domingo, 2 de agosto de 2015

La caravana

Me habían invitado a participar de una caravana de autos antiguos y clásicos. La verdad que han pasado muchos años de participar en caravanas y encuentros de autos. Ya estoy algo cansado. Conozco el mecanismo y se volvió algo rutinario. Así que no tenía ganas de ir, pero me insistieron tanto que participara con mi NSU Prinz que lograron convencerme.



A regañadientes, ese domingo que prefiero no ubicar en el tiempo, partí hacia el lugar de encuentro, una plaza, que tampoco voy a precisar su ubicación. No quiero abundar en más datos por los acontecimientos que me tocaron vivir. Todavía trato de olvidar lo que me pasó. Y les aseguro que no es fácil.

Cuando llegamos el NSU y yo a la plaza en cuestión había algunos madrugadores que ya estaban degustando las medialunas que ofrecían los organizadores de “La Caravana del Recuerdo”, así la habían bautizado los integrantes de ese club de autos antiguos, clásicos y motos. Por supuesto que tampoco les diré el nombre de la institución organizadora.

El día estaba luminoso, como esos últimos días de un invierno cálido, esta será la única referencia temporal. Notaron cómo está cambiando el clima. Recuerdo, no hace tantos años, sufrir un frío de aquellos en algún encuentro de autos en el Gran Buenos Aires. Ahora nada que ver. Casi parece una primavera fría.

Lo cierto que los autos que habían llegado antes que mi NSU eran muy buenas piezas. Autos inmaculados y en un estado de conservación, o restauración, envidiable. Muchas horas de trabajo, amor y pasión por los fierros viejos. Claro que una gran cuota de tiempo y dinero por parte de sus dueños. Todos esos ingredientes se tienen que conjugar para dar como resultado un auto magnífico al ser expuesto en alguna parte.

Me puse a charlar con algunos de los organizadores, ellos fueron los que me insistieron para que el NSU Prinz estuviera presente. Son conocidos de hace tiempo y hay una relación de amistad. Les comenté el nivel de los autos que ya estaban estacionados en la plaza y me dijeron que todavía estaban por llegar los mejores.

“¿Mejores que estos?”, atiné a decirle a mi interlocutor. Este solo me asintió con la cabeza. Me quedé pensando como se superaría el nivel de los autos estacionados mientras me deleitaba con una medialuna tibia y un café caliente. Caminaba entre esas bellezas de todos los tiempos mientras les sacaba fotos para atesorar ese momento. Todavía no tenía ni idea de lo que iba a pasar en el resto de esa mañana.

Efectivamente comenzaron a llegar autos antiguos y clásicos que superaban el nivel de los estacionados en la plaza. Hasta mi NSU, que está una joyita, parecía viejo y deslucido ante los autos que se comenzaban a acomodar esperando el inicio del arranque de la caravana, que normalmente lo hace una hora después de la convocatoria. Esta vez nos había citado para las nueve y media de la mañana.

Con una precisión suiza “La Caravana del Recuerdo” arrancó a las diez y media de la mañana. Antes, unos cinco minutos, los organizadores comenzaron a recorrer los autos estacionados en rededor de la plaza anunciando el pronto inicio de la marcha. Los bomberos voluntarios trajeron un vehículo que sería el que abriría la marcha y por delante un móvil de la policía de tránsito.

He participado en otras caravanas organizadas por este club y se que la policía de tránsito local colabora muy bien en el corte de las calles para que la caravana se realice en forma correcta. Se ve que al intendente de ese partido le interesan los automóviles del pasado, no como pasa en otros distritos de la provincia de Buenos Aires.

Para los que participaron, alguna vez, de una caravana de autos antiguos, clásicos y motos sabrán las reacciones que provocan en el público que se encuentra en las casas, las calles o los comercios por donde pasan esos autos, que parecen salidos de un libro de historia. “¡Mirá!”, es tal vez lo que más se escucha. Los deditos de los chicos señalando a sus padres, o abuelos, esos autos que no conocen, salvo en miniaturas o en la tele.

Pero verlos en vivo y en directo, y todos juntos, no es lo mismo. Por un momento la mañana de ese domingo se alegra por el paso de los viejos autos del pasado. Y casi es imposible no arrancarles una sonrisa a las personas que los ven pasar. Claro que también están los que tienen cara de culo porque la caravana, que como ésta tenía unos 100 autos, les cortan el paso de sus autos nuevos llenos de electrónica y plástico. ¿Sabrán que esos autos nuevos que manejan no “vivirán” 40 o 50 años como algunos de la caravana?

Una de las particularidades de “La Caravana del Recuerdo” era que se premiaría al mejor automóvil, que luego se expondría en un predio de la zona, y que también se elegiría el mejor atuendo de época. “No te viniste vestido de época”, me dijo uno de los organizadores. A lo que le respondí que gracias que había venido, por su insistencia. Así que la ropa de época ni había estado en mi mente.

Los mejores autos antiguos tenían a sus integrantes, casi todos eran una pareja de hombre al volante y mujer de acompañante, estaban vestidos tan bien como sus autos. Autos que parecían salidos de una concesionaria 70, 80 y hasta 90 años atrás. Realmente no podía creer el nivel de producción indumentaria que se habían tomado. La verdad que las ropas que tenían parecían ser de la misma época que sus autos.

La caravana se hizo algo lenta por la gran cantidad de autos. Si bien era domingo a la mañana, más cerca del mediodía, había tránsito en esa ciudad del conurbano bonaerense. ¿Notaron cómo ya no hay horas que no sean pico para el tránsito de una ciudad? Si sigue el incremento de autos todos nos veremos obligados a caminar o usar el servicio público de transporte, porque sacar nuestros autos del garaje, si tenemos la suerte de tener uno, será una tarea imposible.

La gente de esa ciudad estaba enloquecida con el paso de los autos. Hasta un señor entrado en años se puso aplaudir a los autos de la caravana. Nunca había visto semejante reacción. Si saludos, vítores o gritos al paso de los autos, pero aplausos nunca. Está demás decir que si los que participamos de caravanas cobráramos las fotos que nos toman viviríamos de renta. Siempre digo que sería interesante cobrar unos 5 pesos por foto tomada. Al final del día de un encuentro tendríamos plata como para llegar el tanque de nafta.

Fueron como unos 10 kilómetros el recorrido de la caravana y que dada la cantidad de autos participantes se extendió una hora y media, más o menos. Lentamente fuimos llegando al predio municipal donde se realizaría el encuentro hasta las cinco de la tarde. Tardamos bastante en entrar al predio. Al ingresar con el NSU me indicaron un lugar para estacionarlo, era donde estaban los mejores autos expuestos.

“¿Yo voy ahí?, le pregunté a uno de los organizadores, que conozco de hace años. “Si, tu auto es uno de los mejores”, me dijo. No tuve más remedio que acatar las indicaciones y ubicar el NSU en un playón de cemento que hacía las veces de lugar destacado donde se estacionaron los mejores autos que habían participado de “La Caravana del Recuerdo”. Entre todos esos autos estaban los que parecían que habían venido de otro tiempo con sus ocupantes.

Una vez que dejé estacionado el NSU comencé a mirar con detenimiento los autos antiguos que tenía como compañeros en ese playón. Realmente parecían traídos desde el pasado por sus conductores. Los detalles que tenían, los acabados y las pinturas nunca los había visto antes. Tampoco el nivel de las prendas de sus conductores y acompañantes.

En mi inspección más detallada algo me llamó la atención. La cifra del odómetro: 15.000 kilómetros en el que estaba estacionado cerca del NSU. Pensé que se había tomado el trabajo de volver a cero el contador de kilómetros al rectificar el motor. El trabajo de pintura y tapicería eran magistrales. Imaginé que el dueño había encontrado artesanos para realizar el tapizado a la vieja usanza y lo mismo para la pintura del auto.

Seguí con mis observaciones y ahí las cosas comenzaron a tomar otro tinte. Ninguno de aquellos autos antiguos tenía más de 30.000 kilómetros en sus velocímetros. Algo raro había en esos autos. No solo era el estado de conservación, sino que sus ocupantes estaban todos juntos aparte charlando como si se conocieran de toda la vida.

“¿De dónde vivieron?”, le dije a mi amigo del club organizador señalándoles los autos antiguos y sus propietarios. “La verdad que no sé. Es la primera vez que vienen. En un rato voy a charlar con ellos”, me respondió. Esas palabras no me tranquilizaron en lo más mínimo. Comenzaba a sospechar y no era nada bueno. Algo sobrenatural rondaba toda esta situación. Pero no podía dilucidar que era.

Seguí recorriendo la muestra admirando los autos que participaron de “La Caravana del Recuerdo” y ahora en el posterior encuentro. Todavía se estaban acomodando los últimos autos que participaron de la caravana. La verdad que eran muchos. De todas las veces que participé de estas caravanas esta era la más multitudinaria de todas.

