domingo, 19 de febrero de 2017

La Navidad pasada

Ahora que pasó un tiempo puedo contarles lo que me sucedió. Faltaban dos días para la Navidad. Ese 22 de diciembre, de un tórrido verano, no lo olvidaré jamás. Nunca pensé que me pasaría a mí.



Hacía calor, como siempre pasa en Buenos Aires y sus alrededores, en el mes de diciembre. Como siempre digo es mejor tomarse una sidra helada que comerse un turrón de Alicante. Pero nuestros ancestros inmigrantes trajeron sus tradiciones desde Europa. Algún día cambiará, algún día.

Venía tranquilamente con mi querido Renolito, así llamo a mi Renault 4 GTL, cuando veo una inmensa figura humana al lado de una Peugeot Partner. Me hacía señas en esa ruta secundaria que suelo tomar por tener muy poco tránsito.

El tipo era Papá Noel. Claro que era un tipo vestido como Papá Noel y me hacía desesperadamente señas con ambos brazos. Parecía más grande todavía. Desaceleré y me detuve frente a su magnitud humana.

“¡Gracias viejo! Se me quedó la camioneta y tengo que llegar al Hospital de Niños”, casi que gritó en la ventanilla del acompañante. “Bueno subí que te llevo”, le respondí algo resignado porque debía apartarme de mi recorrido. “Esperá que traigo los juguetes”, me dijo y se fue para la Partner.

¿Juguetes?, pensé para mis adentros. Pero fueron unos segundos para darme cuenta que Papá Noel llevaba una montaña de juguetes para los pibes internados en el hospital. Y literalmente tenía la Partner repleta con bolsas con juguetes. Pensé que era su trineo del siglo XXI…

Tanto que la Partner era de color rojo, igual que Renolito. Lo mismo que el traje de Papá Noel, gracias a una famosa gaseosa, sino sería de color verde, como lo fue en la antigüedad. Pero a quién le importa eso. Papá Noel es de color rojo y vivos blancos. Así estaba vestido el tipo de la Partner averiada.

“Todas esas bolsas no van a entrar”, le dije en un tono espantado. “Sí, si volcás el asiento trasero”, me dijo como si Renolito fuera de él. Tenía razón y volcamos el asiento. Cuando terminamos de cargar todas las bolsas no había lugar para nada más.

“¡Vamos que llegamos tarde!”, rugió mientras se acomodaba, cómo podía, en el asiento del acompañante. Renolito había descendido en varios centímetros en su altura. Ni qué decir con el peso de Papá Noel. Era como tener a Moby Dick sentada al lado mío.

Tanto que la dirección de Renolito buscaba incesantemente la banquina de la ruta. Esto me va a costar una alineación pensaba mientras el tipo no paraba de hablar. Me contaba que se le había quedado la camioneta, “¡justo hoy que tengo que llevarles los juguetes a los pibes del hospital!”.

“Y encima me están esperando”, terminó por decir. Ahí comprendí que había ilusión en esos chicos internados y que estaban ansiosos esperando los juguetes que les llevaría él. Me decidí definitivamente a darle una mano y llegar tarde a mi destino. Eso podía esperar, los chicos no.

No paraba de hablar y gesticular adentro de Renolito. Era un personaje total ese tipo disfrazado. Ya estaba un poco crecidito para creer en este personaje de leyenda. Pero lo tenía sentado al lado mío y hablando sin parar.

El Hospital de Niños quedaba un tanto lejos de dónde se había quedado con la Partner, así que el viaje nos demandaría casi una hora de viaje. En eso que ya se había calmado un poco sonó su celular. “¡Cómo! ¡Qué te pasó! ¡La puta madre!”, gritó. “Veo cómo me arreglo, pero es otra cagada más en esta tarde de mierda con un calor de la reputísima madre que lo parió”, se descargó con su interlocutor del celular.

Que no eran buenas noticias ya lo tenía claro. Que serían peores, no lo sabía. Pero siempre algo puede empeorar cuando sale mal y eso que no me considero una persona negativa. Cuando pasa parece que todas las ondas negativas del planeta se alinean en una persona. Ese 22 de diciembre le había tocado a Papá Noel.

Por lo que me había contado desde la mañana de ese día era una sumatoria de problemas. Tenía el talonario completo de infortunios para ese momento y todo recaía en él. Aunque ahora se había topado con Renolito y conmigo para compartir, al parecer, sus ondas negativas que le llegaban desde alguna parte. Lo único que esperaba que no fueran del Polo Norte. Lo único que me faltaba era toparme con un oso polar…

“Mi amigo que iba hacer de duende ayudante se quebró la pata. El boludo se cayó de la escalera cuando podaba el cerco del vecino. ¡Pero mirá que será pelotudo! ¡Hoy se tenía que poner a cortar ese cerco de mierda! ¡Justo hoy!”, me gritó al oído.

“Son cosas que pasan”, le dije en forma inocente y me miró con los ojos incendiados de odio. Diría que los tenía rojos como su traje, pero creo que solo fue mi imaginación. Al mismo tiempo su cara se transformó de repente. “¿Qué talle tenés vos?”, me preguntó y temí lo peor. “Mediano”, dije tímidamente. “¡Perfecto!”, volvió a gritar en mi oído. Estábamos tan cerca que no era necesario, pero no parecía comprenderlo.

“¡Te nombro ayudante de Papá Noel!”, me dijo y algo, que no sé explicar, recorrió todo mi cuerpo a la velocidad de la luz. Sabía que esto tendría consecuencias que no olvidaría jamás. “Parate en aquel arbolito”, me ordenó, como hace Papá Noel a uno de sus duendes ayudantes.

La parada bajo el árbol en la ruta era para que me pusiera la ropa del amigo de él, perdón, del ayudante de Papá Noel. Así cambiado en una ruta desolada de alguna parte del Gran Buenos Aires había pasado a ser un duende. Y eso parecía al lado de su inmensidad, que tenía la semejanza de un Oso Carolina.

“¡Te queda perfecto el traje de ayudante mío! Ni que lo hubieran hecho a medida para vos”, dijo exultante. Algo dentro de mí intuía que toda esta situación estaba preparada de antemano. Lo que no atinaba a descubrir quién era el autor.

“¡Vamos que el tiempo vuela como el trineo de Papá Noel!”, dijo este personaje, no sin cierta sorna en sus palabras. Dudas, y más dudas. Ya miraba para todos lados buscando una cámara oculta. Pero la verdad que estábamos los tres solos, Papá Noel, Renolito y yo.

Gracias a Renolito, ahora él, era el trineo de Papá Noel pero manejado por el duende ayudante. Algo que visto desde afuera parecía sacado de un libro de cuentos infantiles. Por un momento, vestido de duende con Papá Noel a mi lado, y viajando por esa ruta desolada pensé que Renolito remontaría vuelo hasta el Hospital de Niños.

Pero la realidad se interpuso en el camino, o la ruta si prefieren, y seguimos viaje hasta el hospital como cualquier ser mortal que habita este planeta. El humor del tipo había cambiado. Se le veía en la cara y que no profería una serie de puteadas cuando hablaba. Diría que tenía ascendencia tana esta versión local que me había tocado en suerte.

Ya las cosas parecían que se habían encaminado, para él, y estaba canturreando una especie de villancico, o algo parecido. Todo era tan raro. O este tipo, del cual no sabía su nombre, se había tomado a pecho el papel, o era Papá Noel…

El intenso calor de esa tarde del 22 de diciembre estaba haciendo estragos en mi cerebro y el traje de duende no ayudaba en nada. Lo bueno que faltaba poco para llegar al Hospital de Niños. Estaba a solo nueve cuadras, como los renos de Papá Noel. Otra coincidencia, o no…

Llegamos al portón de entrada y nos recibió un policía de la provincia. “¡Ah, es Papá Noel! Pasen, pasen que los chicos los están esperando”, dijo el tipo con una gran sonrisa y saludándonos con la mano. Al menos el tipo decía la verdad con los chicos del hospital. Y era cierto que nos esperaban estaban varios médicos, enfermeras y demás esperándolos para llevar los juguetes a los pibes internados.

