domingo, 31 de agosto de 2014

Música en el 105

Venía por la calle Gascón rumbo a la Avenida Díaz Vélez en busca del colectivo 105. Antes había pasado por una clienta que me dio la seña por el alquiler de un buzón para su casamiento y en el camino, en una dietética, otra clienta se interesó por uno de mis buzones alcancías entelados. Pero mi objetivo era tomar el colectivo 105.



Al llegar a la esquina de Díaz Vélez veo pasar un 105. Una puteada por lo bajo, como un rezo pagano, pensando cuánto tiempo tardará en venir el próximo colectivo. La parada ahí a un tiro de piedra. Cruzo la avenida con la lejana esperanza que un colectivo llegue pronto.

En la parada algunas personas esperando los demás colectivos que detienen su marcha en el lugar. Un hombre de gamulán y pelo negro con rulos está ahí junto con su guitarra. Algo mal entrazado, pero quien soy para juzgar las ropas del hombre. Cerca una mujer con el pelo teñido de rubio. El hombre que dice “un 105”. En el anterior 105 no subieron por que no quisieron o porque el chófer les negó el permiso. Eso nunca lo sabré.

Antes de cruzar la avenida había notado la presencia del hombre del gamulán y la de mujer teñida de rubio. Lo que no sabía era que subirían detrás mio al 105 que me llevaría hasta la calle Uriburu. El hombre le pide permiso al chófer para tocar la guitarra. Guitarra que conoció mejores épocas ya que se la ve un poco descolada y reparada torpemente con cinta transparente de embalar. Pese a todo no sonaba tan mal.

Como era de prever el dueto, hombre y mujer, eran los encargados de ponerle un poco de música al interior del 105. Me senté en el asiento del fondo, ese que ahora para salir de los extremos hay que pedirle permiso al compañero de banco de al lado. ¿No sean preguntado quién cuernos diseñó los nuevos colectivos con pasillos estrechos y desniveles en el piso?

Al estar sentado en esa posición tuve una vista privilegiada de la actuación del hombre del gamulán y la rubia teñida, que supimos, todos los pasajeros del 105, se llamaba Ester y se encargaría de los coros y la percusión. El hombre del gamulán cantaba blues y se acompañaba con su desvencijada guitarra emparchada.

Una voz que no había forjado tomando leche y comiendo vainillas. El alcohol, el cigarrillo y otras yerbas habían dejado su huella en las cuerdas vocales en el hombre del gamulán. No era desentonado, pero tampoco una maravilla, al menos el tipo tenía algo de carisma y con el blues inicial logró enganchar a algunos pasajeros.

Ester, la coreuta, tampoco tenía una cristalina voz. Algo parecido al hombre del gamulán había pasado en sus delicadas cuerdas vocales. Ya íbamos en marcha, rumbo al barrio de Congreso, con un blues como compañía en las voces de ellos dos en el medio del colectivo, justo frente a la puerta del medio. La única trasera que tenía ese 105 que había tomado en la parada de Gascón.

En el medio del blues Ester saca un frasco de vidrio a medio llenar de arroz con el que comenzó a hacer percusión para acompañar al hombre del gamulán. Una idea cruzó por mi cabeza como un rayo y con la nitidez de un día de verano: si no logran recaudar lo suficiente con la gorra se terminarán comiendo ese arroz con manteca a la noche. Esa imagen me duró mientras el blues nos acompañaba en el viaje del 105. Y cierta emoción corrió por mi cuerpo de tan solo pensar en la cena de los dos en pequeño departamento oscuro de contrafrente.

Aplausos por el tema terminado. Las gracias del hombre del gamulán y el anuncio que tocaría una balada a modo de despedida. “Vamos a la paz”, anunció. Inmediatamente vino a mi cabeza la versión que hacía Papo. Como alguien que amaba los autos murió andando en motocicleta y ahora escuchaba un tema que él cantaba arriba del 105 rumbo al barrio de Congreso.

La balada animó a otros pasajeros que seguían con sus cabezas el ritmo. Finalizado el tema, el tipo del gamulán, saluda y se despide, mientras Ester pasa la gorra de lana multicolor por los asientos del colectivo. Algunos ponen algunas monedas otros no se han apartado de los auriculares de sus respectivos celulares que los comunican con vaya a saber que mundo virtual. Pero creen que están comunicados con el mundo y no escuchan a un dúo de músicos callejeros arriba de un colectivo. Parte de la comunicación de este siglo que nos toca vivir.

Una sonrisa de Ester a los pasajeros que colaboraron alejando la posibilidad de comer el arroz en la cena. El tipo del gamulán saluda y desea una feliz semana. Se despide de todos y agradece al chófer por dejarlo subir y ambos bajan. Para ese momento el 105 ya circula por la calle Bartolomé Mitre buscando la estación Once.

En mi cabeza sigue dándome vueltas este relato que acabo de escribirles. Esa pareja de perdedores, o al menos, eso aparentan. Tal vez no lo sean y solo son apariencias, que saben que engañan mucho. Lo cierto que al bajarse, los dos, me quedó un sabor agridulce pensando si lograría juntar la plata para no cenarse el arroz de la percusión. La pregunta era qué harían sonar al otro día arriba de otro colectivo en esa ciudad llamada Buenos Aires. Un monstruo que todo lo traga, como la vida de muchos de sus habitantes, que a veces son músicos callejeros o pasajeros del 105.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.