domingo, 28 de junio de 2015

Mi clásico

Aquel día marcó un antes y un después en mi vida. Ese día llegó un auto clásico para acompañarme por el tránsito en el planeta. Nada sería igual a partir de ese momento. Al auto lo conocía de chico, era el de Don Vicente un hombre del barrio. Él me llevó a dar varias vueltas en su Ford Fairlane, porque ese era el auto que compré aquel día.
  


Se lo compré a Elisa, la hija de Don Vicente, casi de mi misma edad. Nos criamos a pocas cuadras en el mismo barrio. Así que Elisa no era una desconocida para mí, pese a que hace muchos años abandoné el barrio de mi infancia. Pero nunca me olvidé del Fairlane de Don Vicente. A la vuelta de los años pude juntar la plata para comprarlo.

Ese Fairlane estuvo siempre en la familia. Así que técnicamente soy la tercera mano, aunque Elisa lo usó muy poco. Solo lo sacaba para ir a visitar a Don Vicente al cementerio. Era, para Elisa, un homenaje a su padre y su amado Fairlane. Auto que tan solo tenía unos 70.000 kilómetros reales. Una verdadera joya que me costó como un usado con uno o dos años de uso.

La verdad que muchos me dijeron “¡estás loco, vale casi como un cero kilómetro!”. A esos les respondía que era un clásico y lo valía. Elisa pudo pedirme mucho más por el auto. De hecho lo hizo con un coleccionista que vino a comprárselo. Le pidió el doble, y en dólares, con tal de sacárselo de encima. Pero el tipo le dijo que volvería.

Como sabía que siempre había estado interesado en el Fairlane me llamó para avisarme que se había decidido a venderlo. No lo hizo antes por recuerdos y en parte por amor a ese auto que conoció desde la infancia. Era chica, éramos chicos, cuando Don Vicente, su papá, se apareció con el Ford Fairlane LTD modelo 1971 de color verde con techo vinílico negro y totalmente equipado. Ese auto no solo tenía dirección hidráulica sino que también aire acondicionado. Un lujo total para el comienzo de los setenta.

Era un placer, como chico, que Don Vicente me llevara a dar una vuelta por el barrio en el Fairlane. Más si iba con Elisa. Siempre me cayó bien su hija. Pero las cosas de la vida nos llevaron por caminos separados. En plena adolescencia mis padres se mudaron de barrio y ya no fue lo mismo. Pero de una u otra forma seguí ligado a Don Vicente, Elisa y el Fairlane.

Estuve presente en el sepelio de Don Vicente. Creo que el barrio entero estaba en su casa. Sí, la familia lo veló a la forma tradicional, como le hubiera gustado a Don Vicente. El Fairlane estuvo estacionado en la vereda acompañando toda la ceremonia. Luego sería parte del cortejo hasta el cementerio y la que lo manejaba era Elisa.

Ella se quedó con el auto por expreso pedido de su padre. Incluso antes de morir le dejó el Fairlane transferido a su nombre. Para que no hubiera problemas más tarde. Elisa lo usó poco y nada. La verdad que le resultaba muy grande y ella ya tenía un cero kilómetro y un muy buen pasar. No necesitaba de los servicios del Fairlane de Don Vicente. Pero lo conservó porque amaba a su padre y también en parte porque conocía mi debilidad por ese auto grande, muy grande.

Así que me esperó hasta que pude comprarlo. Podría habérmelo regalado, me lo dijo, pero quiso que el Fairlane me costara para que lo valorar aún más. “Te lo vendo a vos, y solo a vos, porque se que lo vas a cuidar mejor que papá”, me dijo al entregarme las preciadas llaves del Fairlane. Me quedé helado cuando me dijo eso. “Solo vos vas a entender este auto. Como lo entendió papá y como aprendí yo después que él falleciera”, me dijo Elisa.

Esto último no lo entendí del todo en ese momento. Estaba tan emocionado de tener esa joya que fue parte de mi infancia que solo quería subirme y darle marcha. “Ya irás conociendo al Fairlane. Tiene cosas que descubrirás con el tiempo. Este auto es especial”, me dijo Elisa. Esas palabras me sonaron mucho más crípticas que las otras, pero imaginé que estaba emocionada por desprenderse de esa parte de su historia personal.

Secó unas lágrimas de su rostro y me dio un fuerte abrazo. Como cuando éramos chicos y pensábamos que íbamos a ser novios subidos al árbol del fondo de su casa. No sucedió nada de eso y ahora ella me estaba entregando la joya de su padre. Logró conmoverme porque quise mucho a Don Vicente y hasta tuve un sabor amargo por no haber sido el novio que Elisa soñaba. Ahora los dos estábamos maduros y con nuestras vidas hechas, o al menos eso creíamos.

Feliz de estar dentro del Fairlane, que ahora era mío, solo faltaba firmar la transferencia, cosa que haríamos en dos días. Cerré la puerta, puse la llave en el contacto y la giré. Los ocho cilindros me dieron la bienvenida a un mundo que para mí era nuevo, ahora tenía un clásico de verdad. “Tiene medio tanque. No quise cargarle más porque ahora la nafta se pudre”, me dijo Elisa inclinándose en la ventanilla. Su perfume inundó el habitáculo del Fairlane y un pensamiento dio un par de vueltas por mi cabeza y se desvaneció. No creo que sea posible pensé y lo olvidé al instante.

“Cuidalo. Solo te voy a pedir una cosa”, me dijo Elisa, muy cerca de mi cara. Ahí noté que estaba más linda que cuando era una chica y nos prometíamos que seríamos novios. “¿Qué cosa?”, atiné a decir algo emocionado por todo. Por tener el Fairlane en marcha y por estar tan, pero tan cerca de Elisa. “Que alguna vez me lleves a dar una vuelta con el Fairlane”, me dijo.

Por supuesto que accedí. No era para despreciar. Elisa es una mujer hermosa, una madura que muchos quisieran cortejar. Si es que alguien hace eso en este siglo que nos toca vivir. Aunque creo que ahora, algunos, se saltan etapas y van directo a los bifes. Como la vida moderna misma, un tanto alocada al pedo. ¿Por qué antes había más tiempo para todo? Me lo pregunto mucho más seguido de lo conveniente. No tengo respuesta.

Salí del garaje de la casa de Don Vicente, donde ahora vive Elisa. Ella se quedó parada en la vereda agitando su mano. La volvería a ver en dos días. Quien te dice por ahí la cosa funciona y podemos seguir hablando de autos clásicos y algo más. La vida tiene vueltas insospechadas y eso es lo bueno de no saber qué va a pasar mañana, o en un rato.

Ahora vivo en las cercanías de la ciudad me mudé hace muchos años cansado de la locura. Las grandes ciudades empequeñecen a sus habitantes. Los aplasta hasta convertirlos en un número o una estadística. Así me sentía y por eso migré a una localidad un poco más relajada de la gran ciudad. No tan lejos, pero no tan cerca. Como algo corrido del eje de la locura. Para parar la pelota y mirar para los lados.

Así que tenía un poco más de una hora de viaje a mi casa desde la casa de Elisa. Que mejor que escuchar un poco de radio en mi Fairlane. Encendí la radio y dejé el dial donde estaba. La voz de Héctor Larrea me hizo recordar mis años de la infancia con su programa “Rapidísimo” por Radio Rivadavia. Una voz familiar para los que escuchamos radio AM. La voz de Larrea seguía contado algo y en eso reconozco la voz de una de sus locutoras, Beba Vignola y enseguida la voz de Rina Morán. Pero algo no estaba bien.

Pensé que era un programa grabado y que estaban recordando el viejo “Rapidísimo”, pero cuando escuché la identificación de Radio Rivadavia descubrí que no era grabado sino que parecía un programa en vivo. Tanto como que era el mismo horario que se emitía el programa en los años setenta. Como el Fairlane.

Me quedé sorprendido que la radio original de mi clásico emitiera un programa de radio de cuarenta años atrás. Pero los clásicos suelen tener cosas raras que no siempre llegamos a comprender en los primeros contactos. Seguro que es producto de mi imaginación, me dije para mis adentros y apagué la radio. Pasé a disfrutar de la famosa serenidad espacial que pregonaba la publicidad del Fairlane en su lanzamiento.

Realmente el Fairlane de Don Vicente funcionaba a la perfección. Ni un ruidito. El motor V8 apenas se oía dentro del habitáculo cuando paraba en un semáforo en rojo. Y claro la envidia de muchos detenidos a mi lado. Alguno que preguntaba qué modelo era o si lo vendía. ¡Cómo lo iba a vender si acababa de comprarlo! Además de ocurrírseme hacerlo, Elisa, me mata.

Hasta mi casa en las afueras de la ciudad fue sin problemas salvo el programa de Larrea en la radio de mi clásico. Llegué a mi casa y guardé el Fairlane hasta la próxima salida. A los dos días tenía que encontrarme con Elisa para firmar los papeles de la transferencia. Pero el Fairlane no saldría ese día era complicado llevarlo hasta el lugar. Total la SUBE me iba llevar sin problemas.

Ese día me levanté temprano para encontrarme con Elisa para firmar los papeles y de esa forma ser el propietario oficial del Fairlane de Don Vicente. Elisa me estaba esperando en la puerta del registro. Había llegado antes de la hora fijada. “¿Llegué tarde?”, le dije a modo de saludo. “No para nada. Yo vine antes porque, cosa rara, había poco tránsito”, me dijo Elisa. Me pareció a mí o estaba más linda que hace dos días. Eso suele pasar con las mujeres maduras. El envejecer las pone más lindas, o será solo mi cabeza. No lo sé, pero lo voy averiguar.

Entramos y cumplimos con todos los engorrosos trámites que significan los papeles de un auto. ¿Alguna vez cambiara esto o seguirá por toda la vida complicándose inútilmente? Creo que no veré ese cambio, al menos en esta vida que me toca transitar. Elisa me invitó a tomar un café a la salida del registro, tenía tiempo, y yo no me negué. Como hacerlo. Era la vieja dueña de mi clásico y además quería charlar con ella, como cuando éramos dos chicos de barrio.

Hablamos de todo un poco y oírla hablar me llevó a pensar porqué no llegamos a concretar nada como pareja. Tenemos muchos puntos de contacto, además del Fairlane de su padre. Los dos nos relajamos, con ese café, que en realidad fueron varios mientras la mañana se nos escurría entre los dedos. Nos contamos nuestras vidas con dichas y tristezas, cómo si nunca nos hubiéramos separado del barrio que nos vio nacer y crecer.

“Elisa, te puedo comentar algo sin creas que estoy loco”, le dije en un momento de la charla. Me había acordado de la radio del Fairlane. “Si, claro que podes”, me dijo. “Cuando me fui para mi casa el otro día encendí la radio del Fairlane y…” alcancé a decirle cuando Elisa levantó su mano y me sorprendió con lo que me dijo. “Escuchaste un programa viejo en la radio. ¿No?”, me dijo con una sonrisa pícara en su rostro.

Asentí con la cabeza porque estaba totalmente mudo. No era algo de mi imaginación, había sucedido realmente. “No te puedo explicar porqué la radio del Fairlane sintoniza programas viejos de radio. Pero lo hace desde que murió papá. A veces pienso que es su espíritu juguetón que está dentro de la radio. A papá le gustaba tanto escuchar la radio que se pasaba todo el día pegado a ella”, me dijo Elisa en un razonamiento comprensible. Don Vicente siempre tenía su radio encendida en casa, en el Fairlane cuando lo usaba. Lo recuerdo perfectamente. Héctor Larrea, Antonio Carrizo, Cacho Fontana eran algunas de las voces que se oían en su casa. Como no recordarlo.

Le conté a Elisa que me acordaba cuando su papá nos llevaba de paseo, en el asiento trasero del Fairlane, y en la radio escuchábamos a Don Verídico el personaje que hacía Luis Landriscina en el programa de Héctor Larrea. Nos divertíamos muchísimo con las locuras de ese personaje. Tiempos idos, como los de esplendor del Fairlane, pero estábamos nosotros para no olvidarlos.

