domingo, 12 de julio de 2015

Vacaciones de invierno

La llegada de las vacaciones de invierno siempre significa salidas con los chicos que nos rodean a diversos lugares. Esto los padres de pequeñas criaturas lo saben de sobra, pero los que no somos padres a veces nos vemos involucrados en situaciones que nos hubiera gustado evitar. Ahora la vida nos lleva por lugares que ni siquiera soñamos que nos tocaría vivir. Algo de eso me pasó unas vacaciones de invierno que me gustaría olvidar como ese lugar de la Mancha.



Hace unos años logré restaurar un hermoso Valiant III de color azul noche. Me llevó mucho tiempo lograr que el auto quedara como salido de la concesionaria. Y eso siempre es admirado a todos los lugares que voy. Porque al Azul, como me gusta llamarlo, lo uso periódicamente. No a diario. Pero no soy de sacarlo solo los fines de semana. Creo que un auto es para usarlo, aunque sea un clásico. Con cuidado para preservarlo, pero que el auto se sienta vivo, como el que lo maneja.

Mi trabajo me permite tomarme unos días a mitad de año y por lo tanto me guardo parte de mis vacaciones para hacer un descanso. En eso estaba cuando sonó el teléfono de mi casa. Era una amiga que tenía a sus hijos en casa y ya se encontraba al borde del colapso nervioso. Requería de la ayuda del Azul y de su chofer. “¿No podrás llevar a los chicos de paseo en el Azul?”, me dijo Marisa en tono de súplica desde el otro lado del teléfono.

Cómo negarme a Marisa la conozco desde la infancia y sus hijos son como mis sobrinos. Se acuerdan del dicho “al que Dios no le da hijos, le da sobrinos”. Se aplica a la perfección a mi persona. Los hijos de Marisa pueden ser encantadores o endemoniados sin muchas escalas entre medio. A Marisa le ha tocado enfrentar la crianza de sus dos hijos: Luisa y Jorge sin ayudas. Su marido la abandonó pronto, no por que la dejara por otra, sino porque la muerte lo sorprendió muy rápido en su vida.

Así que Marisa suele contar conmigo para cuando necesita transporte para Luisa y Jorge. Los chicos disfrutan del asiento trasero del Azul como su propio reino. Algo parecido nos ocurrió a Marisa y a mí cuando mi Tío Ricardo nos llevaba de paseo en un Valiant III parecido al Azul. Ahora entienden porqué me tomé el trabajo de restaurar el Azul. Por más que intenté recuperar el auto de mi Tío Ricardo no hubo forma.

Lo último que supe era que su último dueño lo había llevado a compactar en la época del Saltimbanqui Riojano, ¿se acuerda de la frase “no los voy a defraudar? Eso fue determinante para que me pusiera a buscar otro Valiant III que lograra devolverme esos días en el asiento trasero del auto de mi Tío Ricardo. Lo logré, solo que ahora el que maneja soy yo y los hijos de Marisa disfrutan del asiento trasero como nosotros lo hacíamos a su misma edad.

Por todos estos sentimientos cruzados es que accedo a los pedidos de mi amiga Marisa. Que a esta altura es más que una amiga. Lo fue de antes pero como siempre la marea de la vida nos lleva a otros sitios. Tal vez los hijos de Marisa, que ahora son cuasi sobrinos, pasen a ser cuasi hijos. Pero otra vez el oleaje de la vida nos llevará a un determinado puerto. Que no sabemos dónde cuernos está el amarre.

El grado de locura de Marisa era grande. Se la oía desesperada en el teléfono y detrás los gritos de Luisa y Jorge. Le dije que iría. Me invitó a almorzar y luego a salir de paseo con el Azul y los chicos. “¡Chicos!”, gritó Marisa del otro lado de la línea. “Viene el Tío con el Azul”, terminó de decir y un “¡viva!” se escuchó en el teléfono. “Voy para allá”, le dije a Marisa y me encaminé a prepararme para poner en marcha el Azul.

Está de más decir que el Azul arranca siempre aunque esté parado por muchos días. Es como si el tiempo no pasara para él. A veces me pregunto que pasará con los autos nuevos de este siglo XXI con toda la tecnología que tienen encima. ¿Arrancarán dentro de 10, 15 o 20 años? Tengo la sospecha que no. Que han sido construidos para durar un tiempo. En perfectas condiciones y con un alto rendimiento. Pero no fueron pensados para estar en una familia por 40 años como estuvieron algunos Valiant, como el Azul.

