miércoles, 13 de junio de 2012

El Siam y la dictadura

La siguiente historia es real aunque parezca inverosímil, sobretodo si hablamos de la última dictadura cívico-militar que vivimos los argentinos a partir de 1976. Acá no hablaré de un bando o del otro, sino que contaré un hecho que nos sucedió a mi familia y a mí a bordo de un viejo Siam Di Tella.


Un viejo Siam Di Tella a través de un extracto de una publicidad de 1963.


Me crié en el barrio de Recoleta de la ciudad de Buenos Aires, cuando todavía no era autónoma. Los fines de semana lo pasábamos, con mi familia, en la casa de mis abuelos paternos en San Miguel, lugar donde vivo en la actualidad.

Sería el año 1976 o 1977, principios de la dictadura cívico-militar y mi padre había comprado un Siam Di Tella color azul ceniza, con el que llevaba a Don Moyano a sus tareas de pedicuro.

Para ir o venir a la casa de mis abuelos pasábamos por el costado de la guarnición militar de Campo de Mayo. Lo hacíamos por la vieja Ruta 202. Bordeando el campo y la Escuela Sargento Cabral.

El sábado hacíamos el recorrido, desde Recoleta, por la tarde y los domingos volvíamos de San Miguel por la noche, generalmente después de cenar.

Emprendimos el regreso, como cada domingo, y cruzamos la vieja Ruta 8, donde comenzamos a bordear las instalaciones militares de Campo de Mayo.

Las luces del Siam comenzaron a fallar. Primero el tablero se quedó sin luz y luego los faros externos se murieron. “Falló la batería” dijo mi padre que iba al volante.

Seguimos normalmente. Por aquellos años no había tanto tránsito y menos a esa hora de noche y por ese lugar. Hasta la primera curva de la Ruta 202 todo iba bien. En la segunda curva, donde comienza el campo, empezaron los problemas.

El Siam acusó la falta de energía de la batería. Nos llevó un corto trecho y se apagó. No tuvo más electricidad. No había fallado la batería, el dínamo había dejado de brindarnos su útil servicio en un horario nocturno.

No era el mejor lugar del planeta para quedarse varado. Durante la última dictadura salía una patrulla de soldados, a bordo, de una Ford F-100 a controlar el perímetro de Campo de Mayo.

Varias veces vimos como los vidrios de las casetas de vigilancia instaladas a lo largo del predio estaban destrozados un domingo, cuando el día anterior estaban intactos.

Mi padre estacionó a un costado el Siam y me encomendó la misión de ir por ayuda a San Miguel. Por suerte el colectivo 203 circulaba normalmente durante la noche. Tomé uno con el fin de llegar hasta la casa de Don Moyano. Mi tarea consistía en ir a buscar a Jorge, el hijo menor, para que nos llevara de regreso a Recoleta.

Mi tarea la cumplí a la perfección y regresé con los refuerzos, como el chico lindo de las películas americanas. Pero, hubo una parte de la historia que no la viví en carne propia.

Al rato de irme apareció la consabida patrulla de soldados en la F-100. Se bajaron todos y rodearon al Siam con mi familia dentro. El oficial a cargo, imagino que sería un sargento, preguntó a mi padre que pasaba. Mi viejo le contó lo sucedido.

La respuesta fue “acá no puede quedarse”. También le explicó a este perro de caza que yo había ido a buscar un auxilio. “Tiene una linterna” le dijo el sargento a mi viejo. Acá mi padre se desconcertó. Una patrulla de soldados nocturna, que hacía el control perimetral de una guarnición militar, no tenía una mísera linterna entre su equipo de combate.

Mi viejo le dijo “qué usted no tiene”. “No” fue la lacónica respuesta del sargento. Mi padre le prestó su linterna. La linterna la necesitaba para ver dentro del interior del Siam. Porque el auto estaba eléctricamente muerto. Cuando el sargento ilumina, como si un militar de aquellos años podía echar luz sobre algo, descubre a mi vieja, mi tía abuela y mi hermanita en el asiento trasero.

“Ah, pero está con su familia” le dice el sargento a mi viejo. “Si, con quien quiere que esté” le respondió mi padre que imagino que no estaría de buen humor dada la situación relatada hasta el momento.

“Bueno nos vamos” le dice el sargento. “Cuanto antes, váyase de acá” fue su última orden antes de subirse a la patrulla con todos sus soldados y perderse en la noche de Campo de Mayo.

Más tarde llegaríamos Jorge Moyano y yo con el auto que nos llevaría de regreso a casa. La historia me la contaron después que llegamos a Recoleta, todavía estaban en un estado de shock como para poder narrar lo sucedido.

La historia es tragicómica, pero fue cierta. Parece un cuento salido del algún escritor latinoamericano afecto al realismo mágico. Pero no, fue así, ocurrió en Argentina y en Campo de Mayo en la noche más larga que nos tocó vivir a los argentinos.

Mauricio Uldane