domingo, 9 de febrero de 2014

Copérnico y Galileo

No voy a hablar de los astrónomos europeos, sino de dos calles de la ciudad de Buenos Aires, que existen y no son un invento del autor de estas líneas. Tan real es esa esquina porteña que ahí me crié y pasé toda mi infancia y juventud.

La escalera de la calle Copérnico y en primer plano mi padre,
José Lorenzo Uldane. La foto es del 14 de abril de 1964.


Vivir en la última casa de una calle, Copérnico, que termina en escalera te marca en la vida. No es normal que salgas a la calle y te encuentres con una escalera a tu derecha. De esa escalera descendían los peatones que venían desde la otra esquina, donde termina Copérnico, la calle Gelly y Obes. Porque no solo finaliza en escalera sino tiene una sola cuadra de extensión. Así de corta es la calle Copérnico.

Calle que parecía una selva tropical porque sus balcones estaban profusamente cargados de plantas y flores de todo tipo. Hasta el canto de un tucán te acompañaba a lo largo de su cuadra. Parecía como si por un momento estuvieras en la provincia de Misiones. Además el silencio era notable dado las masas edilicias que te rodeaban que aislaban el sonido de la Avenida Las Heras, que corría, y corre, paralela a la calle Copérnico.

La otra calle, Galileo, no era mucho más larga. Dos cuadras de extensión. Pero una de esas dos cuadras era el edificio donde vivía y la estación de servicio Esso y la otra era normal. Algo normal en toda esta historia de calles y esquinas. Pero no crean que todo tendía a ser normal en esa parte del barrio porteño de Recoleta.

Pero la pregunta es ¿qué tiene que ver esa esquina con escalera con los viejos autos que supimos conseguir? Mucho porque es un serio obstáculo a salvar por los automóviles que buscaban seguir rumbo a la Avenida Las Heras, por ejemplo. En aquellos años la calle Copérnico no tenía ninguna indicación que no tenía salida. Pasaron décadas hasta que a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires se le ocurrió que podía colocar un cartel indicador. Si no recuerdo mal recién fue con la retornada democracia que pusieron sendos carteles en la esquina de Copérnico y Gelly y Obes.

Vista de la esquina de Copérnico desde la calle Galileo.
Los automóviles están estacionados frente al garaje de mi edificio.
La fotografía fue tomada el 29 de abril de 1964.

Locos siempre hubo y los habrá, sino pregúnteme a mí que tengo este medio de comunicación con ustedes lectores. Pero bajar un auto por las escaleras de Copérnico estaba dentro de las “locuras” de aquellos años de mi infancia. Como el dueño de un Citroën Mehari, imagino que un bacán de la zona. Porque no les comenté que en ese barrio vivía cada nene, y actualmente vive que para que vamos a hablar de su situación económica.

Volviendo al loco del Mehari le digo que este lo bajó por la escalera, para no tener que dar toda la vuelta manzana. Es una zona complicada por la distribución de las calles. Si te equivocabas en una de ellas podías terminar en la Avenida del Libertador, que está a unas tres cuadras de esa esquina del título de este relato.

Otro loco tenía una moto de motocross y como chiste bajaba la escalera de Copérnico a toda velocidad. Alguna señora paqueta se vio sorprendida por esta actitud del piloto de la moto. Varias veces lo hizo hasta que alguien hizo la denuncia a la policía y esta se puso en alerta. No lo hizo más. Tampoco supe quien era el dueño de la moto y su “proeza” de bajar a toda velocidad por la escalera.

Entre el frente de mi casa y la de enfrente había una vereda enorme. Ambas a la vera de la escalera de Copérnico eran las últimas de la cuadra. La de enfrente tenía la entrada del garaje ubicada justo ahí. Por lo tanto toda esa vereda era parte de la calle Galileo. Un día al salir de mi casa me encontré con un auto estacionado casi en la puerta de mi casa. Durante un tiempo comenzaron a usar esa gran vereda para estacionar automóviles.

Otra denuncia y los autos desaparecieron del lugar. Resulta que la calle Galileo, por aquellos años, no tenía medido su estacionamiento, era totalmente libre. Muchos automovilistas que tenían sus ocupaciones en el centro de la ciudad solían dejar estacionados sus autos allí. Es una zona con gran profusión de colectivos que te acercan al microcentro porteño.

A media mañana era casi imposible encontrar un lugar para estacionar, pese a que el estacionamiento era, y es, a 90º con respecto a la vereda. La calle Galileo es muy ancha y en aquellos años era totalmente empedrada. Además hay que tener en cuenta que muchos propietarios de autos tenían más de uno y no todos entraban en los garajes de los edificios. Como pasaba en el edificio que vivía.

A mediados de los ’80 estudiaba periodismo y regresaba tarde a mi casa a eso de las 10 y media de la noche. Como medio de transporte usaba una bicicleta, harto de los colectivos porteños, así que volvía de la zona del barrio porteño de Congreso con poco tránsito por aquellos años.

Como siempre entraba por la calle Copérnico y su esquina de Gelly y Obes. Para mi bicicleta verde tipo inglés con rodado ancho y freno a varilla, la escalera de Copérnico, no era ningún problema. Llegaba hasta el final de la calle. Me apeaba de la bici. La alzaba y bajaba la escalera para perderme en la puerta negra de la izquierda de la calle Copérnico.

Esa noche al llegar al lugar indicado veo la cola de un Ford Falcon estándar nuevo en una rara posición. Pensé que ese auto estaba un poco más allá de lo habitual de la vereda. Porque muchos para aprovechar el último lugarcito estacionaban su auto sobre la vereda a punto de bajar la escalera en forma accidental. Tal vez al Falcon le pasó eso. No a él sino a su conductor.

Porque ante mi sorpresa el Falcon tenía el tren delantero encima de los primeros escalones de la escalera de Copérnico. Así había quedado, su carrocería apoyada en la vereda y las ruedas delanteras en el aire sin tocar los escalones. Al lado del atrapado Falcon estaban el dueño y sus dos hijos adolescentes.

Llegué hasta el lugar y como siempre realicé la maniobra habitual. Ante la mirada de los tres integrantes del Falcon. Que observaban mis acciones para descender la escalera y perderme en la puerta negra de mi casa. Cuando empiezo a bajar la escalera escucho lo siguiente: “ves papá así tendrías que hacer con el auto. Lo levantamos y lo bajamos como el muchacho con la bicicleta”. Eso lo dijo uno de los hijos del propietario del Falcon. No llegué a escuchar la puteada del padre, si la hubo.

Vivencias al lado de una escalera que era el final de una calle que desorientaba a automovilistas y peatones. Más de una vez tuve que hacer de guía turístico ante la mirada atónita de las personas que no sabían cómo seguir, a pie, por esa calle rara, muy rara de la ciudad de Buenos Aires.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.