domingo, 15 de marzo de 2015

Vida moderna

El insistente trino del zorzal, y lo digo en singular, me despertó aquella mañana de finales del verano. Hablo en singular, porque ése zorzal, pernocta en el árbol que está plantado, en la vereda, justo frente a la ventana de mi dormitorio. Comienza a cantar cuando las hojas, en la noche, las mece el viento, y logran dejar pasar la luz de la columna de alumbrado público. Pero no era el caso cuando logré despegar un ojo y advertir que ya era de día.



Busqué con la mirada el reloj digital de mi mesita de luz y este estaba apagado. “¡La puta madre otra vez se cortó la luz!”, exclamé ya despierto y con bronca. Manoteé mi celular, que también descansa por las noches sobre la mesita de luz y me sorprendió encontrarlo apagado. “¿Pero si lo dejé encendido y con el cargador puesto?”, pensé para mis adentros. Al menos si está cortada la luz, el celular, debería estar encendido. No me digas que se le murió la batería ¡con lo que cuestan!

A tientas, y sin querer levantarme de la cama, localicé el interruptor de la lámpara, que está encima de la mesita de luz. Como para confirmar que el corte de energía era el culpable de todo, pero la luz inmediatamente me confirmó que la energía no se había cortado. “¿Pero qué carajos está pasando?”, mascullé con otro poco de bronca acumulada. Como esa que vamos juntando, antes de salir de casa, cuando nos intoxicamos con el canal de noticias junto a las tostadas con mermelada del desayuno.

Ya me levanté, había juntado el suficiente coraje para hacerlo, y me encaminé hacia el comedor. Iba decidido a encender el televisor y saber qué estaba pasando. Pero ese día traería una sorpresa tras otra. El televisor no encendió. Nada como si estuviera muerto. Tampoco el equipo de música encendió. Luz había en toda la casa, es decir que energía no faltaba, pero parece que algunos equipos estaban de huelga.

Algo dentro de mí comenzó a sospechar lo peor y trató en vano de hacer arrancar el horno a microondas. El motor de la heladera funcionaba, pero eso no me dejaba para nada tranquilo. Era un modelo viejo heredado de mi padre y no tenía la menor cuota de electrónica. Para todo eso no sabía la hora real en que me había despertado y el tic-tac del viejo reloj de péndulo de mi abuelo me volvió a la realidad. Me dirigí hasta donde estaba en el comedor y advertí con sorpresa que eran algo más de las 8 de mañana.

Lo terminó de confirmar el ronroneo de los seis cilindros del Chevrolet 400 de mi vecino: Rodríguez. El tipo es un alto ejecutivo de una empresa en la zona de Catalinas y un buen día se hartó de su BMW nuevo y lo vendió. Al otro día se apareció con el 400 de color verde en un estado impecable. Según sus propias palabras se lo cambió mano a mano al dueño. Un viejito que lo tenía de cero kilómetro desde el año 1967. El Chevrolet parece salido de la concesionaria y hasta creo tiene kilómetros reales. Lo cierto que Rodríguez sale todos los días, de lunes a viernes, a las ocho y cinco rumbo a su trabajo de ejecutivo a bordo de un clásico.

Se negó a colocarle gas, así que lo camina solo a nafta, como en las viejas épocas. Me dijo que lo cansó la tecnología de los autos nuevos y tantos accesorios. Quería volver a lo primitivo, incluso un auto sin aire acondicionado, ni dirección hidráulica. “Me va hacer bien a los brazos”, me dijo Rodríguez. Por supuesto que ya fueron varios los que le quisieron comprar el Chevrolet Super Sport, pero no lo vende. Dice, “es mi transporte personal”.

Pero lo que me llamó la atención fue que solo escuché el motor del 400 perderse en la calle. Ningún otro auto en la calle, ni colectivo, ni nada que se le parezca. Raro, muy raro. O no. En eso se me pasó una idea por la cabeza y descolgué las llaves de mi auto nuevo y me encaminé al garaje, creo que sabía lo que iba a pasar. Este nuevo modelo ya no tiene cerradura en la puerta, la llave es solo para ponerlo en marcha y abrir la tapa del baúl, pero esta se abre desde adentro también. Como lo esperaba ningún beep sonó y la alarma no solo no se desactivó sino que el auto permanecía cerrado a cal y canto.

Sin más trámite volví para adentro, colgué las llaves en su lugar y me dispuse a desayunar tranquilamente. Mientras lo hacía acompañado por un coro de zorzales, mis viejos amigos, calandrias y horneros reflexioné sobre los sucesos ocurridos en estos primeros quince minutos del día. ¿Por qué carajos nada electrónico funciona? Porque de eso se trataba todo el asunto nada que tuviera electrónica parecía responder a sus mandos naturales. Es decir nosotros los humanos.

Los pájaros me alegraron el desayuno y para mi sorpresa me descubrí siguiendo sus melodías al compás de mis dedos sobre la mesa de la cocina. Unos rayos de luz iluminaban la escena y hasta parecía bucólica. “Parece que estuviera me medio del campo”, dije en voz alta. Claro no había ruido de motores, de ningún tipo, salvo el 400 de Rodríguez, pero ya se había ido a su trabajo. No había noticias alarmantes y trágicas en la tele, ni en la radio, que a veces me dan ganas de refugiarme nuevamente en mi cama. Nada de nada. Solo el canto de los pájaros, el crunch-crunch de las tostadas con mermeladas y algunos gritos de chicos del otro lado de la calle.

Una imagen idílica. Pero que en el fondo dejaba algo de preocupación. ¿Qué pasó? Era la pregunta reiterada una y otra vez en medio del coro de pájaros en la mañana de un verano que comenzaba a agonizar. En medio de esas reflexiones estaba cuando sonó el teléfono, pero el viejo de línea, ese que está en la mesita a la entrada, después de la puerta, porque el inalámbrico había pasado a mejor vida como todo lo demás. Cuando atiendo era mi vecina que estaba alarmada porque le sucedía lo mismo que a mí, lo electrónico estaba muerto.

Desde hace años tengo dos cosas que forman una parte importante de mi vida. Un pequeño comercio de piezas artesanales hechas todas a mano exclusivamente y una Rambler Cross Country modelo 1967, la que venía con el motor del Torino. El negocio lo forjé con mi trabajo y la Cross Country la heredé de mi viejo, que la tenía de cero kilómetro y fue durante décadas el auto de la familia. Esas dos pertenencias eran, son, para mí los pilares donde me apoyo para poder transitar esta vida moderna. No es que no tenga un auto nuevo, que lo conseguí, en parte con mi trabajo, pero tener un auto clásico es un estilo de vida. Por eso lo entiendo a mi vecino Rodríguez y en algún momento me decidiré a usar la Rambler como transporte personal. Aunque me puteen en los estacionamientos del centro.

Así que si llegaba tarde al trabajo no sería problema. No tengo empleados, ni patrón, me manejo solo. Dolores, mi vecina al teléfono estaba desesperada porque su auto nuevo tampoco arrancaba. “Es que nada que tenga electrónica funciona en este día”, le dije del otro lado del teléfono. Ahí se dio cuenta que mi nuevo auto rojo no funcionaba. “No. Ya intenté y ni siquiera abre las puertas”, le respondí a Dolores. “¿Y ahora que hago?”, me gritó desde su casa.

Intenté calmarla pero no me escuchaba. Cuando logró escucharme, porque se calmó, le hice el siguiente planteamiento: si nada de electrónica funciona tu computadora no estará encendida en todo el día. Dolores trabajaba en uno de esos centros de llamadas que torturan por teléfono a todo el mundo. Call Center, los llaman. No entiendo esa manía de ponerle a todo nombres en inglés y eso que no me considero un nacionalista a ultranza. Lo que digo es que defendamos el idioma que tenemos que es uno de los mejores del planeta. Pero quién mierda, con el perdón de ustedes, me va a escuchar, o leer en este caso.

El jefe de Dolores era un tipo déspota. Tiburcio se llamaba. Cuando me dijo cómo se apellidaba me dio un ataque de risa. “¿De qué te reís?”, me preguntó. Le conté que mi abuela me leía un cuento infantil donde el protagonista era el capitán de un pequeño remolcador y se llamaba Tiburcio. Tan bien conocía los diálogos, sin saber leer, que cuando mi abuela cambiaba algo la corregía diciéndole la frase correcta. Cosas de niños. Pero lo de Tiburcio siempre me causa gracia. Claro que a Dolores no le parece que su jefe sea gracioso.

Me insistía con llegar temprano a su trabajo. Ya estaba al borde de terminar mi desayuno cuando se me iluminó el cuarto superior, es decir mi mente. La iba a llevar con la Rambler. Total tenía nafta suficiente, aunque hacía días que la había puesto en marcha, pero de todas formas arrancaba al instante. “Dolores tranquilízate que te alcanzo con la rural”, le dije por teléfono y me dispuse a terminar mi desayuno y me fui a lavar los dientes.

Me cambié rápido y manoteé las llaves de la Cross Country que sí iba arrancar como lo hizo el 400 de Rodríguez. Allí estaba hermosa en el garaje como diciéndome, “viste ahora me necesitas”. Abrí el portón del garaje y ya tenía paradita, toda arregladita, a Dolores hecha un puñado de nervios. “Tranquila, que hoy no vas a trabajar”, le dije mientras le abría la puerta del acompañante. Subí del otro lado y le di arranque. El Tornado respondió con un ronquido de fiera salvaje debajo del capot. “¡Qué lindo que suena este motor!”, dijo Dolores. Me quedé mirándola. Desde cuando mi vecina sabía de motores viejos. Pero no era hora de averiguarlo sino de llevarla a su trabajo.

Lentamente saqué a la vereda a la Rambler y volví para cerrar el portón del garaje. Al darme vuelta tenía parados delante de mí a cuatro vecinos más de la cuadra. Los cuales conozco pero no tengo un trato más allá del saludo cortés. A todos les había pasado lo mismo. Lo electrónico no les funcionaba. “Los puedo llevar a todos, pero primero tenemos que dejar a Dolores en su laburo”, les aclaré de entrada. Ninguno tenía problemas. Todos seguramente irían al pedo a sus trabajos plagados de equipos que usan electrónica. Parecían chicos del secundario que saben que ese día van de fiesta o de paseo al colegio.

Acomodamos a Vanesa en el asiento delantero junto con Dolores. Atrás iban Fabián, Carlos y Alberto. Distintas edades, diferentes vidas y muy diversos trabajos. Pero los seis salimos en marcha con la vieja y querida Rambler hacia el trabajo de Dolores. Que entre paréntesis no queda a más de 20 cuadras y bien que las podría caminar todos los días para compensar las horas que tiene su culo en la silla del Call Center, pero todavía no le cayó la ficha.

La dejamos en la puerta del edificio de su trabajo donde una multitud de personas se había acercado, la mayoría a pie, o en bicicleta y hasta algunos en motos, claro que un modelo viejo sin electrónica en su haber. “¿Y ahora dónde vamos?”, dije como si se tratara del chofer de un remis. “Vamos a una estación de servicio”, dijo Carlos del asiento trasero. “¿Para qué?”, fue mi respuesta. En ese momento Carlos cayó en la cuenta que tampoco los surtidores funcionarían. Claro electricidad hay, pero no funciona la parte electrónica de los surtidores.

“Pero de todas formas tenemos que pasar igual por una que está a cinco cuadras por esa avenida”, les dije a mis pasajeros. “¡Vamos!”, corearon como chicos en una excursión. Esto va a ser divertido pensé. Pero también seguía imaginando las causas del apagón electrónico. “¡Si al menos la radio funcionara!”, me dije para mis adentros e instintivamente encendí la radio de la Rambler. ¡Funcionaba!. Claro que lo único que emitía era estática en todo el dial. “Las emisoras de radio están plagadas de PC y otros equipos electrónicos”, dijo Fabián que trabajaba en una FM local y conocía muy bien el tema. “Estamos incomunicados”, dijo. Y contó que había hablado por teléfono de línea con un amigo que trabajaba en un diario. Ninguno había salido hasta el momento.

El tema era cómo funcionaban los teléfonos si estos también tenían servidores y centrales digitales. “Tal vez quedan partes analógicas y estas con electricidad funcionan”, arriesgó Alberto, que no había proferido palabra en todo el corto viaje. En la manzana siguiente estaba la Esso que les había mencionado. Como era de prever nadie estaba cargando combustible.

Entramos en la estación de servicio y el playero vino corriendo agitando los brazos. “No funcionan, no funcionan”, gritaba. “Tranquilo”, le dije mientras me bajaba de la rural y a la cual le había apagado el motor. Le explicamos lo que sabíamos de los equipos electrónicos y él nos contó los sucesos que ocurrieron durante la noche. Estaba en servicio desde la 3 de la mañana y lo había visto todo, o eso creía él.

“Vi todo”, dijo el playero que se llamaba Nicolás. Nos contó, a todos, que a eso de las cuatro de la mañana se hizo de día por unos instantes y se vio un resplandor intenso desde el este. O sea desde el lado del Río de la Plata. “Cayó en el río”, dijo Nicolás. “¿Qué cayó?”, le preguntó Vanesa, la única mujer del grupo y la vecina joven de la cuadra. “No sé”, respondió Nicolás. “Pero algo cayó en el río”, afirmó. Luego que cayó “eso” del cielo unos segundos más tarde los surtidores se apagaron. Como la computadora de la estación de servicio, el postnet y todos los celulares que había en el lugar. “Nada electrónico volvió a funcionar desde ese momento”, dijo Nicolás.

Ahora sabíamos algo al menos. “Eso” del cielo había producido el apagón electrónico. ¿Pero qué era “eso” que había caído del cielo? “Porque no vamos hasta la Costanera a ver que pasa, dijo Alberto en un rapto de locuacidad. “Total no creo que nos echen de menos en nuestros laburos con el flor de quilombo que hay. Además no podremos fichar en el equipo lector de las huellas digitales”, sostuvo con una lógica a prueba de balas. “Vamos”, les dije a mis pasajeros y los invité a subir a la Rambler.

En eso veo a Nicolás que venía con un bidón de nafta lleno. “Lo había llenado para un mecánico que viene todas las mañanas a buscarlo para lavar piezas. Pero hoy no va a trabajar. Es el que labura con las inyecciones electrónicas”, me dijo guiñándome un ojo. “¿Cuánto es?”, le pregunté. “Hoy invita la casa”, me respondió mientras le cargaba los diez litros del bidón al tanque de la Cross Country. La verdad que no le venía nada mal, si bien el tanque estaba casi lleno. “Se llenó”, dijo alborozado Nicolás. Ahora teníamos combustible para ir hasta la Costanera y volver cómodos y de paso averiguar qué había pasado en el río.

Subimos todos y arrancamos hacia el río. Autos, camiones y colectivos parados por todas partes. A los colectivos del servicio nocturno, el apagón, los había tomado por sorpresa a mitad de su recorrido, incluso con algunos pasajeros a bordo. Pero ya a esa hora, más de las nueve y media de la mañana, estaban desiertos. Solo quedaba el chofer esperando que algo o alguien vieran a buscarlo.

La cantidad de camiones parados cerca del puerto era increíble. Muchos de ellos esperando su turno nocturno de entrada a descargar, o cargar, mercaderías que merecían transportarse. Nada de eso estaba sucediendo en el día de hoy. Había movimiento de personas cerca de la Costanera. Personal de Prefectura Nacional, a pie, andaba de un lado para otro desorientados como las hormigas cuando se les desarma el hormiguero. Despacio sin que lo notaran, por la gran cantidad de camiones detenidos, logramos escabullirnos en busca de “eso” que había caído del cielo.

A muy poco de circular por la Avenida Costanera vimos “eso”, era inmenso y de un fuerte color amarillo dorado. Con el resplandor del sol matutino brillaba con una intensidad que cegaba los ojos. Busqué un lugar donde estacionar la Rambler y nos bajamos a ver “eso” sumergido a medias en el Río de la Plata. “¡Qué lástima que no traje la cámara!”, gritó Fabián. Todos nos dimos vuelta para mirarlo. “¡Qué estúpido!”, se dijo cuando cayó en la cuenta que si no era una cámara de rollo, como las viejas, no funcionaría.

Parado y apoyado en la baranda de cemento de la Costanera estaba un tipo algo mayor que no apartaba la vista de “eso” que estaba en el río. Despacio me acerqué a él. Me puse a su lado y comencé a mirar “eso”. Al rato de estar en silencio comencé a notar que el color amarillo dorado iba variando de colores y nunca volvía a pasar por el mismo tono.

“Hace cinco horas, creo que más, que lo miro y todavía no repitió un color”, dijo el tipo de la Costanera. “Estaba acá cuando cayó”, me dijo mirándome por primera vez a la cara. Entonces como si necesitara contarle a alguien lo vivido comenzó su narración. El tipo vivía en un pequeño departamento que se calentaba como horno en el verano y buscando algo de fresco solía, en las noches, subirse a su bicicleta y pedalear hasta el río. Ahí se pasaba muchas horas buscando una brisa fresca que lo refrescara. Cuando lo lograba se montaba en su bicicleta y se volvía a su diminuto departamento a tratar de conciliar el sueño. Cosa que no lograba porque la ciudad comenzaba a despertarse a su regreso a casa.

Estaba en eso de retornar al hogar cuando oyó a sus espaldas un bramido y al darse vuelta vio “eso” que caía del cielo directo al río. Buscó refugio porque se imagino lo peor. Un estallido y un posterior incendio. Pero nada de eso pasó. Solo que una ola barrió la avenida a todo su ancho y lo hizo sopa. Así que quedó mojado de la cabeza a los pies junto a su bicicleta a punto de emprender el regreso a casa.

“Pero hace tanto calor que ya me sequé. Además me quedé mirando 'eso' que cayó del cielo y no sabes la paz que me transmitió. Al poco tiempo se produjo un silencio en toda la costa. Fue, es, una experiencia increíble. Noté algo raro cuando todos los vehículos se pararon”, dijo el tipo de la Costanera. “Claro si no funciona nada que tenga electrónica”, le dije. “Pero no así lo que tiene electricidad. Porque ustedes vinieron en la Rambler”, dijo mientras apuntaba con un dedo a mis pasajeros y a la rural estacionada en la Costanera. Le dije que era cierto y que hasta la radio de la Cross Country funcionaba normalmente.

“¡La radio funciona!”, exclamó y salió al trote para donde estaba estacionada. Atrás, como pude, lo seguí. Mientras trotaba detrás de él pensaba qué querrá este tipo. Se paró en seco al lado de la Rambler y me dijo, “encendé la radio”, casi como una orden. Le dije que solo se escuchaba estática, pero insistió. Me subí del lado del acompañante y giré la perilla de encendido. Algo cambió en ese mismo instante.

Una voz de mujer anunciaba las noticias de las siete y media de la mañana. “¿La mañana?”, pensé para mis adentros mientras miraba la cara del tipo de la Costanera. “La temperatura a esta hora es de 22 grados y la humedad del 75%. Es la hora 7 y 33 minutos en la ciudad de Buenos Aires”, anunció la locutora de la radio. Pero si es más tarde. Deben ser como las diez… El trino de un zorzal me devolvió a la realidad. Su canto era persistente, insistente diría en esa mañana de los últimos días de verano. Eran las siete y media de la mañana de un día como cualquier otro donde todo funcionaba a la perfección. Incluso todo lo electrónico. El día recién comenzaba para mí y todo, absolutamente todo, funcionaba normalmente.

Mauricio Uldane


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