A partir de ese momento comencé a sentirme como en una nube. Las emociones que viví en ese hospital son indescriptibles. Todos nos saludaban y al llegar dónde estaban los primeros chicos internados las piernas me temblaron. “No me abandone ahora ayudante”, me dijo casi en un susurro al oído. ¡Podía hablar bajito el muy guacho!

Fuimos entregando los regalos y las caritas de esos pibes lo decían todo. El agradecimiento, la alegría y la inocencia estaban presentes. Alguna lágrima se acumuló en mis ojos y recibí un suave codazo de Papá Noel para que tomara la compostura nuevamente. Era alegría lo que tenía demostrar, no lágrimas, aunque fueran de una fuerte emoción.

Terminamos de repartir todos los juguetes y ya me sentía otro hombre. Mejor dicho otro duende. Hasta se me había ido el calor que tenía adentro de Renolito. Que nos esperaba custodiado por un policía hasta que regresáramos a nuestro trineo.

“¡Ahora me voy hasta la otra Navidad con mi ayudante y mi trineo!”, gritó a los chicos que estaban colgados de los balcones del hospital. Así entre gritos y algarabías partimos. Aproveché a tocar un par de bocinazo de la bocina de aire que le puse a Renolito. “¡Genial lo de la bocina! Tocá más, tocá más”, me gritó, nuevamente al oído. Los susurros se habían quedado dentro del hospital.

“Llevame hasta mi trineo”, me indicó. “Pero si no funciona”, le dije. “Llevame igual”, sentenció y como ayudante obedecí sin más trámite. En el camino siguió canturreando villancicos y nuevamente me asaltó la idea de todo lo irreal que era la situación.

Llegamos a donde estaba estacionada la Partner roja, su trineo según él. “Muchas gracias por todo. ¡Ah! Necesito el traje de duende”, me dijo y otra vez a cambiarme en medio de la ruta desolada. Esta vez sin sombra reparadora. El reparo estaba en mi interior con lo vivido en el Hospital de Niños. Eso valía todo lo sucedido con Papá Noel.

Me dio la mano recogió las bolsas vacías, el traje de duende y se cruzó a su Partner. Mientras lo hacía tomó su celular y llamó a alguien. Ya no pude escuchar su conversación, habían retornado los susurros, pese a lo desolado de la ruta bonaerense.

Arranqué y Papá Noel se volvió para saludarme con la mano. Respondí con el gesto y fijé la mirada en la ruta. Debía acudir a mi destino, aunque fuera atrasado. Por el espejo retrovisor vi como se subía a su Partner y para mi sorpresa cómo se alejaba en sentido contrario con total normalidad.

Desde la ventanilla la mano izquierda me saludaba. En ese momento caí en la cuenta que nunca me dijo su nombre. Siempre habló como si fuera Papá Noel de verdad. No sé si fue el calor de esa tarde del 22 de diciembre o que mi mente no estaba del todo clara, como sucede habitualmente, pero tuve la sensación que todo había sido un especie de ensoñación.

Al otro día me vi en un canal de televisión como ayudante de Papá Noel, al menos eso decía en el videograph del noticiero de la noche. Era la nota de color con los pibes del Hospital de Niños. Ahí confirmé que había estado realmente con Papá Noel, que tiene por trineo una Partner roja. Ahora todos ustedes lo saben.

Dedicado muy especialmente a Eduardo Arturo Nolazco, él sabe bien porqué.

Mauricio Uldane

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