domingo, 21 de junio de 2026

Recuerdos de invierno

Sonó el celular y automáticamente pensé “quién carajos llama”. Me molestan los llamados cuando estoy pensando una historia fierrera para publicar. Del otro lado era la voz de un hombre de cierta edad.

 


“Me pasó tu número un amigo tuyo. Me contó que escribís historias con autos. Tengo una que te puede interesar”, dijo y despertó mi curiosidad. No sin antes pensar que mi amigo Beto le había dado mi celular a un extraño.

 

Acordamos en vernos a la tarde en el Bar La Amistad. “Ah, lo conozco. A veces tomo un cafecito ahí. Es cerca de mi casa”, dijo este nombre llamado Ramón. Cuando corté pensé que después de todo podía tener una historia para escribir.

 

Además, mi editor dejaría de llamar todos los días para indicarme el poco tiempo que tenía para presentar un nuevo relato fierrero de ficción. Podía ser muy molesto cuando los tiempos urgían.

 

A la tarde me encaminé para el bar. Al llegar me llamó la atención un Ford Fairlane de color rojo. Se lo veía impecable. Me pregunté de quién sería. Entré y Don Manolo me hizo señas hacia mi mesa.

 

Ahí estaba sentado un hombre mayor que miraba por la ventana. Me presenté y nos saludamos. Era Ramón. El hombre que había llamado en la mañana.


 

“¿Viste el Fairlane?”, dijo. Asentí y ahí me enteré que era el protagonista de la historia que contaría más tarde, regada con dos cafés con leche y un plato de medialunas de grasa.

 

Ramón contó que lo compró volcado. Él había sido chapista y pintor. Así que luego de jubilado vio la oportunidad de tener un clásico. Sabía que la reparación llevaría un tiempo, pero no se preocupó porque tenía el conocimiento para hacerlo.

 

Por otro lado, había ahorrado el dinero suficiente para dejarlo como se lo veía estacionado en la esquina del Bar La Amistad. Si no supiera que ese Fairlane había tenido un accidente no lo hubiera descubierto.

 

“Tengo una amiga que vive en un pueblo a unos 200 kilómetros de acá”, arrancó Ramón. La amiga cumple años el 21 de junio. Así que ese domingo se fue para el asado que organizó su amiga y de paso estrenaba el Fairlane. Proyecto que le había llevado un poco más de un año.

 

El auto andaba de maravilla hasta que llegó a una curva. Cuando pasó por el lugar el auto se paró. Lo quiso arrancar, ya en la banquina, y no hubo caso. Empezó a putear a su mecánico, Luis, un hombre de su misma edad que se dedicaba a los autos clásicos.

 

Lo llamó por celular preguntándole cuál podía ser la falla. Le respondió que no sabía que intentara en un rato y le avisara. Sino arrancaba lo iba auxiliar con su camioneta. Esperó un rato. Más o menos entre el llamado, y que había revisado el motor, pasó una media hora.

 


Le dio arranque y el motor ronroneó como un gatito. Le avisó a su mecánico y siguió viaje a la casa de su amiga. Volvió sin problemas, y la falla, no volvió a aparecer.

 

Al año siguiente, para el mismo día, misma ruta, y misma curva, el Fairlane se volvió a parar. No llamó a su mecánico y espero media hora. El auto arrancó como si nada. En ese momento no le llamó la atención. Pero al año siguiente, cuando llevaba a su amiga a su casa, en el día de su cumpleaños, el Fairlane rojo se volvió a parar.

 

Le contó a su amiga, Laura, lo que le había pasado dos años atrás. “Qué curioso. Acá hace unos diez años hubo un accidente con un auto. Pero no recuerdo qué modelo era”, dijo Laura y Ramón se quedó con la intriga.

 

Durante el asado salió el tema del accidente en esa curva. Uno de los invitados, que era del pueblo, comentó que en la biblioteca tenían la colección del diario “La Voz”. El periódico local que había hecho una cobertura del accidente.

 

Ramón le pidió permiso a Laura para quedarse en la noche. Al otro día se fue directo a la biblioteca. Efectivamente encontró el ejemplar con la noticia del vuelco de un Ford Fairlane rojo.

 

El conductor se ahogó en la zanja que estaba al lado de la banquina. Fue un camionero que vio el auto volcado y paró. Pero nada pudo hacer. Hacía media hora que el Fairlane estaba sumergido.

 


Ramón en la noticia se enteró que el dueño del auto se llamaba Eulogio, y que estaba regresando a su casa cuando, al parecer, se quedó dormido, mordió la banquina y comenzó a dar vueltas hasta terminar en la zanja.

 

Eulogio, según los familiares, era un viajante que estaba regresando a su casa porque era el cumpleaños de su esposa. Entre el cansancio de manejar toda la noche y con la calefacción encendida, porque había comenzado el invierno, se durmió.

 

“Cuando salí de la biblioteca tenía en mi cabeza que iba a llamarlo Eulogio al Fairlane”, dijo Ramón. Antes de regresar a su casa pasó a saludar a Laura y le contó todos los detalles. También el nombre que le iba a dar a su auto.

 

Al año siguiente ya estaba preparado para que Eulogio hiciera la parada en la curva de la ruta. Para su sorpresa el Fairlane rojo no se detuvo media hora como le había sucedido los tres años antes.

 

Pero lo que Ramón no se esperaba era que Eulogio hiciera sonar la bocina durante toda la curva sin que él la accionara…

 

 

Mauricio Uldane

Creador y editor de Archivo de autos

 

https://magic.ly/archivodeautos

 

Aniversario 15º / 2011-2026

 

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