domingo, 27 de octubre de 2013

Un fuego incontrolable

Una historia contada por otra persona. Un relato que sucedió hace casi 30 años. Un auto de prestigio y caro. Las experiencias de su conductor ocasional y de cómo se comportó en ruta.

Renault Fuego de 1982, primer modelo fabricado en Argentina.
La foto fue tapa de la revista Su Auto de julio de 1982.


Debo confesar que nunca subí a una cupé Renault Fuego y el relato que leerán, a continuación, es una historia que me contaron cuando cursaba la carrera de periodista hace casi 30 años atrás.

Entre 1983 y 1985 cursé periodismo en la Escuela del Círculo de la Prensa de la ciudad de Buenos Aires. Por aquellos años no existían tantas posibilidades para obtener el título de periodista. Recién arrancaba la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lomas de Zamora.

Pero a mí me quedaba demasiado lejos para cursar. Por aquel tiempo trabajaba en la Secretaría de Cultura de la Nación y cursaba, en la noche, la carrera de periodismo. Fueron tres años duros de trabajo y estudio.

Mis recursos financieros no me permitían otro nivel académico, así que me tenía que arreglar con lo que había a mano. Además no me quedaba tan lejos de mi lugar de trabajo y de residencia por aquellos años.

Al segundo año de la carrera unieron dos comisiones por falta de alumnos. Muchos desertaron y así, las autoridades de la escuela, conformaron una nueva comisión con alumnos de la noche, la mía y la última de la tarde.

Pasé a tener nuevos compañeros hasta el final de la carrera. Entre ellos estaba el que me contó lo que le sucedió a bordo de la cupé Fuego de su padre.

Para muchos de nosotros este muchacho estaba en otro nivel social y económico. Tenía un Renault 12 cero kilómetro que dejaba en el estacionamiento de al lado de la escuela, en la calle Rodríguez Peña.

Yo también dejaba mi vehículo en el estacionamiento de Rodríguez Peña: una bicicleta. Esa era la pequeña diferencia de nivel económico. Ni hablar de otros compañeros que se volvían a sus casas en colectivo.

Un día el padre de mi compañero tuvo que viajar por negocios al exterior. Entonces se hizo acompañar por el hijo en su cupé Fuego. Fueron hasta Ezeiza, donde tomaría su vuelo. Mi compañero estaba exultante porque de regreso a Buenos Aires manejaría la Fuego por la autopista.

Mi compañero ni bien salió del aeropuerto de Ezeiza puso la Fuego a más de 130 kilómetros por hora por la autopista Ricchieri. Cuan fue su sorpresa cuando notó que la trompa de la Fuego, a esa velocidad, iba de derecha a izquierda. Navegaba y era notoria la flotación del tren delantero.

Ante semejante situación disminuyó la velocidad y no la pasó de 80 kilómetros por hora, hasta llegar al estacionamiento del padre, donde dejó la Fuego. Agradeciendo no haberla dejado a caballito de ningún guardarail de la autopista.

Al regreso de su padre lo fue a buscar con su humilde Renault 12. Ante la requisitoria de su padre, de porqué no había traído la Fuego, le digo lo que le había pasado en la autopista de regreso a su casa.

El padre le dijo, “¡ah! pero yo no la paso de 100 kilómetros por hora. Ya se que no se tiene a más velocidad”. “Te vas a matar” le digo mi compañero de estudios. “Cuando puedo la vendo” le respondió el padre.

Mi compañero no salía de su estupor al comprobar en persona que la Fuego no se tenía de trompa más allá de los 130 kilómetros por hora. Flotaba como lo hacían muchos autos de origen estadounidense, pero no aceptable en un auto de origen europeo de características deportivas.

Por eso les digo a muchos que quieren comprar un cero kilómetro, que si tienen dudas, respecto del automóvil a adquirir lo mejor es preguntarle al usuario que ya tiene un vehículo similar. Las experiencias conductivas de los propietarios comunes suelen ser mucho más reales que los test que publican en las revistas especializadas.

Recuerden que no todo lo que reluce es oro y el fuego puede quemarnos.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos