domingo, 21 de febrero de 2016

Carreras de autos

Durante mucho tiempo fuimos un equipo con el Gordo Horacio. Ambos nos dedicábamos a correr carreras de autos. Claro que éramos más amateurs que profesionales, pero nos desempeñábamos bastante bien. Aunque nuestros autos eran diferentes estábamos juntos en el mismo equipo. Algunas carreras las ganaba el Gordo Horacio y otras yo. Muchas veces hicimos el uno-dos. Algunos pensaban que éramos imbatibles.



Pero a pesar de ser del mismo equipo las preparaciones de nuestros respectivos autos eran muy diferentes. También nuestras habilidades a la hora de correr en pista. El Gordo Horacio, a pesar de su tamaño, tenía mucha agilidad y podía sorprender a los competidores rivales. Tenía la habilidad de hacerle creer a los demás que no era nada bueno.

Todo lo contrario, era un as cuando estaba inspirado y ganarle no era nada fácil. Su cupé Chevy amarilla era famosa en todo el barrio y en los barrios linderos. Había ganado tantas carreras que ya había perdido la cuenta. Pero la cuenta la llevaba yo: 72 carreras ganadas desde que empezó a correr.

Su Chevy estaba rellena de plastilina y en la punta usaba una cucharita que siempre, pero siempre, le robaba a su vieja del cajón de los cubiertos. “Un día vas a tener que regalarle una caja de cucharitas a tu vieja”, le decía cada tanto. El Gordo Horacio me miraba y se cagaba de risa.

En cambio mi cupé Torino blanca estaba rellena de masilla de vidriero, creía que así tenía un mejor peso y balanceo. En la punta usaba una bolita de acero que cambiaba según la pista que corriéramos. En el barrio era conocido por manguearle la masilla al Tano Víctor. El era el vidriero del barrio, el único que había en aquellos años.

Un día, el Tano Víctor, cansado que le pidiera masilla para mi Torino me dijo que no me iba a dar más. Entonces fue cuando se me iluminó la mente y le hice una propuesta. Todavía no entiendo como el Tano Víctor aceptó. Yo era un pibe nada más que corría con un autito relleno de masilla.

Pero el Tano Víctor accedió a mi propuesta. No era otra cosa que publicidad, sí una leyenda en la tapa del baúl de mi Torino. “Vidriería Víctor, la de confianza, al mejor del barrio”. El Tano estaba enloquecido con tener publicidad en un auto de carrera. Fui un precursor en eso de tener un sponsor a la hora de correr.

Claro era lo que veía en las revistas semanales de competición. Esa fue la imagen que me vino a la mente cuando el Tano Víctor se había puesto remiso a darme la masilla. El que me proveía de las bolillas de acero era Don Pepe, el mecánico del barrio, también el único. El capot fue para el Taller Don Pepe: “Su mecánico de cabecera en el barrio”, eso decía la leyenda en el capot.

Cuando el Gordo Horacio vio las publicidades me dijo que era una buena idea y se consiguió la publicidad de la Librería del Águila, la que le proveía la plastilina. Y lo mejor fue el Bazar Cosme. Así dejó de robarle las cucharitas a la vieja. Y le regaló una caja con 50 cucharitas. Nunca las llegó a usar todas.

Los otros pibes primero se rieron de las publicidades, pero en poco tiempo la mayoría de los negocios del barrio se veían reflejados en los autos de carrera. Incluso alguno hasta tuvo equipo propio, claro eran los hijos de los comerciantes.

A veces ganaba el Gordo Horacio y otras yo. Otras aparecía un pibe nuevo en el barrio y llegaba primero. Pero aquella tarde de primavera cayó un pibe alto y flaco con un Falcon negro. Nos pidió correr a los pibes que manteníamos la pista de la plaza. La comisión directiva, porque había una organización a esta altura del partido, lo dejó correr como invitado.

El Flaco Luis era nuevo en el barrio se había mudado a un departamentito con los viejos y una hermanita más chica. La primera vez que corrió en la plaza, con el Gordo Horacio, nos dimos cuenta que era una luz. Corrió y ganó. Sin fanfarronerías de su parte en esa primera carrera se ganó la confianza de todos.

