Sonó el celular y automáticamente pensé
“quién carajos llama”. Me molestan los llamados cuando estoy pensando
una historia fierrera para publicar. Del otro lado era la voz de un hombre de
cierta edad.
“Me pasó tu número
un amigo tuyo. Me contó que escribís historias con autos. Tengo una que te
puede interesar”, dijo y despertó mi curiosidad. No sin antes pensar
que mi amigo Beto le había dado mi celular a un extraño.
Acordamos en vernos a la tarde en
el Bar La Amistad. “Ah, lo conozco. A veces tomo un cafecito ahí. Es cerca
de mi casa”, dijo este nombre llamado Ramón. Cuando corté pensé que después
de todo podía tener una historia para escribir.
Además, mi editor dejaría de llamar
todos los días para indicarme el poco tiempo que tenía para presentar un nuevo
relato fierrero de ficción. Podía ser muy molesto cuando los tiempos urgían.
A la tarde me encaminé para el bar.
Al llegar me llamó la atención un Ford Fairlane de color rojo. Se lo veía
impecable. Me pregunté de quién sería. Entré y Don Manolo me hizo señas hacia
mi mesa.
Ahí estaba sentado un hombre mayor
que miraba por la ventana. Me presenté y nos saludamos. Era Ramón. El hombre
que había llamado en la mañana.
“¿Viste el Fairlane?”, dijo.
Asentí y ahí me enteré que era el protagonista de la historia que contaría más tarde,
regada con dos cafés con leche y un plato de medialunas de grasa.
Ramón contó que lo compró volcado. Él
había sido chapista y pintor. Así que luego de jubilado vio la oportunidad de
tener un clásico. Sabía que la reparación llevaría un tiempo, pero no se preocupó
porque tenía el conocimiento para hacerlo.
Por otro lado, había ahorrado el
dinero suficiente para dejarlo como se lo veía estacionado en la esquina del
Bar La Amistad. Si no supiera que ese Fairlane había tenido un accidente no lo
hubiera descubierto.
“Tengo una amiga
que vive en un pueblo a unos 200 kilómetros de acá”, arrancó
Ramón. La amiga cumple años el 21 de junio. Así que ese domingo se fue para el
asado que organizó su amiga y de paso estrenaba el Fairlane. Proyecto que le
había llevado un poco más de un año.
El auto andaba de maravilla hasta que
llegó a una curva. Cuando pasó por el lugar el auto se paró. Lo quiso arrancar,
ya en la banquina, y no hubo caso. Empezó a putear a su mecánico, Luis, un hombre
de su misma edad que se dedicaba a los autos clásicos.
Lo llamó por celular preguntándole cuál
podía ser la falla. Le respondió que no sabía que intentara en un rato y le
avisara. Sino arrancaba lo iba auxiliar con su camioneta. Esperó un rato. Más o
menos entre el llamado, y que había revisado el motor, pasó una media hora.
Al año siguiente, para el mismo
día, misma ruta, y misma curva, el Fairlane se volvió a parar. No llamó a su
mecánico y espero media hora. El auto arrancó como si nada. En ese momento no
le llamó la atención. Pero al año siguiente, cuando llevaba a su amiga a su
casa, en el día de su cumpleaños, el Fairlane rojo se volvió a parar.
Le contó a su amiga, Laura, lo que
le había pasado dos años atrás. “Qué curioso. Acá hace unos diez años hubo
un accidente con un auto. Pero no recuerdo qué modelo era”, dijo Laura y
Ramón se quedó con la intriga.
Durante el asado salió el tema del
accidente en esa curva. Uno de los invitados, que era del pueblo, comentó que
en la biblioteca tenían la colección del diario “La Voz”. El periódico
local que había hecho una cobertura del accidente.
Ramón le pidió permiso a Laura para
quedarse en la noche. Al otro día se fue directo a la biblioteca. Efectivamente
encontró el ejemplar con la noticia del vuelco de un Ford Fairlane rojo.
El conductor se ahogó en la zanja que
estaba al lado de la banquina. Fue un camionero que vio el auto volcado y paró.
Pero nada pudo hacer. Hacía media hora que el Fairlane estaba sumergido.
Ramón en la noticia se enteró que
el dueño del auto se llamaba Eulogio, y que estaba regresando a su casa cuando,
al parecer, se quedó dormido, mordió la banquina y comenzó a dar vueltas hasta
terminar en la zanja.
Eulogio, según los familiares, era
un viajante que estaba regresando a su casa porque era el cumpleaños de su
esposa. Entre el cansancio de manejar toda la noche y con la calefacción
encendida, porque había comenzado el invierno, se durmió.
“Cuando salí de
la biblioteca tenía en mi cabeza que iba a llamarlo Eulogio al Fairlane”, dijo
Ramón. Antes de regresar a su casa pasó a saludar a Laura y le contó todos los
detalles. También el nombre que le iba a dar a su auto.
Al año siguiente ya estaba
preparado para que Eulogio hiciera la parada en la curva de la ruta. Para su sorpresa
el Fairlane rojo no se detuvo media hora como le había sucedido los tres años
antes.
Pero lo que Ramón no se esperaba
era que Eulogio hiciera sonar la bocina durante toda la curva sin que él la
accionara…
Mauricio Uldane
Creador y editor de Archivo de autos
https://magic.ly/archivodeautos
Aniversario 15º / 2011-2026




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