domingo, 4 de febrero de 2018

El último viaje

Lo recuerdo muy bien, eran las ocho y media de un jueves de enero. Del otro lado del teléfono estaba mi amiga de toda la vida, Amalia, “murió mamá”. “¿¡Qué!?”, solo atiné a decir. Mi amiga lloraba en el teléfono y me pedía ayuda. Por suerte estaba levantado y desayunado. Corrí las tres cuadras que separaban muestras casas.


En la puerta estaba Amalia desencajada en llanto. La abracé y ahí me contó que al tratar de despertarla la encontró muerta a su madre. “Mamita no debe haber muerto mucho tiempo antes. No estaba muy fría, ni rígida”, logró decirme entre sollozos.

Empezamos mal el día caluroso de enero, pensé para mis adentros. Pero mantuve la boca cerrada y la ayudé con los trámites que se vinieron. Muchos por cierto, desde llamar a PAMI hasta terminar discando el 911 con policía y SAME involucrados.

Un despliegue para que los vecinos tengan que hablar por un largo rato. En la cama estaba Doña Marta, la mamá de Amalia, en su sueño eterno. Había dejado de sufrir. Al menos era lo que pensaba en ese momento.

Doña Marta había sufrido un accidente de tránsito que le produjo la fractura en la cadera. Más de un mes de internación esperando una prótesis de PAMI, que nunca llegó. Para terminar con el problema Amalia puso de su bolsillo el dinero de la prótesis.

Sigue esperando cobrar algún dinero de la compañía de seguro del automovilista que la atropelló cuando, Doña Marta, cruzaba en la esquina con el semáforo a su favor. Ella era una mujer muy activa pese a tener más de 80 años. Venía de hacer los mandados ese jueves.

Y a las ocho y media de la mañana fue atropellada, casi dos meses antes que muriera. He dejado de creer en las casualidades desde hace décadas. Dos jueves siniestros si los hay… Pensar que mi amiga nació un día jueves.

La acompañé a Amalia todo ese día de dolor. Desde que vinieron los hermanos de Doña Marta a despedirse, hasta a atender los llamados de amigos y parientes. Pasando por una visita a la cochería para hacer todo el papelerío correspondiente.

Doña Marta siempre había dicho: “Cuando me muera no quiero velorio y me creman”. Amalia me lo recordó y le dije que tenía que cumplir el deseo de su madre en vida. Aunque parientes y amigos le dijeran lo contrario. “Si no lo hacés pesará en tu consciencia de por vida”, le dije a mi amiga.

Me miró con esos ojos verdes profundos y asintió con su cabeza. No tenía palabras en ese momento, solo llantos. Y era comprensible por todo el esfuerzo que le había puesto a la recuperación de su madre. Internación, operación y externación habían pasado en menos de sesenta días.

El resultado no había sido el más positivo y Doña Marta, tan activa y vital, no logró superar ese bache anímico. Sumado a una gran debilidad corporal. Los días en su casa no mejoraron la situación, sino todo lo contrario. Fue como un lento tobogán hacia el desenlace final.

Era como si Doña Marta hubiera elegido morirse. Claro que eso no se lo dije a Amalia en ese momento. No era el indicado. Simplemente estaba apuntalándola en esa dura situación para ella. Nos conocíamos del barrio de siempre.

“¿La vas a llevar a mamá en La Negra?”, me dijo de golpe con sus ojos verdes entrecerrados. En tomó de sorpresa. No porque no quisiera hacerlo, sino porque su mamá me había dicho “¿Por qué compraste esa porquería?”. Claro mi Ford Fairlane carroza fúnebre no invitaba a salir a dar una vuelta…

Tampoco la convencí de dar una vuelta cuando le conté la historia de Jimmy Smith y su carroza fúnebre. A Doña Marta le gustaba el jazz como a mí. Smith se había comprado una carroza fúnebre para llevar en las giras su órgano Hammond. Ni eso, logró torcerle el brazo. La música de Smith le gustaba mucho, pero no la idea de llevar un órgano en una carroza fúnebre.

Esta claro que jamás subió a La Negra y ahora su hija me pedía que la llevara en su último viaje. Atiné a decir un tímido “Si”. Que más podía decir. Ni siquiera Amalia había subido a La Negra. Decía que le daba miedo. Ahora iba a llevar en la parte de atrás el féretro de Doña Marta hasta el cementerio municipal para que la cremaran.

Los de la cochería no se opusieron a que nosotros trasladáramos el cuerpo de Doña Marta. Sí que la ambulancia de traslado iría adelante nuestro. Ellos tenían que hacer los trámites en la administración del cementerio. Todo eso fue al otro día, un viernes que se presentó frío y lluvioso.

Pasamos de un jueves tórrido de enero a un viernes casi otoñal. Así con una tenue llovizna, de a ratos, partimos desde la cochería. Se sumó al pequeño cortejo el hermano de Doña Marta que vivía cerca de la cochería. Llegamos al cementerio municipal y el día seguía gris, casi negro.

Salimos de hacer los trámites y comenzó a llover. La lluvia seguía cuando ingresamos al cementerio rumbo al crematorio. Metí a La Negra de culata para poder bajar el féretro y el cielo se abrió en una catarata de agua. Era como si desde alguna parte alguien estuviera llorando la muerte de Doña Marta.

“Yo creía que esto era un lugar común en las películas”, le dije a Amalia sentada a mi lado. “La vida real suele darnos sorpresas”, me dijo con una leve mueca en sus bellos labios. Y era cierto, en ese momento la realidad superaba a la ficción por varios cuerpos.

Tan fuerte era la lluvia que tuvimos que esperar un rato para poder bajar de La Negra y sacar el féretro de Doña Marta. Lo hicimos con la ayuda de la gente de la cochería y del hermano de Doña Marta.

Nos despedimos en la puerta del crematorio. El día gris y lluvioso era la escenografía perfecta para las lágrimas que todos los presentes dejamos correr. Doña Marta fue una segunda madre para mí. Tardes enteras en su casa jugando y comiendo.

“Nene andá a tu casa”, solía decirme cuando se había hartado de verme. Pero el amor que me brindaba era único. Me atendía como si fuera el hermano de Amalia su hija única. Por eso su partida se iba a sentir. La íbamos a extrañar, y mucho. Había dejado una marca en nuestros corazones y mentes muy difícil de borrar.

Luego de la despedida el encargado del crematorio nos dijo que podíamos pasar a retirar sus cenizas por la tarde. Recién iban a ser las once de la mañana de un destemplado viernes de enero. Nos despedimos del hermano de Doña Marta y llevé a Amalia a su casa.

Cuando la dejé en la puerta le dije: “A la tarde venimos a buscarte”. “¿Venimos?”, me respondió. “Sí, La Negra y yo”, le dije guiñándole un ojo. Me Hizo un gesto con los labios por mi ocurrencia y me tiro un beso con la mano.
A las cuatro de la tarde estábamos de regreso en el cementerio. Para variar lloviznaba. Hicimos los trámites en la administración y caminamos las casi dos cuadras hasta donde estaba el crematorio.

La tarde seguía siendo gris con algo de lluvia y nosotros estábamos en el cementerio. “Sigue siendo un lugar común de película”, le dije casi al oído a Amalia. Era la primera sonrisa que le veía desde que había comenzado todo esto. Me miró con dulzura y me dio un beso en la mejilla.

Nos entregaron la urna con las cenizas de Doña Marta. La llovizna seguía y nos acompañó hasta La Negra. “Ahora vamos a casa y te preparo unos mates con scons. Los hice yo”, me dijo mi amiga. “¡Como los hacía tu vieja!”, casi le grité. Afirmó con la cabeza. Al llegar a la casa de Amalia el sol se asomó…

En su casa tenía preparada una estantería con un florero donde descansaría Doña Marta hasta que decidiera qué hacer con sus cenizas. Mirando por la ventana de la cocina, que da al fondo de la casa, me dijo: “Creo que voy a enterrar las cenizas de mamá debajo del rosal. Era el lugar de la casa que más le gustaba”. Por supuesto era el mejor lugar para esa gran mujer que se había ido en su último viaje.


A la memoria de mi madre Rosa Giménez (4 de enero de 2018)

Mauricio Uldane

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