domingo, 14 de junio de 2015

Yo, peatón

Hay días en que mejor no salir de la cama. En especial ahora que el invierno nos está por golpear la puerta de casa. Pero, las obligaciones de siempre nos mueven, a veces por inercia, a seguir con esta trituradora de mentes que es la rutina laboral. Así, que esa mañana, una como todas, salí de casa rumbo a mis obligaciones diarias. Lo que iba a suceder no estaba, para nada, en mis planes.



El día era frío, pero hermoso, como suele suceder en los últimos tiempos en donde vivo. Lentamente los inviernos han pasado a ser otoños largos. Todo cambia, o al menos eso me parece a mí. Lo cierto que con esos pensamientos en mi cabeza me encaminé al garaje para darle arranque a mi auto moderno. ¡Oh sorpresa! No quiso ponerse en marcha. Mudo, sin respuesta. No me quedó otra alternativa que llamar al auxilio. ¿Qué se puede hacer en esas circunstancias con un auto nuevo? Nada, simplemente nada. Al menos sin las herramientas electrónicas adecuadas.

Llamé al auxilio y me puse a esperar. Mientras tanto hice otro llamado a mi oficina para avisar que ya iba retrasado. No sería la única complicación del día. Solo estaba comenzando la maquinaria. Llegó el planchón que se llevó a mi moderno, e inútil auto, al menos en esta mañana fría, pero linda. Di las indicaciones para que lo llevaran al taller. Allí lo iban a estar esperando para resolver la nana que tenía. Mientras tanto revolvía mi billetera en busca de la SUBE. Iba a ser la primera vez que la usaría.

Mi esposa, peatona doctorada, me había insistido para que adquiriera una tarjeta SUBE y así poder viajar en el transporte público. La verdad me resistía. La consideraba el título de peatón. La verdad que ese pensamiento era una boludez, pero vieron como es el pensamiento de un tipo para que el auto es un apéndice de su cuerpo. La resistencia cesó y tuve mi SUBE con la carga de crédito suficiente para realizar un par de viajes. Hoy la iba a usar.

Salí de casa con mi SUBE flamante para debutar con el colectivo a dos cuadras de casa. Estaba caminando y la sensación era rara para mí. Llegó el bondi con cierto temblor subí mirando para todos lados dónde poner mi SUBE nuevita. “Ahí adelante, maestro”, me dijo el chofer con cara de hastío. “¿Hasta dónde va?”, fue su pregunta. Le indiqué mi destino y me cobró el boleto. La última vez que había subido a un colectivo existía la boletera y el chofer te cortaba un boleto de papel de colores diferentes según tu destino. Recordé cuando era chico y coleccionaba los boletos capicúas. Ahora ni boleto te daba. Me sentí defraudado.

Para mi sorpresa el bondi no iba tan lleno. “Claro, si la hora pico ya pasó”, pensé y me dediqué a mirar el paisaje urbano mientras otro manejaba y me ahorraba la tarea que hacía todos los días rumbo al trabajo. En cuarenta y cinco minutos estaba a unas cinco cuadras de mi laburo. Descendí del colectivo y me encaminé hacia la oficina. En ese preciso momento comencé a tomar conciencia que ahora era un peatón.

Lo terminé de confirmar cuando crucé la calle, luego de bajar del bondi, y un auto que doblaba casi me pisó. “¡Pero si yo tenía paso!”, pensé para mis adentros. Como peatón primerizo me fijé muy bien de tener el semáforo peatonal a mi favor para cruzar la calle. Pero ese auto rojo le importó un carajo que yo tuviera el derecho de paso. Dobló como venía y si no pego un salto para atrás me pisa. Ya era un peatón en la ciudad.

Me repuse del susto y seguí caminando hacia el edificio donde se aloja mi oficina. A media cuadra hay un estacionamiento para autos, en una época solía dejar mi auto, ahora, luego del ascenso tenía cochera gratuita en el edificio donde trabajaba. Al llegar al estacionamiento un auto salió como si se le enfriara el café con leche. Le importó una mierda que los peatones fuéramos los reyes de la vereda. Parecía una tropa de una ocupación haciendo una cabecera de playa.

Mi humor alegre por el viaje en colectivo se estaba alterando y eso que no había caminado una cuadra rumbo a mi trabajo. Iba mascullando esa bronca cuando llego a la próxima esquina. Semáforo en verde para los autos y rojo para los peatones. Espero mi turno para cruzar como un peatón honorable. Luz amarilla y luego roja para los autos. El hombrecito que de rojo pasa a blanco y comienza a mover sus piernas indicándome la habilitación para el cruce.

Lo hago y cuando inicio la marcha un auto a los santos pedos pasó en rojo delante de mis pies. Está de más decir que me acordé de todo su árbol genealógico, y no precisamente de la mejor forma. “¡Pero que hijo de puta, casi me pisa!”, dije en voz alta. Ante lo cual una señora que cruza de frente de me dijo, “cada día manejan peor”. La miré con un gesto afirmativo y ya no me sentí solo en eso de ser un peatón común y silvestre. Me sentía integrado y agredido.

La cuadra siguiente por suerte no pasó nada. Pero al llegar a la esquina veo como un desaprensivo automovilista había estacionado su vehículo obstruyendo la rampa de la esquina. Esa que usan los discapacitados, pero también es útil para cochecitos de bebés o changuitos de los mandados. En eso veo que una señora joven se acerca al auto. Ahora es la mía le voy a decir de todo. Claro quería descargar la bronca del auto de la esquina y del estacionamiento.

La bronca era de la joven mujer que venía agitando algo en la mano. Era un aerosol de pintura. Y ante mi asombro escribió, con pintura negra, la palabra “RAMPA”, con una flecha hacia abajo, indicándole al conductor, en su puerta, que había estacionado su auto en un lugar prohibido, pintado de un furioso color amarillo.

La mujer luego de cumplida su tarea y con un gesto triunfante en la cara se dio vuelta. Por un momento pensó que era el dueño del auto y que iba a agredirla. Pero rápidamente se dio cuenta de su error. “Me tenía podrida”, me dijo. Me contó que vivía en la esquina y ya le había dicho varias veces que no estacionara en el lugar. Que en la zona había muchos ancianos y madres con bebés que debían dar un rodeo para poder sortear el auto mal estacionado.

Pensé que la acción de la mujer era un gesto vengador, o reivindicador, de parte de los peatones que sufrimos (¿sufrimos?). Ya estoy hablando en plural como si toda la vida hubiera sido un peatón. Tres incidentes en la vía pública me doctoran en peatón. No puede ser pensé y luego de sortear el auto mal estacionado, y ahora pintado con una leyenda en la puerta, crucé la calle. No sin antes mirar para atrás. No sea que venga otro delirante y me atropelle antes de llegar a la oficina.

Seguí caminando con esos pensamientos en la cabeza cuando veo que una señora mayor cruza la calle por la mitad de cuadra como si estuviera en medio de una plaza. Pero esta mujer está loca, pensé. Un auto le va a pegar un revoleo. No sé si la señora tomó conciencia de su acto. Creo que no. Lo debía hacer a diario. Me imagino que pensaba que era más seguro que cruzar en la esquina donde un infeliz te lleva puesto por delante por hacerlo por la senda peatonal.

La próxima esquina, y eso que era la tercera cuadra, me esperaba otra sorpresita. Llego justo cuando el semáforo cortaba para los autos y habilitaba el paso para los peatones como yo. Inicio el cruce y un chirrido de neumáticos hizo que girara mi cabeza hacia la derecha. Un auto venía con las ruedas delanteras bloqueadas y detuvo su marcha a solo cinco centímetros de mis piernas. “¿Pero que mierda te pasa? ¿A dónde vas la puta madre que te parió?”, le dije en un grito totalmente desbocado. La cara del tipo era de total sorpresa. Su repuesta fue, “no vi el semáforo”.

Ahí no supe sin patearle el auto o sacarlo a patadas del asiento. Cómo puede ser que manejes un auto en una ciudad, plagada de vehículos de todo tipo y peatones, sin prestar atención a la conducción de tu auto. Cuando presto atención al tipo del auto veo que el muy boludo venía hablando por su celular. Todavía lo tenía pegado a su oreja. Por suerte no tenía un arma encima. Creo que le hubiera vaciado el cargador.

Temblando terminé de cruzar la calle. Y eso que todavía me faltaban dos cuadras para llegar a la oficina. Ya comenzaba a sospechar que no llegaría de una pieza o sin un golpe en alguna parte de mi cuerpo. El semáforo se abrió para la calle que acababa de cruzar, pero el tipo y auto todavía seguían detenidos. Creo que a ese, por un tiempo, no mucho, no le quedará ganas de hablar por su celular y manejar al mismo tiempo. Pero en poco tiempo, seguro, se olvidará y volverá a las andadas.