La nuestra de inmediato y con el Gordo Horacio le propusimos que integrara nuestro equipo. “¿Cómo se llaman?”, nos preguntó. Con el Gordo nos miramos porque nunca se nos ocurrió un nombre. “¿Los tres?”, preguntó el Gordo al Flaco Luis. “Sí, los tres. Cómo nos llamamos”, le dijo.

Ahí fue cuando se me ocurrió que el nombre para el equipo era ese: “Los tres”. Al Gordo Horacio y al Flaco Luis les pareció genial. Así que nos pasamos a llamar “Los tres”. Hasta hicimos un logo que se lo pintamos a los tres autos. También le dijimos al Flaco Luis que se consiguiera algunos auspiciantes. Lo ayudamos y alguno del Gordo y otro mío, apoyaron al Flaco.

Ahora éramos un equipo y el barrio empezaba a quedarnos chico. Así que comenzamos a correr en los barrios linderos con buen éxito. El Flaco Luis tenía la inmensa habilidad de hacer pasar a su Falcon por lugares que eran impensados. Por adentro, por afuera o entremedio de dos autos rivales, el tipo se las ingeniaba para seguir su ruta como si nada.

Corría con su Falcon como si no les costara esfuerzo. Al menos no lo demostraba. En cambio el Gordo Horacio transpiraba la camiseta en cada carrera. Gritaba, se apasionaba y estallaba. Era un muestrario de estados de ánimo. El Flaco no demostraba nada era como de mármol. Yo estaba a mitad de camino entre los dos. Éramos el equilibrio de tres.

Por eso el nombre del equipo no fue puesto en vano. Pasó hacer nuestra marca en el orillo. En los barrios vecinos se nos comenzó a conocer como los “Imbatibles tres”. Así que en poco tiempo los barrios linderos también nos comenzaron a quedar chicos. Todo hasta que un día el Gordo Horacio vino con la noticia.

Había visto en una revista de deportes, del viejo, que estaba por empezar un campeonato de carreras de autos de masilla en el centro. “Nos van a comer el hígado”, dijo el Flaco Luis en su parquedad habitual. En parte tenía razón. Nosotros solo éramos unos pibes de barrio y esos tipos eran profesionales con auspiciantes de verdad con guita para bancarlos.

“Pero porqué no probamos. Total no tenemos nada que perder y mucho que ganar”, les dije al Gordo y al Flaco. Se miraron y luego me asintieron. Así que nos íbamos a inscribir en ese campeonato con la esperanza de al menos no hacer un mal papel.

Una tarde nos tomamos el colectivo hasta el centro y nos anotamos como equipo con nuestro nombre. Nos dieron un formulario a cada uno para completar con una pila de casilleros para llenar. Esto iba en serio y no eran carreritas de barrio. Nos estábamos metiendo en las grandes ligas. Al menos nos dejaron esa sensación en aquella tarde en una oficina del centro.

La primera carrera fue el último sábado de febrero en un circuito con todas las letras. Era perfecto. Nada de tiza en el suelo. No señor. Estaba pintado perfectamente con todos los detalles y hasta los pianitos. No lo podíamos creer. Nosotros que corríamos en la vereda con irregularidades y todo tipo de interferencias. Ver esa pista lisita era como tocar el cielo con las manos.

“La pista nos favorece mucho a nosotros”, sentenció el Flaco Luis ni bien vio la pista. “No será fácil ganarle a los locales, pero no vamos a desentonar”, dijo para cerrar su pensamiento. Con el Gordo Horacio nos miramos y comprendimos que teníamos ganado un lugar en el podio. Al menos alguno de los tres estaría entre los tres primeros.

Los autos se alinearon en sus puestos de largada. Por las pruebas de clasificación estábamos justo en el medio. Ni tan atrás, ni tan adelante. Los corredores comenzaron a mover sus autos según el orden de largada. Esperamos nuestro turno. El Flaco Luis fue el primero en salir. Con el tiro que hizo ya había avanzado tres posiciones.

El Gordo Horacio logré pasar a dos en el primer tiro, lo mismo que yo. Y así fue hasta la mitad de la carrera. Había que tener mano porque descubrimos que nuestros autos podían caminar más rápido por el tipo de suelo. En la mitad del total de vueltas ya estábamos entre los diez primeros. Ahí comenzaba la verdadera carrera.

El Flaco Luis hizo un par de tiros que logró que los locales lo aplaudieran. Ya estaba ubicado en tercer lugar. En quinto estaba el Gordo Horacio y sexto venía yo. Nada mal para tres pibes de barrio en una pista del centro.

Cuando el Flaco Luis quedó segundo arrancó nuevamente aplausos y gritos de la concurrencia. Algunos de los corredores no podían creer lo que estaba haciendo el Flaco con su Falcon negro. Para eso el Gordo estaba cuarto y yo quinto. Con el Gordo éramos como un trencito. Nadie se podía meter entremedio. Era una manera de cuidarle las espaldas al Flaco Luis.

Esto lo ponía seguro de seguir adelante tratando de lograr el primer puesto. Y no estaba tan lejos de lograrlo. Claro que delante tenía a los mejores créditos locales que no le iban a ser nada fácil la tarea.

En uno de los tiros el segundo y el tercero se colocaron de tal forma que iba a ser difícil pasarlos y era la última vuelta. Pero el Flaco estaba inspirado. Tiró de tal manera al Falcon que pasó por el huequito que habían dejado el segundo y el tercero sin tocarlos. Se adelantó tanto que alcanzarlo era muy difícil.

Mientras el tiro del Gordo lo dejó en tercer lugar y cuarto estaba yo. Pegado a la Chevy amarilla. Así que el único crédito local estaba en segundo lugar. Ahora comenzaba la batalla final. Y fue muy divertida con aplausos del público presente y vítores que nunca pensamos en escuchar.

El Flaco Luis estaba inalcanzable y el segundo prefirió conservar el lugar. Lo que no esperaba fue el ataque del Gordo Horacio que en un tiro lo dejó en tercer lugar sin posibilidades de alcanzarlo. Eso creo que lo desconcentró. Ahí apareció mi oportunidad.

Empezó mi batalla por lograr el tercer puesto en esa primera carrera del equipo “Los tres”. No era fácil de engañar y menos de pasarlo. Pero esa última vuelta fue la que concentró la atención de todos. El primero y el segundo lugar ya estaban definidos y no había forma de cambiarlo. Las actuaciones del Flaco Luis y el Gordo Horacio habían sido para el aplauso.

Ahora llegaba mi minuto de fama. Y esperaba estar a la altura de las circunstancias. Así que usé todo lo que había aprendido para llegar en tercer lugar. Por un lado y por el otro seguía mi acoso por el tercer lugar. Un tiro que no le salió bien al crédito local fue mi oportunidad. No era nada malo el pibe con su Mustang rojo, pero todos metemos la pata alguna vez en la vida.

Se quedó corto con el tiro por miedo a pasarse en la última curva y ahí fue donde lo pasé por un tramo largo. Tanto que para pasarme tenía que ser casi un mago. Pero no estaba todo dicho y en la última recta fue la batalla final. En el último tiro quedó a menos de un metro de la llegada. Yo tenía que pasarlo y cruzar la meta, era la última oportunidad que tenía.

Medí bien la distancia esperando mi turno. Calculé que si pasaba muy cerca del auto de él estaba en mejor condición de cruzar la meta con este último tiro. Ahora la distancia era larga y el Torino tenía que pasar al Mustang y cruzar la meta para llegar en tercer lugar. Se hizo un silencio mortal. Todos estaban mirando mi tiro. Una carga infernal. Pero eso no iba de a ser un impedimento para que lograra llegar antes a la meta.

Simplemente me concentré olvidándome de todo y me aislé para lograr que mi tiro fuera perfecto. Y lo fue tanto que no solo pasé al crédito local, relegándolo al cuarto puesto, sino que el Torino blanco cruzó la meta y siguió caminando por más de un metro más adelante. El aplauso del público no se hizo esperar, ni tampoco los gritos.

Lo habíamos logrado: tres pibes de barrio les habían ganado a los pibes del centro en la primera carrera y jugando de visitantes. La ovación a los tres no se hizo esperar. Y no fue la primera en ese campeonato de la ciudad de autos de masilla. Pero claro eso es otra historia.

Mauricio Uldane

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