miércoles, 24 de abril de 2013

La Esso de abajo


Un relato que nos narra las vivencias al lado de una estación de servicio Esso en el barrio de Recoleta en la ciudad de Buenos Aires. Anécdotas ocurridas a lo largo de 28 años de convivencia vecinal en una esquina porteña.

Foto de la Esso de Avenida Las Heras y Galileo tomada desde la ventana del 7º piso, donde vivi 28 años.


Me crié arriba y al lado de una estación de servicio Esso en la esquina de Avenida Las Heras y Galileo en pleno barrio de Recoleta en la ciudad de Buenos Aires. Fueron 28 años de mi vida arriba de una Esso. Esto sucede porque el edificio donde vivía en la esquina de Galileo y Copérnico lindaba con la Esso. El edificio hace una “U” y rodeaba la estación de servicio.

Varió mucho el edificio a lo largo de los años. Desde no tener techo y ver desde el séptimo piso, donde vivía, entrar y salir los autos hasta que la techaron a mediados de los años ’70. Allí vi por primera vez en su techo de losa poner algo que hoy es habitual y por aquellos años era de tecnología alemana de avanzada: la membrana de aluminio y brea. Así vi como la colocaron y tuve el gusto de conocer un recubrimiento para techo totalmente nuevo.

Pero también tuvimos el disgusto de comprobar cómo esa nueva membrana de aluminio irradiaba el sol en el verano. Tanto que era casi imposible asomarse a las ventanas, amén de soportar el calor producido por esos rayos solares irradiados hacia nuestro edificio. Comprobé que la membrana de aluminio aplicada al techo de la Esso cumplía realmente su función.

Desde chico supe cuando había llegado el camión cisterna para reponer la nafta en los tanques subterráneos de la Esso. El olor al gas de la nafta invadía todo el edificio donde vivía. Sin asomarte a la ventana ya sabías que el camión con acoplado, en aquellos años no se usaban como ahora los semirremolques, había comenzado a vaciar su tanque.

Me he pasado horas mirando el movimiento de la Esso, en especial en el invierno y con la ventana cerrada. Contabilizar autos de las diferentes marcas era el pasatiempo de un chico de departamento. Muchos años, la Esso, tuvo un surtidor de gasoil en la vereda, sobre la Avenida Las Heras. Durante muchos años en la ciudad de Buenos Aires había surtidores de gasoil y nafta sobre las veredas en distintas partes. Cerca de mi casa había otro en la Plaza Mitre ubicada en la Avenida Pueyrredón y Avenida Las Heras.

Cada tanto tenía suerte y un colectivo paraba, con sus pasajeros abordo, a cargar gasoil, durante su recorrido habitual. Más de 10 líneas de colectivos pasan por la Avenida Las Heras, así que alguno paraba a reabastecerse. Por entonces las terminales del auto transporte no tenían surtidores en todas sus cabeceras.

El silencio de la noche nos traía los sonidos desde la Esso de abajo. La estación de servicio tenía gomería así que en la noche los ruidos subían hasta nuestros oídos. En especial en el verano cuando la ventana del dormitorio estaba abierta, para mitigar el calor. Los diálogos se asomaban al marco de la ventana para irrumpir nuestro sueño nocturno. Más de una vez mi padre les reproduzco el diálogo nocturno, al otro día, cuando veía a los empleados de la Esso.

Esos empleados, playeros algunos, tenían ciertos comportamientos no muy santos. Cerca de la Esso estaba el concesionario Laprida de la marca Fiat. Los autos 0 kilómetro solían venir a cargar combustible una vez que abandonaban la agencia. Así era como a muchos Fiat 600 les robaron sus ruedas de auxilio. Como los conductores no se bajaban del auto y pedían que les llenaran el tanque, que estaba en el baúl, el playero, aprovechaba y mientras les cargaba nafta les robaban la rueda de auxilio. La dejaban tirada debajo del auto en el piso de la estación de servicio.

La Esso tenía dos socios que se robaban mutuamente y el ejemplo cunde. Así que los empleados les robaban a los clientes. Lo hacían en el engrase de los autos al no cambiarles los filtros o no engrasar los alemites. También robaba nafta con un bidón, ya que los conductores no se bajaban del auto. Hasta que a uno le cargaron tan poca nafta que el tipo hizo dos o tres cuadras y se quedó sin nafta.

Esa Esso fue, en algún momento, la estación de servicio que más dinero le dejaba a la empresa estadounidense en todo el país. Eso era por su ubicación y porque muchos clientes eran ricos y famosos. Tan famosos como un joven Alberto Olmedo o una jovencísima Susana Gímenez, que tenía un humilde Fiat 600. Los muchachos de la Esso le pedían que se acercara a la fosa, mientras le atendían la Bolita, para verla desde abajo con sus cortas minifaldas.

La techaron a mediados de los ’70. Allí perdí un mirador envidiable. Ya no podía observar el movimiento de los autos al entrar o salir. Pero ya tenía otras inquietudes que suplieron las horas de ver qué pasaba en la Esso de abajo.

Hubo una época, durante el tercer gobierno de Juan Domingo Perón, que la Esso pasó a ser YPF cuando nacionalizaron todas las bocas de expendio de combustible. Era raro ver allá abajo el cartel de la petrolera estatal en cambio del consabido óvalo blanco con círculo azul y letras rojas. Cosas de la política y los cambios de rumbos de la economía de un país.

Cuando se produjo el terremoto de Caucete en la provincia de San Juan, este afectó notoriamente a la ciudad de Buenos Aires. Tanto fue así que el portero del edificio, Arturo, estaba barriendo la vereda vio como se movía el camión cisterna con acoplado, que justo estaba descargando combustible. Arturo pensaba que era él que se sentía mal, porque estaba un poco descompuesto, pero el fuerte terremoto mecía para adelante y para atrás al camión con su acoplado.

Algunos recuerdos de vivir 28 años arriba de una Esso. La nafta fue parte de mi vida. Tal vez como combustible para ahora contarles cosas sobre los viejos autos que supimos conseguir.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos