domingo, 4 de agosto de 2013

Un chivo en el barro

El regreso de unas vacaciones en la playa y el barro en la ruta. Un viejo automóvil tratando de llegar a su destino. Todo esto ocurrió hace 40 años en la vieja Ruta 11 de la Costa Atlántica.

El Chevrolet 1938 que mi padre tuvo muchos años a préstamo.


Hubo una época que para llegar a las playas del actual Partido de la Costa había que recorrer varios kilómetros de tierra. Ahí se centra este nuevo relato con experiencias vividas a bordo de uno de los viejos autos que supimos conseguir.

Nos remontamos 40 años en el tiempo y llegamos al final de unas vacaciones, pasadas en las playas de Mar de Ajó, en la provincia de Buenos Aires. Al volvernos a casa, para retomar nuestras tareas habituales, el barro nos sorprendió en la Ruta 11.

Por aquellos años era de tierra asentada con conchilla que sacaban de la costa bonaerense. Un noble Chevrolet 1938 nos había llevado hasta las playas de Mar de Ajó y, por supuesto, nos traía de regreso a casa.

Salimos del pueblo sin inconvenientes. Un día antes había llovido, pero nada que resultara tan intenso como para estropear el viaje de regreso a San Miguel. Sin embargo parece que sí había llovido más de la cuenta.

A poco de transitar por la Ruta 11, en el tramo que hoy es la Ruta Interbalnearia, las cosas empezaron a complicarse. Para mediados de los ’70 esa ruta era de tierra y se ubicaba más hacia el oeste que en la actualidad. Todavía es posible transitarla desde la localidad de General Llavalle.

El barro comenzó a aflorar y el tránsito de la ruta empezó a ponerse denso y lento. Habíamos salido a media mañana. Al avanzar hacia San Clemente del Tuyú nos encontramos ya con el tránsito atascado totalmente.

Los autos no avanzaban y si lo hacían era muy lentamente. ¿Qué pasaba? Un micro de larga distancia se había cruzado, por patinar en el barro, a todo lo ancho de la ruta. Había quedado un pequeño espacio cercano a la banquina contraria para pasar. El micro quedó mirando en contra del mar.

Una hilera de autos esperaba avanzar para continuar el viaje. En eso aparece un tipo, que venía del lado del micro encajado, avisando, auto por auto, que solo podían pasar camionetas  y autos altos. Me lo dice a mí, que estaba del lado del conductor, les recuerdo que el Chevrolet 1938 venía con volante a la derecha.

Le pregunto si podíamos pasar. Mira el rodado del  Chevrolet y me confirma que podemos avanzar. Así lo hicimos. Mientras tanto una camioneta Ford F-100 con cúpula nos había pasado por la baquina izquierda. Lo hizo casi de costado con las ruedas metidas hasta la mitad en el barro que reinaba en ese lugar.

Así fue como pasamos los vehículos que dábamos con el requisito de afrontar el resto del camino hasta El Centinela, la primera estación de servicio desde la costa. Avanzamos tranquilos en segunda y por el medio de la ruta embarrada.

Adelante nuestro, y a los lejos, iba la F-100 que nos había pasado por la banquina. En eso alguien, detrás nuestro, comienza a tocarnos bocina. Mi viejo dice “viene un loco atrás nuestro que quiere pasarnos”.

Efectivamente era un Fiat 1100. La pregunta era cómo lo habían dejado pasar. El tipo seguí tocando la bocina como un poseso. Cuando pudo mi padre le dejó paso porque ya no lo soportaba más.

Increíblemente nos pasó el Fiat 1100 con dos ocupantes. Un señor, que manejaba protestando y a su lado una señora. Rápidamente se alejó y se puso detrás de la F-100 repitiendo la misma maniobra que usó con nosotros: pegándose a la bocina del 1100.

El conductor de la F-100 terminó dejándolo pasar. Lo que no comprendíamos era el apuro del tipo si podía circular perfectamente. Aunque lo hacia a una velocidad mayor que la nuestra.

La explicación la obtuvo, mi viejo,  mucho tiempo más tarde. Resulta que el Fiat 1100 tiene unas cualidades barreras notables para su tamaño y despeje. Pero, siempre y cuanto se mantenga una buena velocidad en tercera marcha. De lo contrario el auto se queda encajado. Por eso el apuro del tipo.

Llegamos a la estación de servicio El Centinela, detrás de la F-100, embarrados hasta el techo. El Chevrolet 1938 no tenía lavaparabrisas así que ver a través del vidrio se hacia muy difícil. Lavarlo no fue una tarea nada sencilla.

Paramos un rato largo a almorzar y descansar, luego del estresante viaje por la Ruta Interbalnearia. Mucho tiempo, después de estar detenidos comenzamos a ver pasar autos totalmente embarrados por la Ruta 11.

Al micro atravesado no lo vimos. Imagino que tal vez rompió uno de los palieres en el esfuerzo por sacarlo de la banquina. Un regreso accidentado hasta que llegamos al asfalto. Pero una experiencia para contar a las nuevas generaciones que no conocieron esa vieja Ruta 11 de conchilla y barro.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos