jueves, 12 de enero de 2012

Desventuras en una casa rodante

Durante el verano de 1976 realicé mi primer viaje en casa rodante. Algo totalmente nuevo para mi familia y para mí. Mi padre aceptó el ofrecimiento de mi Tío Alberto, que le prestó una casa rodante que había construido.

Para fabricar la casa rodante me pidió prestada una que tenía en la colección de autitos Machtbox. En esa colección había una casa rodante a escala que tenía un balcón en la parte posterior. Mi Tío Alberto se inspiró en ese modelo a escala para armar su casa rodante.

Mi tío había armado varias casas rodantes que usó y vendió. Para hacer algo diferente le quiso poner un balcón, también en la parte posterior de la casa. La diferencia con la casa rodante Machtbox era que no tenía doble eje, de lo contrario debería pagar patente y la que la puerta de acceso se encontraba en el balcón. Con lo cual la casa rodante tenía la puerta mirando para atrás y en el balcón.

Por aquellos años mi papá tenía a su cargo un Chevrolet 1938 color verde botella que un amigo le había prestado. Ese amigo había aprendido a manejar con ese auto y además era de su padre. Para que el Chivo ’38 no se arrumbara en el garaje, se lo prestó a mi papá, para que lo usara y lo cuidara.

La fotografía fue tomada sobre el puente del actual Acceso Oeste y la ruta 197,
actual ruta 24 en la provincia de Buenos Aires, el 3 de julio de 1971.


Por supuesto que nunca se enteró que mi viejo lo usó para tirar la casa rodante con balcón hasta Mar de Ajó. Tampoco se enteró de las desventuras que vivimos en esa casa rodante durante ese verano antes que empezara la última dictadura del país. Un soplo de aire fresco antes de la noche más larga que nos tocó vivir.

Mis vacaciones arrancaron con los preparativos previos al viaje a la costa a bordo del Chevrolet ’38 y la casa rodante de mi Tío Alberto. Hubo que llenar de agua el tanque, que había sido de nafta y ahora cumplía la función de brindarnos el vital elemento para el desarrollo de nuestras vacaciones en la playa.

Fuimos a llenar de agua el tanque a lo de un amigo de mi papá, Don Moyano, que tenía un pozo de agua semisurgente en su casa de San Miguel. No faltará ocasión para escribir de Don Tomás Moyano, un personaje que merecen conocer los lectores de este blog.

Los días previos a la partida hacia las vacaciones en la playa, pusimos en orden la casa rodante y le cargamos los alimentos y la ropa que íbamos a necesitar. En principio mis padres habían decidido pasar unos quince días del mes de enero en Mar de Ajó.

Hacia aquel destino partimos mi papá, mi mamá, mi tía abuela, mi hermanita y yo. Mi Tío Alberto le recomendó a mi viejo que no viajara por la ruta 11, por donde siempre íbamos a la Costa Atlántica. Tenía miedo que la casa rodante quedara en mal estado. No sabía, ni se imaginaba lo que nos sucedería en ese mes de enero de 1976.

El viaje no reportó mayores novedades de ser contadas, sobretodo porque mi viejo solía viajar de noche y la ruta 2 no tenía el tránsito tan pesado a esas horas. Además se encargó de no hace coincidir nuestro viaje con los benditos cambios de quincena, que tanto dolores de cabeza traen a los automovilistas.

Nuestra primera noche en Mar de Ajó fue en un terreno baldío en las afueras del pueblo, a donde habíamos pedido permiso para pernoctar. Con mi papá nos encargamos de colocarle las patas a la casa rodante para poder hacer noche como corresponde. Ahí comienzan nuestras desventuras con nuestras vacaciones en la playa.

Unas hormigas coloradas tomaron por asalto la casa rodante instalándose en cuando alimento encontraron a su paso. Su lugar predilecto, el azúcar. Mi madre tuvo que comprar un insecticida en aerosol que lograra sofocar esta invasión que habíamos sufrido, en nuestra primera parada en Mar de Ajó.

La siguiente decisión fue bajar a la playa para seguir nuestras vacaciones frente al mar, en primer plano. Mar de Ajó tiene la particularidad que uno puede bajar los autos a la playa y recorrer varios kilómetros hacia el sur, camino al faro de Punta Médanos.

Elegimos un lugar no muy lejano de la entrada y ubicamos la casa rodante y el Chevrolet 1938 entre dos plantas de tamarisco, en lo que casi parecía una calle natural. Dos médanos suaves coronados con sendas plantas de tamarisco y en medio el Chivo ’38 y al lado la casa rodante. Fue la segunda mala elección de las vacaciones. Las hormigas coloradas todavía resistían los embates de mi madre y su aerosol insecticida.

