domingo, 25 de octubre de 2015

Calle desierta

Como todas las mañanas me desperté temprano para ir a mi trabajo. Siguiendo la rutina, luego de desayunar, me dirigí a mi auto estacionado en la calle para ir a la oficina. La primera sorpresa del día: mi auto nuevo no estaba estacionado. “¡Me lo robaron!”, fue lo primero que pensé. Ahora con los acontecimientos acaecidos fue una estupidez de mi parte.



Ya era tarde para lágrimas y para hacer la denuncia. Así que volví a entrar a mi casa para buscar las llaves de mi Chevrolet 400. Dejé las llaves del nuevo colgadas y tomé las del Chivo. El Chivo duerme en el garaje de casa a buen resguardo.

Segunda sorpresa: el Chivo no estaba. Pero lo curioso que el portón del garaje estaba cerrado, sin llave pero cerrado. “¡Qué chorros tan prolijos”!, pensé. Se llevaron mis dos autos sin dañar nada. Justo que iba a volver a entrar al garaje lo vi. Enfrente estaba Don Abstemio López, lo llamamos así porque es el borrachín del barrio. López es su apellido, pero creo que ni él recuerda su nombre.

El tipo vive de curda en curda. No sé cómo está vivo todavía. Debe tener un hígado de acero inoxidable. Me cruzo la calle, que estaba desierta, y lo encaro a Don Abstemio. “¿No vio si alguien se llevó mis autos?”, le dije sin mucha convicción que me diera una respuesta razonable. Ya olía vino y todavía no eran las 8 de la mañana.

“Sus autos se fueron para el lado del río”, me dijo Don Abstemio señalando con el vaso vacío en su mano derecha. “¿Y quién se los llevó?”, le inquirí con cara de espanto. “Solos, los autos se fueron solos uno detrás del otro”, me dijo con una calma que solo lo podía dar el grado de alcohol en sangre que ya tenía en esa mañana de primavera.

“Como todos los autos de la cuadra”, me dijo y me señaló con el vaso vacío lo que no había visto: no había ninguno estacionado en la cuadra de mi casa. Es un lugar al que cuesta conseguir donde dejar el auto en la noche. En esa cálida mañana de primavera la calle estaba desierta. Ningún auto a la vista.

Tan loco estaba por la ausencia de mis dos autos que no me había dado cuenta al cruzar a mitad de cuadra para hablar con Don Abstemio. “¿Y dónde se fueron los autos de la cuadra?”, luego que dije “fueron” caí en cuenta que ya hablaba como Don Abstemio López. No había dicho robado. 

La respuesta de Don Abstemio me la temía: “se fueron para el lado del río. Solos, se fueron solos”, me dijo con mirada acuosa fijada en el horizonte de la calle hacia el río. Lo de “solos” me quedó retumbando en la cabeza por unos segundos. Era como si mi mente estuviera procesando eso de “solos”.

“Puedo ser el borracho del barrio, pero no soy ningún pelotudo para darme cuenta cuando un auto no tiene chofer”, me dijo Don Abstemio cómo si le hubiera insultado el honor de sus palabras. “No dudo de lo que me dice, es que no puedo creerlo”, le dije. “Yo tampoco, hace más de tres horas que tengo el vaso vacío y no tengo la fuerza para entrar a casa y llenarlo”, me dijo el borrachín del barrio.

Para su estado de vida estaba sobrio. Y eso marcaría un antes y un después en su vida. Como no podía dormir se había levantado de la cama y había salido a tomar el aire fresco de esa incipiente mañana de primavera de octubre. Ya estábamos a finales del mes y el calorcito era esquivo. Pero hoy no parecía que fuera hacer frío, todo lo contrario.

Como no podía dormir se paró en la puerta de entrada de su casa. Entonces, antes que el sol terminara de subir por el horizonte todos los autos de la cuadra se pusieron en marcha solos y se fueron para el río. Ese hombre me contaba eso para tratar de exorcizar semejante acontecimiento. Y ni siquiera había atinado a reponer el vino de su vaso vacío.

“Creo que no vuelvo a tomar un gota de vino en mi vida”, me dijo con cara de asombro. Creía que con eso espantaría de su mente lo que solo él había visto: los autos de la cuadra se habían idos solos. Me decía ser el único testigo de la ida de los autos rumbo al río. Aunque esto era una suposición de Don Abstemio.

No había pasado ningún auto desde que me crucé a preguntarle a Don Abstemio. Me volví para el garaje de mi casa en busca de mi vieja bicicleta. Esa que me acompañó como medio de transporte por espacio de 20 años. Ahora sería mi vehículo en busca de mis dos autos perdidos. Era como si algo, o alguien, los hubiera arriado como si se tratara de ganado mecánico.

Estaba dispuesto a averiguar qué les había pasado. Total no creo que nadie fuera a trabajar hoy. Si no había ni colectivos, ni taxis, ni autos, y dudaba que los trenes funcionaran. Así que descolgué mi vieja bicicleta y le inflé los neumáticos. Menos mal que hace algunos años me agencié de un viejo compresor que un chapista, que cerraba su taller, me lo vendió por unos pocos pesos.

Es uno de esos grandes que usan en los talleres de chapa y pintura. Más de una vez me había sacado de un apuro para inflar alguna rueda de mi querido, y ahora desaparecido Chivo. En especial cuando un domingo a la mañana temprano, justo antes de partir a un encuentro de autos, descubría que una de sus “patitas” estaba baja.

Tierra no tiene mi bicicleta porque hace años le hice una funda. Solo un poco de aire y estaba lista para llevarme a la verdad de lo sucedido a mis autos. Yo no sabía si iba a estar listo para reanudar el pedaleo luego de años de haberlo abandonado. Pero como dice el refrán “andar en bicicleta nadie se olvida”. Seguro que algo debía de estar oxidado en mi medio de propulsión…

Monté en mi bicicleta y salí despacio a la calle como para tomar temperatura en mis músculos olvidados del pedaleo. En la cuadra de mi casa me gané miradas de odio de algunos de mis vecinos por tener un medio de transporte alternativo. Creo que tarde o temprano todos andaremos en bicicletas en las grandes ciudades de este bendito planeta. Y no porque un funcionario gris de turno tuvo la brillante idea. Sino por necesidad de movilidad.

Era cierto, uno de andar en bicicleta no se olvida. Pero seguro que cuando volviera a mi casa no iba a olvidar que tenía algunos músculos perdidos en ciertas partes de mi cuerpo. Mi hablar de traste que me dolería por algunos días. Con esos pensamientos en mi cabeza terminé de comprobar que no había ningún auto estacionado en las calles, ni dentro de los garajes, algunos permanecían abiertos.

Muchos vecinos del barrio estaban reunidos tratando de ver qué carajo le había pasado a sus vehículos de locomoción. Yo ya tenía el mío propio y me estaba dando satisfacción. Debe ser por las endorfinas que se libera en el cuerpo por el ejercicio físico. Así que ahora mi meta era pedalear tranquilo, pero sin pausa, rumbo al río. Tal como me dijo Don Abstemio López.

Al andar me di cuenta que si seguía por la calle donde circulaba pasaría por delante de la casa de mi amigo Raúl. No hizo falta tocarle el timbre. Estaba como loco de un lado para otro buscando su preciado auto deportivo. El siempre se ha querido destacar del resto con sus autos. Si son rojos deportivos y con mucha velocidad final es su auto ideal. Como el que se había comprado solo seis meses antes y que seguro no había terminado de pagar.

De lejos lo vi a los manotazos. Mitad dentro de su garaje y la otra sobre la vereda. Hablaba con alguien pero no veía a la otra persona que estaba dentro del garaje. Era su mujer que parecía estar todavía en pijama y con todo el pelo revuelto. Claro el deportivo rojo de Raúl no estaba en el garaje. Eso no hace falta que se los diga.

Cuando paré justo delante del garaje de Raúl hice sonar mi bocina de pera de goma. Tiene un sonido que puede inducirte a error. Depende de donde la haga sonar parece un camión. Raúl pegó un salto, porque estaba de espaldas a la calle hablando con su esposa. Ella me saludó con la mano derecha. Es una mujer encantadora y simpática que nunca supe qué le vio a Raúl. 

Raúl es un tipo obsesivo que puede llegar a ser exasperante. Sin decir el mal humor que a veces tiene por las mañanas. Lo conozco del secundario y siempre fue así. Creí que cuando conoció a Marta, su esposa, las cosas cambiarían pero no, todo lo contrario. Pero en parte Marta era su cable a tierra. Era la que lo serenaba y lo volvía a la realidad.

Esa realidad que en esa mañana de primaveral parecía que se había ido de viaje junto con los autos para el río. Luego de repuesto del susto de la bocina de mi bicicleta, Raúl, se dio vuelta para ver quién era el estúpido. El estúpido, claro, era yo. Lo vi en sus ojos. Lo mismo que la sonrisa de Marta ante la reacción de Raúl.

“¿Qué haces en esa bicicleta?”, me gritó desde el portón levadizo y automatizado de su garaje. “Voy para el río”, le dije a modo de intriga. Me encanta hacerlo engranar. Además puede llegar a ser muy crédulo. Pero en la cara de Marta también vi pintada la duda con una mezcla de sorpresa por mi respuesta.

“¿¡Y qué carajos vas hacer al río!?”, me espetó en un grito desesperado tratando de encontrar una lógica a todo. Pero ese día la lógica parecía que se había quedado dormida o se había ido de viaje. Tal vez estuviera en el río. Lo iba a averiguar.

“Voy en búsqueda de mis dos autos”, le dije serio y me quedé esperando su reacción. No tardó en llegar el insulto y Marta que trataba de calmarlo. Una tarea inútil esa extraña mañana de primavera del mes de octubre, de finales de octubre.

Raúl no lograba entender que los autos, nuestros autos, se habían ido solo para el río. “Me lo dijo Don Abstemio”, le dije para tener una fuente segura de lo sucedido con los autos del barrio. “¿El borracho?”, me preguntó como si yo estuviera loco. Le dije que si y que nunca lo había visto sobrio como esta mañana. Hasta le dije que el vaso en su mano estaba vacío.

“Vamos”, me dijo resuelto a averiguar lo que le había pasado a su deportivo rojo. “Yo voy en mi bicicleta. ¿Y vos en que vas a ir hasta el río? Son como 10 kilómetros para ir a pie”, le dije a Raúl. Recién ahí tomó conciencia que en todo el barrio no había un solo vehículo a motor que estuviera en el lugar.

Se dio vuelta y le dijo a Marta: “prestame tu bicicleta”. Por supuesto que Marta de la dio de buena gana. No creo que tuviera ganas de lidiar con su locura desde tan temprano en la mañana. Lo que debo decirles es que Raúl siempre fue, es y será un recalcitrante machista. Algo anacrónico en los tiempos que corren.

El tema es que la bicicleta de Marta es de un subido color rosa chicle metalizado. Color que siempre le ha gustado a Marta y que Raúl odia con todas sus fuerzas. Así que debía de estar muy loco para subirse a la bicicleta de su amada esposa. Claro que era el último transporte disponible en varias cuadras a la redonda.

Marta usa a diario su bicicleta por lo cual no fue necesario inflar sus neumáticos como me había pasado a mí. Mi bicicleta verde al lado de la rosa de Marta parecía excesivamente seria y eso se notaba a la distancia. Pero los ánimos no estaban con la temperatura para mencionar ese pequeño detalle.

“Cuidalo por favor. Está reloco”, me dijo Marta al oído sin que Raúl se diera cuenta. Con un gesto afirmativo de mi cabeza le di a entender que lo haría. La verdad que estaba trastornado por descubrir que su amado deportivo rojo no estaba en el garaje.

“Arranquemos para el río”, me dijo en tono resuelto calzándose el casco de Marta, que como era de esperar hacía juego con el color de la bicicleta. Mi casco era negro, otra cosa que nos podía en un contraste impresionante, pero me guardé muy bien de señalárselo a Raúl.

