domingo, 10 de agosto de 2014

El elástico del 400

Mi padre compró un Chevrolet 400 usado hace unos 30 años. No recuerdo que modelo era exactamente, pero tal vez era de 1967 o 1968. Un domingo a la noche nos pasó algo que merece ser contado en estas historias con autos, que cada tanto aparecen en Archivo de autos, el sitio de los autos viejos que supimos conseguir.



Nací y me crié en el barrio porteño de Recoleta, pero eso no impedía que todos los fines de semanas lo pasáramos, en familia, en San Miguel, en el Gran Buenos Aires, donde vivo a la hora de escribir estas líneas.

La casa de mi abuela paterna era el lugar que nos cobijaba esos fines de semana fuera de la ciudad de Buenos Aires. Salvo algún raro acontecimiento los sábados y domingos era miguelinos. Ni la lluvia o el frío impedían que no pasáramos esos dos días en la casa de mi abuela Adelina.

Así que para mí los domingos eran raros en Buenos Aires. Para mí, desde chico, el barrio de Recoleta lo conocía de lunes a sábado. Como era extraña la vida durante la semana en San Miguel. Todos los negocios los veía cerrado, porque cuando era chico pocos comercios abrían sus puertas un domingo, salvo las panaderías y las casas de pastas.

Casi siempre tuvimos algún vehículo para trasladarnos de Recoleta a San Miguel, aunque hubo años que viajamos en colectivo, en especial en mis primeros años de la adolescencia. Era tomar el colectivo 108 hasta la esquina de Avenida Corrientes y Dorrego para subirnos al colectivo 176 que nos depositaba en San Miguel, a dos cuadras de la casa de mi abuela.

Pero en las épocas que mi viejo tenía auto la cosa era mucho más cómoda. Como aquella vez que había comprado el Chevrolet 400 de segunda mano. Como dije salíamos de Recoleta el sábado, a la tarde, después del almuerzo, ya que mi madre era la cocinera de la casa donde vivíamos y mi padre el chofer del patrón que era un abogado.

Llegábamos a la tardecita a la casa de mi abuela justo para la hora del mate. Al otro día, el domingo, partíamos por la tardecita, en los primeros años, cuando era mi chico. Pero con el correr de los años y el aumento del parque automotor comenzamos a volver a Recoleta luego de la cena. Era mejor para viajar porque el tránsito era menor y regresábamos más rápido que si lo hiciéramos a las 7 de la tarde.

Subimos todos al 400 con todos nuestros bártulos y emprendimos el regreso a casa y la semana laboral y estudiantil. Como siempre mi padre tomaba la vieja ruta 202, hoy ruta 23, para llegar a la Panamericana y de ahí hasta la Avenida General Paz para llegar a Recoleta por el bajo, Avenida Lugones, Avenida Sarmiento y Avenida del Libertador hasta llegar a casa, muy cerca de donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional.

Todo iba de maravillas hasta antes de subir a la Panamericana. Justo en ese momento el 400 hace un ruido y se inclina hacia la derecha en su parte trasera. “Qué se rompió”, dijo mi viejo mientras trataba de acercarse a la vereda y buscando un lugar para parar.

Paramos justo delante de la comisaría de Don Torcuato, esa que está a unas tres cuadras sobre la ruta 202. Qué puntería que se rompa la hoja Uniflex trasera derecha, porque eso fue lo que pasó, delante de las fuerzas del orden. Hacía poco que la democracia había retornado, pero algunas “cositas” seguían dándonos dudas, muchas dudas, y algunas todavía persisten pese a que han pasado más de 30 años.

Bajamos con mi viejo para ver cómo solucionar el problema. Un grueso taco cuadrado, que por suerte, mi viejo tenía en el baúl fue la solución para levantar la cola del 400 y hacer de elástico rudimentario. En eso volvieron algunos canas a la comisaría haciéndose los graciosos con las Itakas. Uno a otro se la revoleó delante del auto estacionado en la puerta del destacamento policial.

Esa acción no la vimos con mi viejo abocados a solucionar el problema. Pero si la observaron mi madre, mi tía abuela y mi hermana que se habían quedado dentro del 400. Una vez “arreglada” la suspensión proseguimos la marcha a paso muy lento dado que el elástico estaba roto y las irregularidades del camino se hacían sentir en todo su esplendor.

Así subimos a la Panamericana a paso lento y por el carril de la derecha. A la altura de Bancalari el taco de madera se corrió de su posición y otra vez el auto se cayó de cola del lado derecho. A la banquina y nuevamente a buscar la solución. Un poco más de alambre de fardo y el taco de madera quedó mejor asegurado, tanto que aguantó el viaje hasta Recoleta.

Pero ahí no terminan la historia. En el ínterin nos vimos rodeados de policías bonaerenses. Cuál era el motivo. Seguro que nada tenía que ver con la rotura del Uniflex. Claro que no. Nuestro Chevrolet 400 azul era muy parecido a uno que tenía orden de captura por un ilícito, vieron como hablan los policías cuando están de servicio.
Cuando rodearon el auto y comprobaron que era una familia en plan de regreso a casa un domingo a la noche, casi ya en la madrugada del lunes, nos dejaron tranquilos y encima mi viejo, un poco caliente, les contó que nos habíamos quedados parados frente a la comisaría de Don Torcuato y nadie nos había dicho nada.

La bronca por la rotura del elástico pasó, por un momento, a un segundo plano por el susto del despliegue policial. Por suerte para todos nosotros no pasó a mayores, solo fue una leve confusión. La rotura del elástico tal vez fue nuestro salvoconducto. Imaginen que hubiera pasado si el auto seguía circulando por la Panamericana a su velocidad normal sin ningún inconveniente.

Tal vez este relato incluiría algún impacto de bala, por aquello de disparo primero y pregunto después, o algo peor. Pero el destino o la vida o vaya a saber qué no quiso que nada de eso pasara y hoy les puedo contar una anécdota tragicómica en los inicios de una democracia que comenzaba a gatear.

Todo este recuerdo lo disparó mi padre unos domingos atrás cuando, en un almuerzo familiar, se acordó que se había roto la hoja de elástico de ese Chevrolet 400 y porque estábamos hablando de los viejos autos y los nuevos que nos ha traído este siglo XXI.

No solo los viejos autos que supimos conseguir eran parte de la familia, hasta algunos tenían nombre o apodo, sino que nos han dejado anécdotas que contar a nuestros hijos, sobrinos, nietos o seguidores de un sitio como Archivo de autos. ¿Qué nos dejarán los modernos y computarizados autos del siglo XXI?

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.