domingo, 26 de abril de 2015

Arriba del bondi

Salí corriendo de casa, como casi todos los días, sino no llegaba a la facultad. Eran años de estudios para mejorar los conocimientos. Años de aprendizajes que tontamente creía que tendrían un final. La vida me ha enseñado que el aprendizaje nunca termina y que cuando dejamos de aprender, comenzamos a morir. Todavía creo estar lejos de eso. Y aquel día aprendería algo más aunque fuera un joven universitario.



Llegué corriendo a la parada del bondi y este casi arrancaba, fui el último de la cola en subir. "Cuidado que arranco", fue el grito del chofer. Eran años que los colectivos circulaban con las puertas abiertas sin grandes cuestionamientos por nadie. Como casi todos los días el bondi estaba repleto. "Un pasito que en el fondo hay lugar", dijo el chofer mirando para el fondo del colectivo por el enorme espejo encima de su cabeza.

Esa frase la habré escuchado ciento de veces y en algunas oportunidades no había donde correrse. Pero el chofer la tenía como una muletilla. "¿A dónde querés que me corra?", gritó desde la mitad del bondi un tipo que parecía un obelisco encerrado. La verdad que el colectivo, en ese momento, debería de haberse construido en goma… para estirarse un poco más.

Saqué mi boleto y el chofer me dio el vuelto. Algo que no siempre solía pasar y te decía "cuando bajes pedime el vuelto". Monedas y billetes eran los necesarios para poder pagar el boleto de papel que te daba el chofer mientras manejaba, puteaba a un automovilista y te abría o cerraba la puerta. Coleccionaba boletos capicúas justo como el que me acababa de dar el chofer. "Hoy va a ser un gran día", me dije para mis adentros.

Era importante para mí porque tenía un parcial bravo en la facultad y me había preparado estudiando mucho. Así que tenía que salir todo bien. El día me diría si estaba equivocado o no. Pero las cosas siempre las pensamos de una forma para luego, puestas en el correr del día, salgan disparadas para cualquier lado, menos el que planeamos.

Apretados pero no tanto para no poder respirar seguíamos en marcha hacia nuestros destinos. Éramos tantos en el bondi que el chofer había dejado de cargar pasajeros. Solo bajaban, por atrás, los que podían. Los otros lo hacían por adelante y ahí podían subir los pasajeros que estaban en las paradas.

Todo seguía sobre ruedas. Pero las cosas no siempre son como las planeamos, como dije antes. Una de las cosas que me llamó la atención del colectivo era que tenía una estruendosa bocina de aire, que el chofer la hacia sonar de vez en cuando. Llegamos a una parada y el bondi se quedó parado más de la cuenta. Pensé que estaban bajando por la puerta delantera y subiendo más pasajeros. No podía ver porque estaba a la mitad del colectivo.

Un murmullo de los pasajeros de la parte delantera me sacó del sopor matutino. "El chofer se desmayó", gritó una mujer desde adelante. Así parecía. Al llegar a la parada el tipo se desplomó sobre el volante del bondi. El alboroto que se armó fue grande hasta que alguien pidió paso. Era un médico que estaba abordo y se pudo acercar hasta el chofer. Lo revisó y dijo, "tuvo un ataque. Parece un infarto. Tenemos que llevarlo a la guardia de un hospital", dijo el médico.

"Hay que llamar a una ambulancia", dijo otro pasajero. Aquellos años de mí juventud eran escasos de tecnología electrónica, así que los teléfonos celulares eran solo para las películas de James Bond. Había que hablar por un teléfono público en la calle o comercio. "Llamemos al CIPEC", dijo otro pasajero desde el fondo. El médico dijo que iban a tardar mucho en llegar y eso podía ser fatal para el chofer.

Lo pensé unos segundos y dije "yo lo puedo llevar". "¿En qué?", me preguntó el médico. "En este colectivo", le respondí. La cara de asombro de todos fue enorme. Un joven de unos veinte años estaba dispuesto a manejar el colectivo hasta la guardia del hospital. "¿Vas a poder manejar el colectivo?", me preguntó con cara de asombro el médico. Les expliqué que confiaran en mí que sabía manejarlo.

El verano anterior nos habíamos ido de vacaciones con la familia a bordo de un 1114 que mi padre había comprado con el fin de hacer una casa rodante autopropulsada. Pero nos fuimos de campamento a la playa así como colectivo con todos los asientos. Tuve la oportunidad de manejarlo sobre una ruta desolada. Esa era mi experiencia al mando de un colectivo. Eso no lo sabía el médico.

Otra cosa era mover esa ballena dentro del tránsito porteño. Ahí estaba el pequeño problemita, pero con el porte del 1114 seguro que me iban hacer lugar. "Entonces movete y vamos a la guardia del Rivadavia", ordenó el médico. Corrimos al pobre chofer hacia el piso del bondi donde le pusieron pulóveres a modo de almohada. Mientras el médico lo asistía. También se había sumado una enfermera que era pasajera del colectivo.

"Nos vamos al Rivadavia. Así que los que estén apurados se bajan acá", ordené al mando del colectivo. Algunos se bajaron, pero muy pocos el resto optó por quedarse arriba del bondi. "Vamos a llevar a este pobre hombre", dijo con voz temblorosa una viejita que estaba sentada detrás del conductor. Todos asintieron.

Me senté al mando del 1114, que seguía en marcha y por suerte en punto muerto. Sino hubiera sido un desastre para todos nosotros. Pensé para mis adentros "esto no va a ser fácil", pero veamos que puedo hacer. "Arrancamos. Y agárrense porque vamos a viajar rápido", dije. Algunos sensatamente se sentaron en el piso del colectivo por lo que pude ver por el espejo de arriba del puesto de conducción.

El tema era que había que dar vuelta el colectivo porque el Hospital Rivadavia quedaba para atrás, cerca de mi casa. Ya habíamos pasado la Avenida Callao y volver para atrás no sería tan sencillo. Seguí derecho hasta la plaza que desembocaba la Avenida Las Heras y le di la vuelta. No se imaginan cómo di la vuelta. Les dije que el colectivero hacía sonar una bocina a aire. Bueno la usé para abrirme paso. En realidad abusé de la bocina.

Sonaba como un barco. Muchas veces las había visto colocadas en la columna de dirección con una fina varilla de metal rematada en una perilla de plástico. Era como un chico con un dulce. Tanto hice sonar la bocina para abrirme paso que pronto llamé la atención de un policía en motocicleta. Más que los pasajeros comenzaron a sacar pañuelos por las ventanillas del colectivo. Además comenzaron a gritar y eso era llamativo en ese paquete barrio de Recoleta. 

La calle Vicente López siempre era un tapón de tránsito pero a fuerza de la bocina, los gritos de los pasajeros y la mole del 1114 nos abrimos paso. Un policía en moto se había puesto a la par, ya lo había visto por el espejo retrovisor. "¿Qué pasa?", me dijo por la ventanilla del conductor. "Tenemos descompuesto al chofer y lo llevamos a la guardia del Rivadavia", le grité. Se convenció cuando vio al médico que afirmaba detrás de mí mis palabras.

"Yo les abro paso", dijo y salió disparado delante del colectivo para cortarme el tránsito de las calles transversales. Ahí comenzó una loca carrera por llegar a la guardia del hospital. Doblamos como veníamos en la Avenida Callao, que era doble mano. Hasta doblar nuevamente por Avenida Las Heras. Un "oohh" de los pasajeros acompañaron los dos giros. Nunca pensé que el 1114 iba a doblar de esa forma.

Pisé a fondo el acelerador por la bajada de la Avenida Las Heras buscando llegar lo más rápido posible al Rivadavia. Ya para entonces un patrullero de la comisaría 17ª se había sumado al convoy. Claro pasamos por la puerta de la comisaría ante el asombro de todos los canas que estaban en la puerta. Estaban avisados por el policía de la moto.

Así que ya eran dos motos las que nos cortaban el tránsito y por delante el patrullero anunciada nuestro paso a toda velocidad rumbo al hospital. Ya faltaba poco. Acabábamos de cruzar la Avenida Pueyrredón y con el semáforo en rojo. Nunca pensé que un colectivo podía correr tanto dentro de la ciudad el velocímetro había pasado de los 90 kilómetros por hora y parecía lanzado en un loca carrera. "¿Cómo lo voy a frenar?", pensé cuando me faltaban pocas cuadras para llegar a la calle Austria.

Ya a mitad de cuadra antes del cruce con Austria comencé a frenar para poder doblar a la izquierda y entrar por el portón del Hospital Rivadavia, que estaba abierto de par en par esperando nuestro arribo. El tránsito de la Avenida Las Heras estaba cortado para poder doblar sin problemas gracias a las dos motos de la policía. 

La sacudida que pegó el colectivo cuando subió la vereda en la entrada de la guardia fue impresionante. "Uhh", se escuchó dentro del colectivo y la frenada del bondi. Los frenos a aire resoplaron como un búfalo enojado. Pero paramos. Abrí las dos puertas para que bajaran al chofer descompuesto y los pasajeros, que no iban a olvidar el viaje alocado por mucho tiempo.

Dos camilleros y un médico esperaban en la rampa de la guardia para trasladar al chofer para hacerle los auxilios necesarios. El médico del bondi se fue con ellos para adentro. Los pasajeros comenzaron a aplaudirme y dar vítores por la llegada tan rápido al Hospital Rivadavia. Algunos se excusaron y se fueron para sus trabajos y otros se quedaron para ver la suerte corrida por el chofer.

Mientras tanto acomodé en un lugar donde no molestara el colectivo y lo paré. "¿Qué íbamos hacer con ese bicho?", pensé mientras detenía su motor. Saqué las llaves del tablero. Cuando veo uno de los policía de la moto que se me acerca a la puerta. "Lo hiciste bien pibe. ¿Quién te enseñó a manejar el 1114?", me preguntó. "La verdad que nadie. Mi viejo me puso a manejar uno arriba de una ruta", le contesté. Asintió con la cabeza mientras le alcanzaba las llaves del colectivo.

Me dijo que ellos se iban de encargar de comunicarse con la empresa del chofer para ponerlos al tanto de todo y para que viniera alguien a retirar la unidad. Me bajé del colectivo y encaré para la guardia para ver cómo estaba el chofer. Me encontré con el médico que lo había asistido en el bondi.

"Muy bien pibe. Lo salvamos al chofer", me dijo con alegría en el rostro el médico. Me contó que había sufrido un infarto y que gracias a mi rápido viaje a la guardia lo salvamos de un mal mayor. Incluso ya estaba mejor y consciente. "La sacó barata", me dijo el médico mientras me palmeaba la espalda.

Todos en la guardia sabían que era el "pibe" que había traído al chofer en el colectivo. Pasé a ser una celebridad. Mientras mi parcial en la facultad se iba por la cloaca. Todo no se puede en la vida. O salvaba la vida de un pobre tipo o salvaba la materia de la facultad. Elegí lo primero era más valioso, lo otro tendría una segunda oportunidad. Como tenía ahora el chofer del colectivo. Claro que ahora tendría que hacer buena letra después de este aviso que le dio la vida.

Al salir de la guardia del Rivadavia una nube de periodistas ya se habían enterado y los móviles de canales de televisión y radio estaban en la puerta. Se ve que alguien les dijo que era "el pibe" que había manejado el colectivo, que seguía estacionado al lado de la guardia. Tuve que decir algunas palabras. Se me ocurrió mencionar que tenía un parcial en la facultad y que ya no iba a llegar a darlo. Pero salvar la vida de una persona era más importante que un examen.

Antes las noticias no tenían la velocidad que ahora. No había celulares, ni Internet y la televisión por cable comenzaban a caminar en el país. Pero si había móviles "en vivo y en directo", como anunciaban los canales de televisión. Así que a la noche muchos me vieron en las noticias del día. Un muchacho arrojado que manejó un colectivo a toda velocidad por las calles de Buenos Aires.

Al otro día todo fue normal o no tanto. Al llegar a la facultad mis compañeros comenzaron a vitorearme por la hazaña del día anterior. La verdad que me sentí un poco héroe, pero en realidad no había hecho otra cosa que la correcta. Al menos eso creía. "Te perdiste de dar el parcial", me dijo una compañera. Una colorada de ojos verdes impresionantes, que solía traerla en un tipo más grande que ella en un 504 celeste metalizado. La verdad que todos nos babeamos un poco con la colorada. Era rara como si no fuera de nuestro tiempo.

"Si. Pero la verdad que le salvé la vida a un hombre. Eso vale más que un parcial", le dije. La respuesta de la colorada fue un sonoro beso en la mejilla. "Ya está", pensé que más puedo pedirle a la vida. Que esto dure un tiempo más, así mi ego se mantenía gordo. Pero siempre hay algo más. Y estaba por ocurrir en poco tiempo más.

Seguí rumbo a la comisión que me tocaba ese día con un sabor algo amargo por la pérdida del parcial del día anterior. Cuando me cruzo a la profesora de la materia que me dice, "ayer no viniste a dar el parcial. Era crucial para que te quedes en el curso". Eso lo sabía de antemano. "Si. Pero no pude. Tuve algo más importante que hacer", le dije. No iba a explicarle. Era una tipa difícil de tratar.

Pero la sorpresa fue lo que me dijo a continuación, "lo sé. Le salvaste la vida a un hombre. Sin tu ayuda se hubiera muerto". Me quedé helado. La tipa estaba al tanto de todo. "Lo vi anoche en el noticiero de la tele", me dijo. "Me parece que bien valía la pena perderse el parcial", siguió diciéndome. No podía creer los que me decía. "Lo hablé con el rector y decidimos, como única vez, que rindas el parcial solo. Lo tenes que hacer ahora", me dijo.

"Claro", le respondí. Me llevó a un aula vacía donde me dio una hoja con las preguntas del mismo parcial que habían hecho mis compañeros. A solas, los dos en ese aula vacía rendí mi parcial escrito que salvó mi materia y la vida de un chofer de colectivo. Aprendí que la profesora no era tan dura como parecía y que podía salvar una materia esforzándome en estudiar. La relación con esa profesora cambió radicalmente por el resto del año y de la carrera.

Pero lo más importante fue que me demostré a mi mismo que podía manejar un bondi en forma enloquecida por la ciudad, claro que con cierta ayuda policial. En el fondo de mi mente tenía el sueño de manejar un colectivo y sentir el poder del tamaño frente al resto de los vehículos del tránsito porteño. Lo hice y lo mejor de todo que le salvé, perdón le salvamos, la vida a un tipo. Eso nunca me lo olvidé. Lo aprendí para siempre.

Mauricio Uldane


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