“A veces pensaba que cuando saliera con el Fairlane terminaría en otra época sobretodo si tenía la radio encendida. Era como un viaje en el tiempo”, me confesó Elisa. “¿Por eso me lo vendiste?”, le pregunté. “No. Te lo vendí porque considero que sos el indicado para conservarlo en perfectas condiciones y para entender lo que ese auto representa. Se que no lo vas a bajar, para que parezca que se arrastra en cambio de andar. Que no le vas a meter un equipo de sonido que ocupe todo el baúl. Que no lo llenarás de neones o que le pondrás llantas enormes deportivas. Se que lo cuidarás tal como salió de fábrica. Con algún rayoncito o golpecito en su carrocería. Lo tendrás como un auto vivo. Por eso te lo vendí. En realidad te lo legué y si te cobré es para que lo valores aún más. Pero el dinero no me importa y tampoco lo necesito”, me dijo Elisa mirándome a los ojos.

Los ojos de Elisa son de un azul acero y es muy fácil perderse en esa mirada. Que puede ser muy dulce o muy dura. Ahora la sensación era mezclada. O el que tenía mezclada las sensaciones era yo. Por supuesto le dije a Elisa que iba a estar a la altura de las circunstancias. No le quise decir que no la iba a defraudar por lo que esa frase significa para los argentinos que tenemos memoria…

Quedamos en vernos el fin de semana para dar una vuelta en el Fairlane y de paso escuchar la radio, esa que atrasa en el tiempo. Y así fue. La pasé a buscar a su casa y nos perdimos por caminos y rutas, y alguna que otra autopista hasta llegar a un lugar apartado en una insipiente zona rural con árboles donde estacionamos el Fairlane y decidimos hacer muestro picnic, como cuándo éramos dos chicos. La radio desde el auto nos seguía llevando al pasado.

Ese día fue maravilloso, como si hubiéramos, también nosotros, viajado en el tiempo unos cuarenta años atrás cuando dos chicos de barrio salían de paseo al campo. Disfrutando del verde, las pocas vacas, los pajaritos y el silencio. Solo interrumpido por el ladrido de un perro o el canto de un pájaro a la distancia. El día estaba espectacular y Elisa parecía más hermosa que nunca. Me sentía feliz. Tenía compañía, y qué mujer, pero además tenía un clásico que era mío. O mejor dicho nuestro. El Fairlane nunca dejaría de ser de Elisa del todo.

El tema de radio lo mantuvimos en secreto entre los dos. No fuera cosa que nos creyeran un fenómeno sobrenatural. Un día, siempre hay un día, ocurrió algo raro, muy raro. Estamos en un encuentro de autos, porque debo decirles que se convirtió en una práctica hacerlo con Elisa, cuando a alguien se le ocurrió encender la radio del Fairlane en un descuido nuestro.

Nos miramos con Elisa porque sabíamos que iba a pasar y no podríamos justificarlo. “¡Qué bien que suena la radio!”, dijo el atrevido que había encendido sin permiso. Para nuestra completa sorpresa la radio del Fairlane transmitía una carrera de autos de ese domingo de invierno, un día soleado de finales de junio. Por suerte el atrevido no se percató de la sorpresa en nuestras caras. No podíamos creer que la radio del Fairlane se hubiera actualizado.

“Si funciona muy bien”, dije para salir del paso mientras apagaba la radio diciéndole que la próxima vez me pidiera permiso. El atrevido se disculpó y se fue. Cuando el tipo se había alejado encendí la radio de nuevo. ¿A qué no saben qué pasó? ¡Sí!, la radio había vuelto al pasado. Al parecer solo Elisa o yo lográbamos esa conexión con el Fairlane para llevarlo a su época de cero kilómetro. Algo a lo que nunca le buscamos explicación alguna, simplemente lo vivíamos.

Estamos en una etapa con Elisa de convivencia. Sí, tarde o temprano, tenía que pasar, ahora somos tres en esta vida de tener un clásico. Elisa, el Fairlane y yo. Tal vez así se tendría que haber llamado este relato, porque los tres somos equipo y creo, sin equivocarme, que será para toda la vida. Al menos la terrenal. Ya buscaremos a alguien para que cuide al Fairlane para cuando nosotros dos no estemos más en este planeta. Porque el Fairlane es eterno, pero nosotros tenemos fecha de vencimiento, como los autos modernos.

Mauricio Uldane

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