domingo, 11 de marzo de 2012

El Ford A 1929


Curiosa historia. Yo estacionaba mi falquiton a la vuelta de mi casa. Vivíamos en un departamento antiguo, amplio, tipo casa, sobre Riobamba, en la misma manzana del hotel Bauen. El garaje está sobre Sarmiento. Muchos años entrando y saliendo. Siempre vi una masa oscura en un rincón lejano de la planta baja. Un día le pregunté al encargado, me alcanzó una linterna y me dijo... vaya y vea. 
Vi. Asombrado. Un Ford A 1929, lleno de esa pelusa grasienta que vuela en los garajes y que protege de la corrosión a cualquier chapa. El tapizado, incluido el techo, estaba destruido. Lo demás, muy bien. Ojo de buen cubero, me di cuenta rápidamente que ese auto no había sido reciclado ni reparado, ni repintado... Todavía conservaba su pintura original, incluso los filetes naranja que un tipito, en la Ford, le pintaba a mano, perfectos, a pincelito.

Ford A 1929 descansando en San Marcos Sierras.


El encargado me cuenta... Estamos en el 2000, ¿no?, bueno, hace 17 años, en 1983, entró un viejito con el auto, lo estacionó ahí, se llevó el ticket y en la puta vida mas apareció... Vinieron algunos coleccionistas a querer comprármelo, pero yo no tengo ningún papel de ese auto.

Rápido de reflejos, Pesoa dice... te doy mil mangos y me lo llevo. El tipo puso cara de contento y me dijo que le sacaba un plomo de encima. Pensé, en tres años puedo reclamar posesión veinteañal.

Sorpresa gigante, luego de tantos años, le echamos aire a las cubiertas, estas se lo bancaron sin desinflarse y lo sacamos empujando con mi amigo Ignacio. Camioncito del ACA y al taller de San Fernando. Allí, con Ignacio, mago de la mecánica, el motor arrancó y ¡¡¡"andó"!!! Yo no lo podía creer... tantos años parado ahí, al primer manijazo... tas, tas, tas, tas,... impresionante. 

Estuvo en el taller como seis años. Siempre esperando la promesa incumplida de empezar a arreglarlo. Cuando me vine a vivir a San Marcos Sierras, en el 2004, pensaba en traerlo. Lo hizo un tiempo después Marcelo De Gatica. Lo puso sobre un trailer y lo trajo a 120 kilómetros por hora. Jamás imaginó el forcito que iba a andar a semejante velocidad.

Ahora está aquí. Todavía sigue esperando. Ya le va a llegar la hora. No quiero dejarlo como nuevo, como hacen los coleccionistas. No. Quiero que se quede auto viejo, reparado, andando, con su techo, sus puertas bien, todo bien, pero sin tocar ni chapa ni pintura... eso, auto viejo andando.

Lo miro y me pregunto, cómo puede ser que la chapa no esté picada. Leí por ahí que el viejo Ford, después de la primera guerra, se fue a Europa y compró todos los cascos de los buques hechos pelota por los bombardeos. Los desguazó, dejó las cáscaras, hizo una especie de trencito, ató proas con popas y cruzó el mar. Cientos de cascos. Laminó y tuvo acero naval para construir años de autos. No era ningún boludo. Acero naval. Bueno, bonito y barato. Por eso esa resistencia.

Le encargué a un amigo abogado que buceara en la historia del forcito. Nadie lo reclamaba. No tenía pedido de captura. Yo estaba decidido a que, si aparecía algún pariente, nieto o le que fuera, que lo reclamaba, yo lo devolvía sin chistar. Me imaginaba a mi mismo, enterándome que había un auto de mi abuelo en alguna parte, saliendo a buscarlo con desesperación... Después de todo, este forcito podía tener alguien que lo quiera más que yo. 

Ubicamos a los viejos dueños, dos hermanos, de Baradero, uno nacido en 1898 y el otro por ahí. Ambos muertos. Sin rastros de descendencia.

Los del Club del Ford A, pasan paseando una vez al año y se babean un rato cuando lo ven... ahí también hay ojos de buen cubero. Se enojan conmigo porque no empiezo a arreglarlo.

Se están acumulando los repuestos y los recambios. Mi amigo Edgar Sosa, cada vez que viaja a EEUU trae manijitas, tapas de nafta o de radiador, mangueras... Ya le llegará la hora. O a mí. Quién sabe. 

Quique Pesoa


Nota del editor: A Quique Pesoa lo escucho desde 1989 cuando tenía un programa de radio en la FM Inovidable. Luego seguí su derrotero por diferentes radios porteñas. A distintos horarios y frecuencias, siempre trataba de escucharlo. En sus dichos más que un oyente soy un perseguidor, un perro de sulky. Tan así fue que para sus cumpleaños le regalaba las artesanías enteladas que hago. La máxima locura fue una radio capilla en tamaño real, llamada Radiela. Hace poco tiempo le mandé un mail contándole sobre Archivo de autos y le gusto el sitio, por eso me mandó esta historia sobre su Ford A. Hoy le cedo la palabra y la firma en los relatos de autos.