viernes, 27 de enero de 2012

El Valiant y yo

Hace tiempo conté un viaje a la costa en un Valiant IV. Ahora les voy a narrar otras aventuras y viajes a bordo de ese auto de color azul noche, que manejaba mi papá.

Muchas tardes fuimos con ese Valiant a una plaza, que ya no existe, a andar en bicicleta. Mi viejo nos llevaba a mi mamá, mi tía abuela, a la bicicleta roja y a mí. La bici entraba perfectamente en el amplio baúl del Valiant. La plaza, de una manzana, es el actual predio que ocupa el Canal 7 de la ciudad de Buenos Aires, en la Avenida Figueroa Alcorta y Tagle.

Foto de la revista Parabrisas, número 76 de abril de 1967.


En los años ’60, cuando era chico, en ese lugar había una plaza que tenía árboles de tilo. El camino hacía una “U” que apuntaba hacia la Avenida Figueroa Alcorta. El camino era de polvo de ladrillo y tenía bancos debajo de la frondosa sombra de los tilos. Mi mamá y mi tía abuela solían “cosechar” los tilos para luego hacerse un tecito de tilo, bien fresco y natural.

En medio quedaba un espacio verde donde los chicos bien de Recoleta jugaban al polo en bicicleta. Imagino que algún gran polista habrá jugado alguno de los tantos partidos que allí se libraban por la tarde. Hasta había un torneo con equipos y todo. No era una pavada, lo hacían amateur, pero con un viso de profesionalidad. Solía mirar como jugaban y los tacazos que cada tanto ligaba alguna bicicleta.

En esa plaza, de la cual no recuerdo el nombre, que seguro es de algún prócer ilustre que supimos conseguir, aprendí a andar en bicicleta. En realidad tenía una experiencia larga de andar en bici con rueditas, siempre en esa plaza. Mi padre cansado de cambiar juegos de rueditas, los cuales gastaba con periodicidad, un día quiso que dejara las dichas rueditas y anduviera solo con mi equilibrio.

Una tarde de primavera o verano, porque ya hacía calorcito, me empujó por espacio de media hora hasta que salí andando solo. Una señora, que paseaba a un perro salchicha, se maravilló de lo rápido que había aprendido. Lo que no sabía la señora era que tenía en mi haber varios juegos de rueditas y como cuatro años de pedalear.

El Valiant IV también fue mi dormitorio en muchos viajes a San Miguel, en el Gran Buenos Aires. En 1968 mi abuelo paterno se enfermó y mis padres solían ir a ver cómo estaba después de su trabajo. Eso implicaba salir como a las diez u once de la noche. Por aquel año concurría al segundo grado de la escuela primaria y tenía siete años.

Muchas veces me llevaban dormido hasta el asiento trasero del Valiant y ahí seguía mi sueño tranquilo. Me acuerdo de haber ido y vuelto dormido. Otras veces me dormía ni bien salíamos de la casa de mis abuelos en San Miguel y al despertarme era el otro día para ir a la escuela Cornelia Pizarro, donde hice toda la escuela primaria.

Una vez me desperté y no sabía donde estaba. Era invierno y de noche. Me levanté y miré por las ventanillas del Valiant, era el patio de la casa de mis abuelos. Me volví a dormir y cuando desperté era el otro día y, por supuesto, estaba en mi cama.

Recuerdo una noche de invierno que me despierto, por las voces de mis padres. Al levantarme lo que vi por el parabrisas del Valiant era un manto blanco que rodeaba el capot. Miré para ambos lados y era lo mismo. En la luneta la situación era la misma. Era un espeso manto de niebla que solían ser muy frecuentes, a al altura del puente de Bancalari, sobre el río Reconquista, en una recién estrenada ruta Panamericana. Mi papá estaba asomado por la ventanilla y mi madre por la suya. Los dos trataban de ver donde estaban por y por donde circular. Viendo la situación decidí que lo mejor era acostarme y volverme a dormir. Así lo hice.

El puente sobre el río Reconquista, en 1968, era de cuatro manos, dos de ida y dos de vuelta. Su ubicación era en el medio de los dos puentes actuales de la Autopista Palazzo, más conocida como la Panamericana. Era una zona de bañados y basurales a cielo abierto, donde se quemaba basura. Ese humo sumado a la niebla era un factor riesgoso para producir accidentes viales.

El Valiant, en un verano, terminó en una laguna que había en un camino rural. Pero de esa aventura no participé. Mi padre, que era el chofer, llevaba a su patrón, la esposa de él y los cuñados de él. El patrón de mi vieja tenía algunas ocurrencias cuando iba a pasar el mes de enero en su estancia en la localidad de Cerrito, en el partido de Rivadavia en la provincia de Buenos Aires.

Le indicó a mi papá que fuera por un camino que él usaba cuando era joven. Obviamente que el camino rural era de tierra y no estaba en las mejores condiciones. Pero todo iba bastante bien hasta que se toparon con una laguna adelante de ellos. La decisión del patrón fue seguir, pese a que mi padre le sugirió volver por donde habían venido. Siguieron algunos metros hasta casi la mitad de la laguna, que iba de alambrado a alambrado. El Valiant empezó a patinar. Marcha atrás para sacarlo, lo mismo sigue patinando, para adelante primera y no hay caso el auto se encajó. Ni para atrás, ni para adelante. Hubo que bajar y mojarse.

El Valiant se había quedado colgado del diferencial. De un lado, el izquierdo el auto no tenía casi agua y la rueda trasera giraba loca. En cambio del lado derecho había agua hasta la mitad de la puerta y la rueda trasera estaba clavada. Hubo que pedir ayuda para sacar el auto de la situación húmeda en que se encontraba.

Tres horas tardó en venir el tractor para sacarlos de tiro. En el sitio había tres encajaduras de camiones y hasta la de un tractor. Los baqueanos de la zona no querían pasar ni siquiera en tractor. Así con agua en el motor se fueron andando hasta el destino final en la estancia. Mi padre dejó encargado que mientras estuviera el Valiant, en la estancia, le abrieran las puertas para se secara.

Por supuesto que hubo que hacerle el motor, con tan sólo, 70.000 kilómetros recorridos, ya que el auto era nuevo del año anterior. Pero como dice el refrán donde manda capitán, los marineros acatan la orden. Aunque esta sea zambullir el auto en una inmensa laguna bonaerense.

Recuerdos de un auto que formó parte de mi infancia aunque no pertenecía a mi familia, pero los autos viejos tienen eso no importa quién era el dueño, siempre nos dejaban una historia para contar. Linda o fea, pero tenían un lugar destacado en nuestras vidas, hoy eso no sucede. Sino recuerden cuando fue la última vez que vieron una foto familiar con un auto actual de fondo, como un integrante más de la familia.

Mauricio Uldane