Llega el fin de semana y como es habitual aparecen turistas por doquier. La playa se pone de bote a bote, sobretodo si el tiempo es bueno y hace calor. Al lado nuestro se instaló otra casa rodante, pero esta de doble eje y arrastrada por una camioneta Ford F-100 un lujo de aquellos para esos años.

El sábado por la tarde se comienza a poner el cielo como sobaco de liebre, como decía el Tío Pedro. Un dicho popular en el campo que no entendí hasta que le vi el sobaco a una liebre: es azul oscuro. Así comenzó a ponerse el cielo hacia el oeste en Mar de Ajó. Incluso tenía una franja blanca que lo cruzaba. Viento y lluvia, eso era lo que presagiaba.

Empieza a oscurecer el primer viento se hace sentir. Suave el principio pero persistente. Mi padre había ubicado la casa rodante con la lanza hacia el mar y el balcón mirando hacia los médanos. Es decir que el balcón daba hacia la calle natural de los médanos y mirando hacia el oeste.

La intensidad del viento comienza a aumentar y vuela de todo. Tapas de heladera de telgopor, papales, bolsas y todo material liviano es llevado por el viento hacia el mar. Ahí empieza nuestra segunda desventura.

El viento comienza a levantar la cola de la casa rodante, justamente donde estaba el balcón. Para todo esto el cielo se había puesto negro y había anochecido de golpe. Además las primeras gota de lluvia comenzaban a caer sobre la playa.

La intensidad del viento se agrava y mi padre decide que agarremos el balcón de la casa rodante, para sujetarla. El viento levanta la casa rodante unos cinco, diez centímetros de sus bases traseras de apoyo. Ya somos tres colgados del balcón trasero, mi padre, mi madre y yo. A mi izquierda mi padre, a mi derecha mi madre, todos teniendo la casa rodante con balcón que el viento enloquecido se quiere llevar al mar.

Fueron cinco minutos, tal vez diez, no más para nosotros fueron horas de tener agarrado algo prestado que se nos iba de las manos. Adentro de la casa rodante estaban mi tía abuela y en brazos  tenía a mi hermanita. Mientras en la hornalla de la cocina había una sartén con pescado fresco friéndose. La puerta se cerró y nosotros tres continuamos sosteniendo la casa rodante.

Dicen que cuando uno se encuentra en una situación de peligro con riesgo de muerte, la vida de uno pasa como una película acelerada. Yo tenía quince años, sentí esa experiencia. Mi cerebro evaluó que corría riesgo de muerte, tal vez fue cierto y no me di cuenta. No he vuelto a vivir algo semejante, si ocurre no podré seguir con estos relatos con los autos que supimos conseguir.

El viento cesó y la lluvia se hizo presente empapándonos por completo. Así que estábamos mojados y llenos de arena. El temporal amainó y la casa rodante con balcón no se fue adentro del mar. Tampoco ninguno de nosotros salió lastimado y yo tuve suerte que lo que me pegó en el cuello solo fue una tapa de heladera de telgopor.

Esa noche dormimos enarenados y con un buen susto. Al día siguiente tomamos noción que el vecino de la Ford F-100 no estaba. Había abandonado la casa rodante y se olvidó la puerta abierta, que daba al mar. El tipo se asustó y cargó a la familia en la F-100 y se fue al pueblo. Recién volvió el lunes por la mañana.

Al lado nuestro se había estacionado un Fiat 600 con dos parejas de jóvenes, que vinieron a pasar el fin de semana en la playa. Los cuatro nunca se enteraron de nuestra tarea titánica con la casa rodante y tampoco se percataron de la intensidad del viento. Pasaron la noche adentro de la Bolita cantando y tocando la guitarra. Realidades paralelas a solo tres metros de distancia.

A principio de la siguiente semana mi madre no quería saber nada de seguir en la playa, porque a las 48 horas el mar creció hasta los médanos, en una pleamar de aquellas. Si el viento sopla hacia el mar este te devuelve agua a los dos días. Es una ley física que se cumple a rajatabla. Nosotros la desconocíamos. Esto fue el acabose y salimos hacia el pueblo de Mar de Ajó, ni bien bajó el agua.

Otro descampado nos sirvió para hacer noche antes de regresar antes de lo previsto a San Miguel. Esa noche nos esperaban los murciélagos que habitaban el monte de álamos elegido para pernoctar. Se pasaron golpeando la casa rodante toda la noche, además de oír sus chillidos. Al amanecer partimos rumbo la vieja ruta 11 de tierra.

