domingo, 11 de mayo de 2014

Un viaje a Rosario

En los años ochenta trabajé en una redacción donde conocí a compañeros que realizaron un viaje de fin de semana a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Hoy les doy a contar lo que les sucedió en aquella oportunidad.



Ni bien terminé mis estudios de periodista conseguí trabajo en una editorial que se dedicaba a publicar revistas dedicadas a las microcomputadoras, que por aquellos años, de mitad de la década del ’80, estaba totalmente de moda. De hecho aprendí a usar una computadora con una primitiva Czerweny CZ 1500  que era la licencia nacional de una Sinclair inglesa de 16 kbytes.

Como lector de la revista “K64” comencé a mandar cartas, porque en aquellos años no había mail. El tema es que como les descubrí errores en los programas en lenguaje BASIC que publicaban terminaron llamándome para que fuera colaborador de la Editorial Proedi, que era la que publicaba las revistas “Load Sinclair”, “Load Drean Commodore”, “Load MSX” y la mencionada “K64”.

Así que de lector pasé a ser integrante de la redacción de la revista que leía y para el año 1987 ya estaba cobrando mi sueldo en blanco. Ahí es donde conocí a los protagonistas de la historia que les voy a contar este domingo.

El secretario de redacción, Ariel, había entablado una amistad con Eduardo y Andrea, ambos redactores de la editorial. Además eran novios por aquellos años y en verdad de periodistas no tenían nada ya que eran grandes conocedores de computadoras por haber realizado estudios de analistas de sistemas.

En los comienzos en que las computadoras iniciaron su ingreso en el mundo del trabajo los primeros en realizar notas y comentarios eran técnicos y no periodistas. Todo era muy nuevo en esos primeros años de la informática y un adolescente podía saber mucho más que sus mayores en cuanto al uso de la computadora. Mucho más notable que en estos tiempos que corren.

Un fin de semana mis compañeros decidieron hacer un viaje a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Ariel estaba casado con Patricia que era oriunda de Rosario así que el viaje a la ciudad era para visitar a parientes y amigos. Andrea y Eduardo se prendieron en el viaje, ya que Andrea era la propietaria del Citroën 3 CV que los llevaría al destino marcado para ese fin de semana.

El viaje nació por diferentes motivos, uno de ellos, fue que ya estaba concluida la Autopista Buenos Aires-Rosario. Por entonces una flamante vía de acceso a la ciudad de la provincia de Santa Fe. Por eso la excusa era probar esa ruta nuevita. Así que un sábado por la mañana, creo, partieron rumbo a Rosario, los cuatro a bordo del 3 CV.

El viaje de ida hacia Rosario no mereció más que elogios, aunque advirtieron que no eran muchas las estaciones de servicio que había a la vera del camino. Algo que jugaría un papel protagonista en el regreso a Buenos Aires. Pero para que adelantarse a los acontecimientos si ahora disfrutaban del lisito pavimento en las suspensiones del 3 CV.

Ariel y Patricia visitaron parientes mientras que Andrea y Eduardo recorrían Rosario con sus atractivos turísticos. Todo eran rosas y alegría. Luego de la visita a los parientes había que regresar a casa para el lunes ir a trabajar a la editorial. El domingo al caer la tarde emprendieron el regreso. Lo hicieron temprano por el tránsito, no tan abundante como es ahora en el siglo XXI, y por un amenazador frente de tormenta que se perfilaba sobre el río Paraná.

“Te imaginas si se nos pincha una goma bajo la lluvia”, mencionó al pasar Eduardo al arrancar el viaje de regreso a Buenos Aires. Acababa de convocar a al diablo o las malas ondas o a la mala suerte o a lo que quieran que se llame desgracia. Ni bien dejaron atrás el Parque de la Independencia y tomaron la flamante autopista una lluvia torrencial se descargó sobre el frágil 3 CV. Ni los limpiaparabrisas lograban evacuar el agua que caía sobre el pequeño parabrisas.

Pero como todos los fierreros de alma sabemos ese no es un impedimento para el 3 CV siga un marcha sin fatiga alguna. Estos nobles autos han salido de situaciones muchísimo más complicadas. Pero la pinchadura de un neumático frena al mejor automóvil del mundo, a menos que se quiera destruir la llanta involucrada. Y eso déjemelo para una competencia deportiva, pero no para un auto de calle en un viaje de placer.

Aunque de placer nada tuvo el regreso a casa para nuestros cuatro protagonistas. Tuvieron que mojarse para cambiar el neumático pinchado, en especial Andrea que era la dueña del 3 CV y una gran conocedora del auto. Tanto que lo repara ella misma. Algo no habitual en aquellos años y tampoco tan frecuente en la actualidad. Cambiado el neumático la marcha se reanudó. Nada raro, lo que sí un poco húmedo. Pero el camino a casa se reemprendió.

La convocatoria a la desgracia estaba hecha y el camino era largo y lleno de sorpresas. Como una nueva pinchadura en plena noche de tormenta. Parecía que solo caía agua sobre la Autopista Rosario-Buenos Aires. Como en algunos dibujos animados donde la nueve persigue al protagonista, esta gran nube seguía el trayecto de nuestro 3 CV. ¿Se acuerdan de la falta de estaciones de servicio en la autopista que notaron los pasajeros del 3 CV de ida a Rosario? Bueno ahora la padecieron hasta caminar kilómetros bajo la lluvia hasta dar con una que reparara el neumático para regresar a casa. Y digo neumático en singular porque le tocó a Eduardo hacer el camino de ida y vuelta con la llanta del 3 CV. Dos neumáticos no eran pesados de cargar en su viaje buscando la reparación necesaria, bajo la lluviosa noche en la autopista.

Claro imagino que habrá caminado puteando la mención a pinchar una goma en el inicio de un viaje de regreso a casa. Tal vez aprendió la lección y no solo no lo dijo más sino que ni siquiera lo pensó al iniciar un viaje en auto hacia cualquier lugar. De regreso al 3 CV a seguir mojándose y colocar el neumático reparado y rogar que no se pinchara otro hasta llegar a Buenos Aires a un lugar caliente y seco. Porque a esta altura el 3 CV no era el lugar seco que uno hubiera deseado.

Cuando el lunes vi las caras de los cuatro pensé que la habían pasado mal en el fin de semana. Y no me equivoqué. Pero lo que yo creía que era por falta de sueño por haber regresado tarde desde Rosario en realidad era el agotador viaje hasta altas horas de la noche del domingo, ya entrada la madrugada del lunes. Porque salieron, de Rosario, como a las 6 de la tarde y llegaron a Buenos Aires, como a las 2 de la madrugada del lunes. A las 9 de la mañana entrábamos a la redacción de “K64”. Con lo cual no pudieron dormir casi nada. Pero ese viaje a Rosario no l0 olvidarían por años. Tanto que yo que no fui protagonista lo recuerdo a casi 30 años de sucedido.

La moraleja de este relato es: “no digas nada negativo que pueda afectar tu viaje en automóvil. Ni siquiera lo pienses, a menos que quieras que se vuelva realidad”.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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