Los últimos en entrar al predio era unos hot rod que realmente tenían un nivel de calidad pocas veces vista. Los autos de este estilo lo que más me gustan son los que logran conservar la línea del auto antiguo sin desvirtuar su diseño. Claro que ensanchando sus guardabarros para alojar neumáticos más anchos para soportar las mayores potencias de los motores instalados. Estéticamente están muy logrados y no cualquiera es capaz de realizar un proyecto semejante.

Me cansé de fotografiar autos expuestos en especial los autos viejos que parecían salidos de la máquina del tiempo. Las personas que habían venido con esos autos antiguos seguían charlando animadamente entre ellos y por eso no quise interrumpirlos para saber de dónde habían venido. En eso veo que uno de ellos se dirige a unos de los autos antiguos. Seguro que en busca de algo.

Esta es mi oportunidad pensé y sin dudarlo lo encaré cuando el hombre salía del interior del auto. “Hola”, le dije. El tipo se dio vuelta y me respondió, “buen día”. “Que lindo auto que tiene”, le dije a modo de iniciar la conversación. “Es lo mejor que pude comprar”, me respondió. “¿Lo compró así?”, le pregunté tímidamente como sabiendo la respuesta de antemano. “¡Claro! ¿Cómo iba a ser sino?”, me respondió. “La otra forma es restaurarlo”, le dije. “¿Restaurarlo?”, me respondió con una gran interrogación en su cara y se alejó nuevamente con el grupo de personas que charlaban animadamente.

Algo dentro de mi cabeza comenzó a tomar volumen. Pero no quería terminar de materializar esa idea. Era algo aterradora. Comencé a pensar que esos autos, al igual que sus propietarios, no eran de este tiempo. También pensé que era un sueño y tarde o temprano me despertaría algo sobresaltado. Pero lamentablemente todo era real y el sol del mediodía de ese invierno cálido me estaba calentando el cuerpo.

Volví a encontrarme con mi amigo del club organizador y nuevamente le pregunté si había hablado con alguna de esas personas. Me respondió que eran un grupo de amigos que habían venido de lejos. “¿De dónde?”, casi le grité a mi amigo. No llegó a responderme otro integrante del club lo estaba llamando por el handy a otro lugar del predio. Se disculpó diciéndome que luego hablábamos y se fue. Seguía con un gran signo de interrogación en mi cabeza y me acompañaría durante todo el encuentro en ese predio municipal en una zona del Gran Buenos Aires.

Durante todo el día traté de hablar con alguno de los integrantes del grupo, todos vestidos con ropas de época, como si las hubiera sacado del placard de la abuela. Cuando logré entablar un diálogo respondían con evasivas o peor desconocían los conceptos que les decía. O se hacían los bobos o no eran lo parecían ser. En mi cabeza la idea que no era de este tiempo se había instalado como un mojón. Y cuando algo se me mete en la cabeza no es fácil sacarlo de ahí. Eso lo tengo muy en claro.

Mi amigo del club organizador estuvo tan loco corriendo de un lado para el otro que las veces que lo intercepté no llegaba a prestarme la atención necesaria. Tenía puesta su mente que el encuentro saliera lo mejor posible.

Tuve la oportunidad de charlar con otros propietarios de autos que asistieron a “La Caravana del Recuerdo” y el posterior encuentro. Como quien no quiere la cosa los llevaba a hablar de esos autos antiguos y sus dueños. Nadie se daba cuenta de lo raro de la situación.

Comencé a pensar que solo era una obsesión mía y que nada malo pasaba. Pero algo raro estaba sucediendo y tenía la imperiosa necesidad de averiguarlo. Aunque me costara que me miraran mal, o peor, que pensaran que estaba loco. Loco me estaba volviendo la situación de estar al lado de unos autos y sus ocupantes que parecían salidos de una vieja película. En un momento dado que estaba debajo de un árbol tomando unos mates. Se acercó una de las mujeres del bendito grupo y me habló.

“¡Qué lindo su auto! Nunca había visto uno igual”, me dijo. “Es un NSU Prinz de los que se armaron en el país”, le dije. “Claro es un auto nuevo por eso no lo conozco”, me dijo y pegó media vuelta y se fue. Que el NSU Prinz era un auto nuevo era lo último que esperaba escuchar en esa tarde de domingo. ¿Nuevo para quién? Otra vez la idea del viaje en el tiempo comenzaba a girar en mi cabeza. Pero no era posible ni real. ¿Seguro? A esta altura de los acontecimientos nada era lo que parecía ser al menos para mí.