Tardé casi toda la cuadra en recuperarme del susto de ser pisado por un imbécil desaprensivo que maneja por la ciudad sin la menor responsabilidad hacia los demás. Mientras esperaba en la esquina mi turno para cruzar pensaba la forma violenta con la cual se maneja en la ciudad. Violencia que también involucra a los peatones que no respetan los cruces seguros o lo hacen por cualquier parte. Me ha pasado, como automovilista, que tuve que frenar por un peatón que cruzaba a las corridas a mitad de cuadra de una avenida. Eso es similar a cruzar un semáforo en rojo con un auto a toda velocidad.

Por suerte en ese cruce no pasó nada. Un respiro. Ya falta poco. En el próximo cruce de calle ya estoy en la oficina a salvo. ¿Seguro? Y a la tarde cuando vuelvas a casa ¿qué? Eso lo dijo una voz en el fondo de mi cabeza. ¿Será el famoso inconsciente? Estaba en esas cavilaciones cuando llegué a la última esquina antes de la salvadora oficina que me cobijaría unas ocho horas, libre de asesinos automovilistas.

Esperé como un buen peatón que el semáforo me habitara el cruce de la última calle. Luz verde, en realidad blanca, y hombrecito que mueve los pies y me dice que tengo veinticinco segundos para cruzar la senda peatonal. “Bueno, ya llego”, pensé. En eso veo por el rabillo del ojo la trompa de un auto que avanza doblando desde mi izquierda y clava los frenos a menos de cinco centímetros de mi pierna. “¿A dónde vas?”, me salió desde adentro. Menos mal que no lancé una sonora puteada.

En eso veo que el conductor se baja del auto y rodeando la trompa se dirige hacia mí. “¿Qué pasa?”, le digo. “¿Querés pelear?”, me dice el tipo, totalmente sacado, sacándose la campera con la intención de cagarme a trompas. Yo soy el violentado por su actitud de doblar sin respetar mi paso por la senda peatonal. Y se considera agredido. ¿Dónde quedó la racionalidad? Creo que en ese momento pensé que se había ido a la mierda.

Ahora le voy a tener que pegar a este tipo, que evidentemente tiene ganas de pelear temprano en la mañana. “¿Estás loco?”, atiné a decirle sin presentar la mínima intención de trenzarme a trompadas en medio de la bocacalle. “¡No te vi!”, me dice casi en un grito. “¡Ah entonces la culpa la tengo yo!”, le respondí. Eso parece que le regresó el sentido común. Me miró entre asustado y colérico y se metió nuevamente en su auto. En eso me di cuenta que había otra persona sentada en el asiento trasero. Era un remisero.

Crucé la calle con bronca y susto por lo vivido. En los pocos metros que restaban con la puerta del edificio de mi oficina pensé en ese pasajero en el remis. Yo me hubiera bajado en ese preciso instante. Ese remisero no estaba en sus cabales. Por no estar en condiciones mentales, por estar alcoholizado o drogado. O todo junto. Sinceramente me sentí en medio de una jungla siendo peatón esa mañana linda, fría y de otoño.

Por suerte el portero me saludó con un buen día y me preguntó si hoy estaba a pie. “Si quise estirar las piernas”, le respondí para sacármelo de encima. Llegué al ascensor y esperé un rato que bajara del último piso de la torre donde estaba mi oficina. Lo suficiente para calmarme y dejar la jungla de la calle donde debería estar, afuera de mi trabajo.

Subí hasta la oficina y allí me recibió la colorada que hace tiempo es la recepcionista de la empresa y la culpable de los suspiros de muchos de nosotros que no podemos superar la sonrisa de sus enormes ojos verdes. “¿Qué le pasó a tu auto?”, fue su dulce saludo al entrar. Le conté que se había muerto y que iba de camino al médico de autos. “¿Viajaste bien?”, me preguntó sabiendo que había venido en colectivo.

“Si, viajé muy bien en colectivo”, le dije. “El problemita fueron las cinco cuadras desde la parada del colectivo hasta la puerta de la oficina”, le dije. Un gran interrogante se pintó en su hermoso rostro lleno de pecas. Esas pecas, esas pecas y esos rulos que ponen el marco, a esas pecas. Es inútil no se puede tener una conversación normal con la colorada. Ella tampoco es normal y no parece de este tiempo. Siempre pienso que es de otra época. “Casi me pisaron varios autos, tuve que sortear un auto mal estacionado y por último un remisero me quiso pegar una trompada”, le dije en una breve síntesis de mis cinco tortuosas cuadras. “¡Ah lo de siempre!”, me dijo la colorada parpadeando sus enormes ojos verdes, muy enormes. Por arte de magia la mala experiencia desapareció. Al menos por esa mañana de otoño, fría pero muy linda. Como la colorada de la recepción, esa que parece de otro lugar.

Mauricio Uldane

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