento, las cenizas del tío Juan en una urna marrón. Se las acercó su primo Pedro. Tanto Susana como Pedro no quisieron saber nada de tirar las cenizas del tío Juan en el río Tigre. Los tarados, según María, quedaron choqueados por toda la situación de las cenizas del gato. “¿Pero y la última voluntad del tío?, le preguntó María a su primo. “Hacelo vos sola”, dijo Pedro. Susana era de la misma opinión desligándose, ambos, de toda la responsabilidad de cumplir con la última voluntad del tío Juan. María pensó que ya tendrían tiempo de rendirle cuentas al tío Juan, pero ese no era su problema.

“Esta bien. Lo voy hacer sola”, pensó María. Mientras miraba esa mañana las cenizas en la urna marrón se dijo que el próximo fin de semana largo se llevaría al tío Juan, o lo que quedaba de él, en el Valiant a otro lugar. Un lugar que el tío Juan amó profundamente y del cual siempre hablaba. Ese lugar era el que había elegido para vivir cuando se jubilara, pero la vida le había jugado una mala pasada y no lo pudo concretar.

Ese lugar era Reta, el balneario bonaerense, casi perdido en la costa del Mar Argentino. María, el tío Juan y el Valiant marcharían hacia el mar en el próximo fin de semana largo, eso sería dentro de dos semanas. El tío Juan tendría un mejor destino final: el inmenso mar azul, como el color del Valiant.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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