Así partimos en busca de nuestros autos qué por alguna extraña razón, o fuerza, se habían puesto en marcha solos y su destino final, parecía ser, era el río. A los pocos minutos de pedalear en silencio, Raúl, me dijo “¡qué lindo es andar en bici! Me había olvidado de la sensación”. Era evidente que las endorfinas habían comenzado a tranquilizar, y cambiar el ánimo de mi amigo.

Cuando éramos chicos solíamos salir los dos juntos a pedalear por ahí. Solíamos perdernos por barrios y calles lejanas. Varias horas podíamos llegar a estar arriba de la bicicleta sin sentir cansancio alguno. Pero claro éramos adolescentes en plena ebullición primaveral.

En el camino al río no vimos un solo auto, camioneta, camión o colectivo en las calles que cruzamos y por las que circulamos. Lo que sí vimos fue a personas caminando o reunidas en algunos puntos de la ciudad tratando de descubrir qué había pasado. Nos sorprendió ver, a la vuelta de la esquina de la calle donde veníamos, a un policía a pie.

Al vernos venir en las bicicletas nos hizo señas para que nos detuviéramos. “¿Para dónde van?”, nos preguntó más como curiosidad que con tono de autoridad a cargo de la seguridad de los habitantes de la ciudad. “Vamos hacia el río”, le dije a modo de vocero oficial del equipo de rescate de nuestros autos.

“¿Al río? Donde se fueron los autos”, nos dijo el cana. Entonces Don Abstemio tenía razón, los autos se había ido para el río. Le dijimos que si y que tratábamos de saber que les había pasado a nuestros autos. “A mí me pasó lo mismo. Al salir de mi casa me encontré sin el auto estacionado en la cuadra. Pensé que me lo habían robado, pero cuando hablé con un compañero de trabajo me dijo que le había sucedido lo mismo. Ahí me dijo que los autos se habían encaminado hacia el río. No entiendo qué pasó”, nos dijo el policía de a pie con una cara de asombro que no me trajo tranquilidad.

Si la autoridad estaba desconcertada que nos quedaba a los ciudadanos de a pie, en realidad en bicicleta. En eso estábamos un paso adelante del cana. Nos dijo que iba caminando hacia la comisaría donde tomaba servicio para procurarse de una de las bicicletas de la fuerza. Nos despedimos del policía y le dijimos que nos veíamos en el río. Le llevábamos ventaja.

Seguimos pedaleando sin cansancio, cosa que nos parecía algo anormal, luego de tantos años de no subirnos a una bici. “Mañana nos vamos a acordar del paseo de esta mañana”, le dije a Raúl. Mi amigo afirmó mis dichos con un movimiento de cabeza. Lo dijo con algo de resignación. Pero todo el esfuerzo valía la pena para descubrir el destino de nuestros autos.

En mis buenos tiempos de ciclista podía hacer 9 kilómetros en media hora. Ya llevábamos unos 45 minutos de pedaleo y todavía nos faltaba un par de kilómetros para llegar al río. Claro que íbamos a una velocidad de pedaleo acorde a nuestro estado físico actual: lamentable.

Llegamos al río. En la costanera no había ningún auto a la vista. Pero algo en mi interior me decía que los autos estaban cerca, y que no eran pocos. “¿Dónde mierda están los autos?”, dijo Raúl retornando de inmediato a su pésimo carácter. Hay cosas que no cambian según pasen los años, y a veces para mal.

“Busquemos a los autos. Creo que están cerca”, le dije a Raúl para tranquilarlo en parte y porque estaba seguro que los autos estaban a poca distancia de ese lugar. Lo presentía y mis presentimientos los respeto. Aprendí a tomarlos en cuenta con el correr de los años. Antes no le daba bolilla y así me iba en la vida. Ahora cuando le hago caso a mis presentimientos, por locos que parezcan, acierto y me pongo a la cabeza en las decisiones. Eso en mi trabajo se convirtió en mi arma secreta.

Por alguna razón le dije a Raúl que fuéramos hacia el norte por la costa del río. “¿Por qué?”, me preguntó. No le dije que era un presentimiento porque mi amigo no cree en eso. Le dije que parecía más lógico que los autos se fueran para ese lugar porque era el más apartado de la ciudad. Lo cual era cierto. Mi teoría lo dejó tranquilo e hizo un gesto de afirmación.

Así que pusimos en marcha las bicicletas hacia la margen norte del río, justo en el sentido contrario de la corriente. Tampoco vimos ninguna embarcación navegando por las aguas del río. Todo parecía estar en silencio. Lo único que oíamos era el sonido del agua chocando contra las murallas de la costanera y el canto de los pájaros en primavera.

Zorzales, calandrias, horneros, palomas, gorriones y hasta cotorras nos ponían música en nuestro camino junto al río en esa mañana de primavera. Nosotros seguíamos en busca de nuestros autos perdidos, o extraviados.

Adelante el río hacia una curva hacia la izquierda por lo tanto no veíamos más adelante hasta que entráramos en la curva. Al entrar vimos todo y nos quedamos petrificados. Los autos de la ciudad estaban todos juntos unos 500 metros más adelante. Autos, camionetas, camiones y hasta colectivos estaban estacionados de trompa hacia el río como si estuvieran en misa.

No lográbamos entender qué pasaba. Nos fuimos acercando de a poco y descubrimos que la cantidad de autos era inmensa. Nunca en mi vida había visto tantos autos estacionados, en esa cantidad, ni de esa forma. Estaban tan juntos unos contra otros que apenas quedaría un centímetro entre auto.

Ningún humano podría haberlos estacionado de esa forma. ¿Cómo hubieran hecho para salir del habitáculo? Era imposible abrir las puertas. Por eso era que la cantidad de autos era incalculable y todos de trompa al río con los motores apagados, como rezando. Eso era lo más loco de toda la situación. Pero algo más increíble nos quedaba por ver.

Apoyamos las dos bicicletas a la sombra de un árbol y nos sacamos los cascos. Con Raúl estábamos tratando de entender qué había pasado con nuestros autos, que todavía no habíamos visto en ese mar de autos. Nos quedamos un rato debajo de la sombra reparadora del árbol pensando qué había traído a los autos hasta este lugar apartado.

Ni siquiera se podía caminar entre los autos estacionados, porque como estaban de juntos de lado, lo estaban de trompa con cola. Apenas un escaso centímetro los separaba. Para poder avanzar había que saltar por los techos y capot. Cosa que no pensábamos hacer con Raúl. No había ninguna seguridad que no se pusieran en marcha solos como lo habían hecho para llegar hasta este sitio.

Tampoco habíamos visto a nadie más que estuviera en el lugar. Hablábamos de eso cuando vimos que el policía que nos cruzamos en el camino hacia el río, aparecía en la curva. Le hicimos señas y se acercó hasta nosotros. La cara de asombro del cana nos decía todo, estaba tan desconcertado como nosotros. No podía dar crédito a sus ojos.

“¿Qué están haciendo?”, nos preguntó el policía. A dúo le dijimos que estaban rezando. Ante la cara del cana le dijimos que al menos eso era lo que parecía. Seguía sin poder creer lo que sus propios ojos le transmitían a su cerebro. 

“¿Vienen más policías?”, le pregunté. Me dijo que sí pero eran pocas las bicicletas. Así que la mayoría se estaban desplazando a pie. Iban a tardar al menos una hora en llegar todos. Para cuando llegaran todo habría estado resuelto. En ese momento no lo sabíamos.

Los tres mirábamos a los autos tratando de descular este entuerto, cuando algo comenzó sonar. Era como un motor, pero a su vez no lo era. Un zumbido o algo parecido. Las aguas del río comenzaron a agitarse de repente y algo comenzó a emerger, como si se tratara de un submarino. Claro que no lo era. 

Lentamente una esfera gigantesca de un color negro muy brillante emergía de las aguas. La superficie parecía pulida a espejo y de un material desconocido para nosotros tres. El zumbido era cada vez más agudo. Los autos encendieron todas sus luces como si se tratara de un saludo.