Como era de esperar uno de los autos vecinos se llevó el mejor premio por su estado y los ocupantes de otro, de esos autos, la mejor vestimenta de época. Mi amigo del club organizador estaba exultante por los autos y la ropa. Pero yo veía, o percibía, algo que nadie en ese lugar estaba notando: esas personas y los autos no eran de este siglo. Habían venido de algún lugar lejano, claro de otra época en el tiempo. Del fondo de la historia de los autos.

El tema era que no podía comprobarlo sin que me miraran torcido o pensaran que una chaveta se me había perdido en el recorrido de la caravana. En mi cabeza, a veces pienso que tengo muchas ideas dándome vueltas, se estaba gestado un plan para averiguar de dónde habían venido esos benditos autos.

Me mantuve atento a sus movimientos y cuando me percaté que se irían me dispuse a seguirlos. Antes me despedí de mi amigo del club que seguía metido en los quilombos de la organización. “¿Tan temprano te vas?”, me dijo. Si le dije que estaba algo cansado y que el lunes tenía que madrugar. Mentiras. No podía decirle que iba a seguir a los autos viejos para saber de dónde habían venido.

Lentamente, como vinieron por la mañana a la plaza de reunión, los autos antiguos y sus ocupantes salieron del predio tocando sus bocinas y saludando a dos manos. Detrás iba mi NSU. Los dejé que se apartaran algo para que no sospecharan nada pero me mantenía lo suficientemente cerca para ver sus movimientos.

Anduvimos varios kilómetros y por un momento pensé que realmente habían venido de lejos. Pero si eran de lejos me llamó la atención que nunca subieron a la autopista que estaba cercana al predio municipal. Esa autopista era troncal y comunicaba con otras autopistas o rutas. Eso me llamó la atención y mantuvo en primer lugar que venía de otro tiempo. En cualquier momento, si era esa la verdad, se manifestaría.

Seguí los autos antiguos en su derrotero por calles y caminos alternativos. Tarde o temprano algo sucedería y yo tenía todo el tiempo del mundo. En una de las vueltas se metieron en una calle sin salida. Al final se veía un muro o pared donde la calle se bloqueaba. Y pasó lo que me temía. Los autos comenzaron a travesarlas y desaparecer de mi vista.

Al salir del predio municipal había dejado a mi lado la cámara de fotos lista para usarla. Y la dejé en la modalidad video. Tenía toda la intención de grabar lo que, seguro pasaría, como testimonio de los acontecimientos que vería. Ni lerdo, ni perezoso activé la cámara y comencé a grabar la esfumación de los autos viejos delante de mis ojos. Cuando todos terminaron de pasar el silencio se apoderó el lugar. Había dejado mi NSU con el motor detenido casi a una cuadra de distancia.

Me acerqué a la pared para tocarla. Sabía que no encontraría nada. La pared era todo lo sólida que debía ser. Por más que busqué algo raro no lo encontré. Desanduve los pasos hacia mi NSU y una vez dentro vi el video que había grabado hacia unos instantes. Todo estaba documentado y se veía claramente como los autos se desvanecían al atravesar el muro. “¡Lo tengo!”, dije en un grito.

Luego de regreso a mi casa el entusiasmo se fue enfriando. ¿Quién iba a creerme? Podrían decir que era un efecto digital, cosa que es perfectamente posible con la tecnología actual. Solo era mi palabra. Los únicos testigos presenciales en esa calle desolada éramos el NSU, la cámara de fotos y yo. Nadie más que corroborara mis dichos o mejor mis visiones. Que no eran alucinaciones. Lo cierto que esa pared era una puerta a otro mundo, otro tiempo o lo que mierda fuera.

He visto varias veces el video de mi cámara. Lo he ampliado en busca de algún detalle que me esclarezca algo más lo visto aquella tarde de un domingo invernal. No le encuentro explicación. Lo único real es ese video que no me atrevo a mostrárselo a nadie. Ni siquiera a la recepcionista de la oficina donde trabajo que parece venía de otro tiempo por las cosas que dice y hace.

La Colorada, como todos la conocen, estoy casi convencido que es una viajera del tiempo. Un día me animo y el muestro el video que tengo en la computadora de mi oficina. Aunque tengo la leve sospecha que ya vio el video. “¡Qué lindo esos autos viejos que tenés en la compu!”, me dijo el otro día, y agregó “parecen como venidos de otro tiempo”.

Mauricio Uldane

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