Mi padre no quería volver por la ruta 2 ya había tenido muchas emociones para viajar por allí. Enfilamos por esa ruta 11 y paramos a descansar y pasar la noche en el río Salado, donde había un destacamento de Prefectura Naval y una proveeduría donde compramos la cena.

Del lugar recuerdo unas galletas de campo, pero en miniatura que parecían bizcochos por lo crujientes. Uno las apretaba con la mano y se pulverizaban. Las galletitas provenían de una panadería de la localidad de Pipinas. Mi padre quiso saber si había algún atajo para no seguir por la ruta 11, que estaba bastante serruchada a causa de la lluvia. Le indicaron que sí tomaba un camino vecinal rural podría llegar hasta la entrada de Chascomús. Lo único que tendría que abrir y cerrar las tranqueras, para que los animales de los diferentes cuadros no se escaparan.

La noche pasó sin sobresaltos. Salvo que a mi viejo le dijeron que robaban de noche. Mi tía abuela no pudo pegar un ojo en toda la noche. Mi madre que desconocía la situación, por primer vez en esas vacaciones, durmió plácidamente toda la noche. Nada pasó. Tal vez quisieron asustar a mi viejo para que no se quedase acampado en el lugar.

Al otro día, temprano, partimos por el camino indicado. El encargado de abrir y cerrar las tranquera era yo. Subía y bajaba del auto. En uno de esos caminos nos pasamos de tranquera, porque el camino parecía seguir. En realidad era una calle sin salida. Hubo que retroceder con el Chivo ’38 y la casa rodante casi una cuadra. No fue fácil, ya que el camino estrecho no permitía girar en redondo.

Al tiempo de andar mi viejo siente que la rueda trasera derecha del Chevrolet ’38 se empieza a desbandar. Paramos y con su cuchillo de comer asados le rebanó el pedazo de banda despegado del neumático recapado. En eso aparece un gaucho a caballo con varios perros, el hombre buscaba un perro perdido. Le preguntamos si faltaba mucho para un almacén, que nos habían indicado, que estaba en una curva y de ahí salía el camino para Giribone. El pueblo en cuestión nos indicaría que estábamos en el camino correcto para llegar a Chascomús.

El gaucho nos dijo que “el almacén esta aycito nomás. Les faltan 9 leguas”. Para los conocedores sabrán la longitud de una legua. Yo naturalmente hice el cálculo, 45 kilómetros. Pensé “vamos a caminar toda la mañana hasta llegar a Giribone”. Así fue. Cruzamos la vía del ferrocarril Roca y allí como salido de una vieja postal estaba el pueblito de Giribone. Mi viejo paró el auto y la casa rodante para cambiar el neumático averiado. “Tomá el bidón y averiguá donde conseguir nafta”. Lo miré a mi viejo y pensé “acá estación de servicio no hay”. Le pregunte a un vecino y me mando al almacén de ramos generales que hacía esquina a una cuadra de donde estábamos estacionados.

Entré al almacén, que como corresponde, tenía despacho de bebidas por la otra puerta. Me acerque al mostrador y me atendió un viejo rengo con un carácter del demonio. “Necesito nafta”. “Sólo hay nafta especial y gasoil” me responde. “Está bien” le contesté. “Tiene el bidón” fue la respuesta. Se lo alcancé y me indicó que esperara. Desapareció detrás de una puerta. Un chico de 15 años criado en Recoleta no podía dar crédito a lo que veía. Apareció al rato con el bidón lleno. Tuve que confiar que me había despachado los cinco litros que le pedí. El almacén parecía sacado del siglo XIX y estábamos en 1976. Una vida totalmente diferente a los que había visto hasta ese momento. Esta demás decir que Giribone no tenía calles asfaltadas.

Cargamos la nafta. Comimos algo porque ya era el mediodía y emprendimos el último tramos del viaje hasta Chascomús. Anduvimos toda la tarde por ese camino de tierra hasta llegar al primer asfalto en mucho kilómetros. Tuve que bajar y preguntar si íbamos bien para Chascomús, una chica me dijo “sí, sigan derecho”.

Después de quince días veía el primer semáforo que me marcaba el regreso a la civilización que reconocía como cotidiana. Más tarde llegábamos a la mismísima entrada de la ciudad de Chascomús y la ruta 2, que mi viejo no había querido tomar en Dolores.

Fueron mis primeras vacaciones en casa rodante, más delante en el tiempo redoblaríamos la apuesta pasando el mes de enero en carpa en la playa de Mar de Ajó. Pero esa será otra historia con autos.


Mauricio Uldane