Salimos del garaje con rumbo hacia la casa de Marisa que está casi a una hora de viaje. ¡Por suerte! Sino Luisa y Jorge estarían todos los días de las vacaciones de invierno en mi casa. Claro que con su madre, que es lo mejor de todo. Marisa no ha perdido su belleza que tuvo desde chica. Todo lo contrario con el correr de los años, y con dos hijos a cuesta, se puso más linda. Es como si su belleza de mujer morena se hubiera asentado. Creo que encontró la madurez en su belleza como en su persona.

Ya estaba en la casa de Marisa luego de viajar pensando que haría de mi vida con ella y sus hijos. Los chicos estaban en la puerta esperándome. Realmente parecían más eufóricos que de costumbre. ¿No se han puesto a pensar porque los chicos de hoy son tan acelerados? ¿Será el mundo, la sociedad o los padres? Creo que los pobres pibes de este siglo que caminamos son una esponja de todo eso y más. Luisa y Jorge saltaban como monos en la vereda con una algarabía desbordaba que se reflejaba en la cara de Marisa que me saludaba desde la puerta de su casa.

“Por suerte que llegaste rápido. Me tienen loca. No sé que más hacer para entretenerlos”, me dijo Marisa a modo de saludo mientras me daba un beso que me sonó más dulce que nunca. Una luz amarilla se encendió en mi tablero mental. Espero que no pase a color rojo, sino vamos a estar en problemas. ¿No estamos en problemas ya? Logré oír como un susurro en alguna parte de mi mente. Creo que es un tema que pronto volverá a aparecer. “¿A dónde los vas a llevar?”, le pregunté a Marisa. Ella me corrigió con un “¿a dónde los ‘vamos’ a llevar?”.

Ese “vamos” logró que la luz amarilla fuera de un color más intenso en mi tablero mental. “Te estas metiendo en un berenjenal”, dijo ese susurro, en un tono más alto, dentro de mi cabeza. “Cuando venía para acá vi un afiche de un circo que está cerca”, le dije para lograr salir de ese “vamos”. “¡Qué bueno! ¡Los chicos no conocen el circo!”, me dijo Marisa. “Sumaste puntos”, volvió a decir ese susurro en mi cabeza.

“Chicos después del almuerzo el Tío y el Azul nos van a llevar al circo”, dijo Marisa a Luisa y Jorge. Los pibes saltaron como monitos enloquecidos. “Vamos al circo Luxor. Vamos al circo Luxor”, repetían una y otra vez. “¿Luxor?”, preguntó Marisa mirándome a los ojos. “Ese es el nombre del circo del afiche”, le respondí a sus ojos color almendra. ¿Por qué estaban tan lindos los ojos de Marisa en ese mediodía antes de ir al circo? Sabía que tarde o temprano lo averiguaría. Y vaya si lo supe. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos en aquella tarde de vacaciones de invierno.

Almorzamos copiosamente. Debo decirles que Marisa es una gran cocinera desde chica le gustó cocinar. Recuerdo perfectamente comidas de todo tipo en su casa en compañía de sus padres. Ahora estábamos reeditando, de alguna manera, esos tiempos idos. Claro que ahora los chicos eran Luisa y Jorge. Los Hermanos Maravilla, como los solía llamar.

Luego de comidos todos nos preparamos para ir de visita al circo. Los chicos estaban exultantes por conocer, por primera vez en su vida, un circo en vivo y en directo. Solo lo conocían por fotos y por videos. Ahora vivirían en carne propia la vida en el circo. Y lo conocieron en algunos de sus aspectos menos conocidos. Como nos pasa con la vida misma.

Subimos todos al Azul. Luisa y Jorge en su reino del asiento trasero y Marisa y yo en asiento delantero. Los chicos cantaron todo el viaje hasta el circo Luxor. “Todo el día son así”, me dijo Marisa con sus ojos almendra buscando un refugio, aunque fuera solo por una tarde en esas vacaciones de invierno. Llegamos al circo Luxor que nos recibía con un gran cartel de bombitas de luces de todos los colores. Los chicos de entrada se quedaron fascinados con las luces titilantes.