Acto seguido todos los vehículos estacionados de trompa al río se pusieron en marcha y comenzaron a acelerar rabiosamente. “Están gritando”, dijo Raúl que ahora parecía que había logrado entender la extraña situación que nos tocaba vivir. “Sí, eso parece”, le dije a Raúl tenía mucho sentido común dado los acontecimientos que estábamos viendo.

Mientras la esfera negra brillante seguía elevándose sobre las aguas. Cuando estuvo como a unos 15 metros sobre el río comenzó a girar. Primero lento y luego con una rapidez que nunca había visto en mi vida. Los autos seguían enloquecidos acelerando a fondo. Pensé que luego que todo esto terminara, porque sabía, presentía, que acabaría, muchos propietarios tendrían problemitas con sus motores.

La imagen que asaltó mi cabeza en ese momento fue la de un grupo de fanáticos de alguna secta en presencia de su líder. Espero que no se suiciden saltando en masa hacia el río. Pero me guardé de decírselo a mis dos compañeros de la extraña experiencia, ¿paranormal? No lo sabía. También podía ser algo extraterrestre. Dudas, muchas dudas en mi cabeza.

La esfera giraba enloquecida y comenzó a cambiar de color. Pasó por toda la gama de colores que conocía y algunos que ni imaginé que existieran, como si no fuera de este planeta. El zumbido era ensordecedor y si le sumamos el rugido, por ya era eso, de los motores, todo parecía una fanática imagen de una pseudo religión.

Lentamente la esfera comenzó a elevarse y algo noté en los autos que me puso la piel de gallina. Los autos estaban levitando. Habían abandonado el suelo, más o menos, en unos 50 centímetros. Seguían acelerando a fondo y ahora comenzaron a hacer sonar sus bocinas. No solo gritaban, ahora saludaban a la esfera que había vuelto a ser negra brillante.

La esfera seguía su camino al cielo. Pero por suerte los autos habían vuelto al piso y no parecía que fueran a precipitarse al río. Simplemente le daban la despedida a la esfera negra que los había atraído al río en aquella cálida mañana de primavera de fines de octubre.

En un abrir y cerrar de ojos la esfera negra se esfumó en el cielo y los autos apagaron los motores y las luces. También sus bocinas dejaron su loco sonido atronador. “¿Qué fue eso?”, dijo el policía. “No tengo la más puta idea”, le dije. “Pero seguro que no era de este planeta”, le agregué.

El tema era cómo íbamos hacer para devolver los autos a sus lugares. En eso pensaba cuando nuevamente se pusieron en marcha. “¿Y ahora qué?”, dijo Raúl. Rápidamente nos dimos cuenta que pasaba. Como si los autos respondieran a una orden preestablecida, comenzaban a regresar, solos, al lugar de dónde habían venido.

Lentamente se pusieron en marcha y se armó una larga caravana. Tanto Raúl, como yo, vimos pasar a nuestros autos en perfecto estado. “¡Ahí va el mío!”, gritó el policía señalando uno de color verde claro. Su cara se iluminó. “Me costó mucho comprarlo”, nos dijo a modo de excusa.

Los tres decidimos que lo mejor era no tocar nuestros autos y que volvieran a casa solos. Además ninguno de los tres tenía encima las llaves de nuestros respectivos autos. Las habíamos dejado en casa pensando que nos los habían robado. Nunca pensamos que si lo encontrábamos no tendríamos forma de ponerlos en marcha sin romper algo.

Nunca pudimos saber qué pasó esa mañana de primavera, pero lo que sí entendimos fue que no tuvimos autos por varias horas. Alguien, o algo, nos hizo ver cómo sería nuestra sociedad sin autos: un verdadero desastre. 

Ahora, a la hora de escribir estas líneas, les cuento que vendí mi auto nuevo. Conservé el Chivo que uso los fines de semana y para ir a encuentros de autos. Para moverme en la ciudad uso mi vieja bicicleta verde. ¡Ah! Lo paso a buscar a Raúl por su casa y nos vamos pedaleando a nuestros trabajos. Eso sí, Raúl se compró una bicicleta roja con un montón de cambios. El deportivo lo vendió. Y mi vecino de enfrente, Don Abstemio, hace honor a su nombre.

Mauricio Uldane

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