Pero no sería lo único que les llamaría la atención en esa tarde de circo. Todavía quedaba lo mejor.  En la boletería Marisa sacó los boletos para todos bajo mi protesta de querer pagar. “Vos pusiste el transporte. Yo pago la diversión”, fue su tajante respuesta. Entonces le prometí que la merienda la pagaba yo en algún barcito que encontráramos por el camino de regreso a casa de Marisa. Les gustó la idea y me dedicó una sonrisa capaz de producir un desprendimiento en el Perito Moreno.

Entramos a la carpa del circo y buscamos nuestros lugares en las butacas. Luisa y Jorge estaban callados mirando todo. Tratando de absorber todo con los ojos. Esas imágenes quedarían para siempre en sus retinas. Más con los sucesos que nos tocaron vivir en la gran carpa del circo Luxor. Pensé que era más chico pero me trajo reminiscencias del Rhodas o el Tihany. ¿Se acuerdan de esos circos? Tiempos pasados.

Apareció el maestro de ceremonias en el medio de la arena del circo y anunció el inicio de la función. Unos perritos amaestrados comenzaron a realizar piruetas entre aros y luego comenzaron a saltar de un taburete a otro. “¿No era que no usaban más animales en los circos?”, susurró Marisa en mi oído. Su perfume me embriagó un rato y su presencia a mi lado complicó la situación. Balbuceé un “así tenía entendido”. Mientras los caniches blancos seguían haciendo piruetas en la arena del circo. Los chicos totalmente entusiasmados aplaudían enloquecidos.

Luego unos trapecistas lograron dejar con la boca abierta a Luisa y Jorge con sus proezas realizadas en las alturas de la carpa del circo Luxor. Pero el plato fuerte estaba por llegar a mitad de la función en aquella tarde de vacaciones de invierno.

En la arena aparecieron unos monitos vestidos con enteritos de jean y detrás su entrenador. Esos monitos debían realizar algún acto que nunca conocimos. ¿Por qué? Sencillamente porque los monitos se empacaron como mulas y no quisieron hacer su gracia. “Algo anda mal”, me volvió a susurrar Marisa en mi oído derecho. Su perfume me parecía más intenso como su calor cercano. Pero solo deben ser ideas mías en esa butaca del circo Luxor.

Claro que algo no estaba saliendo como lo había pensado el entrenador de los monitos de jean. Ahora el hombre, ya fastidiado, los estaba castigando lindo. “¡No le pegue a lo chico!”, se escuchó desde cerca de borde de la arena. Otra voz repitió lo mismo, sin la “eses” finales. El tono de voz no parecía de una persona en sus cabales. Pero no era uno el que gritaba que no les pegaran a los chicos. Eran cinco. Los exaltados que no lograban ver la diferencia entre un monito y un chico.

No podían ver la diferencia por el agrado de alcoholización que tenían en sangre. Lo cual que representaban, claramente, en como “arrastraban” la lengua para gritar como energúmenos. “¡No son chicos, son monos!”, gritó desde la arena el entrenador mientras seguía castigando a los monitos de jean. Luisa y Jorge estaban creídos todo era parte del espectáculo. Y eso parecía que le sucedía a otros de los espectadores por aplaudían las intervenciones de los “actores” involuntarios de esta situación.

“¡No le pegue a lo mono!”, dijeron a coro los borrachos, cambiando el protagonista de su reclamo. La cosa se ponía más pesada. Los monitos empacados en no hacer su acto y el reclamo de los borrachos de la primera fila de butacas del circo Luxor. “¿Quién dejó entrar a esos borrachos?”, me dijo Marisa ya sin susurrar. Aunque su perfume y su cercanía seguía siendo intensa, muy intensa. “No tengo idea, pero alguien les vendió la entrada”, le dije a Marisa apartando los sentimientos por el perfume y la calidez de su cercanía.

En eso, para calmar un poco las cosas, apareció en escena un payaso vestido como Piñón Fijo. Increpó a los borrachos mientras los chicos de la platea gritaban su nombre, el del payaso representado, a toda la fuerza que sus pulmoncitos les dejaban. ¡Qué pulmoncitos! Los borrachos de las butacas comenzaron a putear en toda una gama desconocida para mí al payaso. El payaso se encaminó hacia el lugar de los borrachos y siguió cambiando insultos.

Para este momento los chicos pasaron de la alegría de ver en escena a Piñón Fijo al estupor por las puteadas que profería ese querido payaso de la tele. Los borrachos les respondían recordando todo el árbol genealógico del querido payaso. A lo que el payaso les respondía de la misma forma o peor. Las caras de los pibes, con la boca abierta, que estaban sentados viendo semejante espectáculo, en vivo y en directo, demostraba sin dudas que no podía creer lo que sus ojitos les mostraban, ni los que sus orejitas escuchaban. Algunas madres comenzaron a taparles a las orejas y otras, además, les tapaban los ojos.

Llegó un momento que las puteadas llegaron a su máxima expresión y de ahí  pasar a los puñetazos no fue difícil que ocurriera. Así fue como Piñón Fijo se trenzó a trompadas con uno de los borrachos. Mientras el entrenador de los monitos se trenzaba con otro. Pronto se sumaron el maestro de ceremonias, que atendió a otro borracho. Los otros dos se comenzaron a pelear con los equilibristas. La arena del circo Luxor se había convertido en un ring. Casi como una parodia de “Titanes en el ring” aquel viejo programa de la tele. Donde personajes se agarraban a las piñas.

Algunos chicos disfrutaban del espectáculo, no programado del circo Luxor, siempre alguno tiene un poco de morbito o es un sadiquito en potencia. Lo cierto que la gran mayoría, en especial los más chiquitos, lloraban a mares porque Piñón Fijo estaba cobrando que daba justo. El borracho que lo atendía le estaba dando para que guardara y archivara.

La chica que nos había cortado los boletos a la entrada comenzó a pedirnos que desalojáramos el circo. La situación se había puesto fea y hasta algunos padres se sumaron a la pelea y todos se daban como en la guerra. “¡Qué desastre!”, atinó a decirme, casi en un grito, Marisa. Luisa y Jorge parecían divertidos de toda la situación. Ahí, en esa situación, es cuando digo que parecen endemoniados.

Cuando comenzamos a salir de la carpa del circo escuchamos la sirena de un patrullero. Alguien había llamado a la policía. La situación se había descontrolado por completo y los borrachos de la primera fila de butacas eran los responsables de la suspensión de la función del circo. Pensé para mis adentros que había sido una mala experiencia para Luisa y Jorge. Lo veía en la cara de Marisa.

Pronto llegamos al refugio del habitáculo del Azul. En ese preciso momento llegaban dos patrulleros de la policía. Por suerte ya estábamos afuera del gran quilombo de esa tarde de vacaciones de invierno en el circo Luxor. Pusimos distancia entre el circo y nosotros. Buscamos un lugar para merendar y lograr algo de paz. Pensaba cómo encarar la situación con los chicos, pero estos parecían muy divertidos reproduciendo lo que había visto en la carpa del circo. “¿Cómo vamos hacer?”, me dijo Marisa en un susurro. Parecía que me había leído la mente. Me encogí de hombros. No tenía respuesta.

Entramos en un barcito de barrio tranquilo y con pocos parroquianos. Nos sentamos para tratar de calmar nuestros inquietos ánimos y buscar respuestas para las preguntas de Luisa y Jorge. En especial hacerles entender que eso no era lo que se ve en un circo normalmente. Pedimos café con leche con medialunas para los cuatro. Los chicos estaban chochos de comer medialunas.

Marisa seguía con preocupación dibujada en su rostro. En eso Luisa lanza una pregunta: “¿Cuándo volvemos al circo Luxor?” “Eso, ¿cuándo volvemos?”, agregó Jorge. Nos miramos con Marisa sin saber qué responder. “Lo que pasó no es normal de un circo”, les dije. “Claro que no fue algo normal”, reafirmó Marisa. “Lo sabemos”, dijo Luisa con un sentido común a prueba de balas. “Por eso queremos ver cómo es el circo de verdad”, acotó Jorge.

Los chicos nos habían traído tranquilidad en cuanto a que no había sufrido trastorno alguno. El trauma parecía estar dentro de nosotros, los adultos, y no en los chicos. “El sábado que viene. Volvemos al circo el sábado que viene”, atiné a responder mientras a Marisa se le iluminaba el rostro. En mi cabeza el tablero tenía encendida una luz roja, pero no me importó. El sábado iba a ver a Marisa de nuevo, y claro a los chicos. Eso valía la pena, además el Azul iba a estar con nosotros. Qué tan malo podía ser. Que unos borrachos confundieran unos monitos de jean con chicos. Eso era parte del espectáculo del circo Luxor y si no lo era deberían incorporarlo como rutina. Después de todo había sido desopilante.

Mauricio Uldane

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