domingo, 10 de mayo de 2015

Autos en la calle

Ahí estaba sentado frente al teclado de la computadora con la pantalla en blanco del procesador de texto. Lo único animado era el cursor que titilaba como diciéndome, "dale pibe, cuándo empezas a escribir". Se habla del síndrome del papel en blanco cuando la creación no toca nuestras mentes. Hoy tenemos que hablar del síndrome del archivo vacío. Vacía estaba mi cabeza de historias, esas que aparecen domingo por vez.



La verdad que no sabía que escribir. "Tiene que ser algo más o menos bueno. Para no defraudar a los lectores", pensaba mientras veía titilar el cursor en la blanca pantalla. Estaba en esos pensamientos cuando por el rabillo del ojo veo pasar un Mehari rojo seguido por un Ford Falcon a toda velocidad desde mi ventana que da a la calle.

"Qué raro", pensé. Pero seguí encerrado en mis pensamientos. Que fueron interrumpidos por el estrépito de una potente bocina de aire. Un verdadero estruendo en la tranquila mañana de mi barrio. "¿Quién será el energúmeno que toca de esa forma la bocina?", me pregunté cuando un instante más tarde pasó por mi ventana un 1114 desbocado en una loca carrera seguido por un patrullero de más de 40 años.

"¡No puede ser!", exclamé y busqué las llaves de la puerta de calle. Una vez en la calle llegué a ver la cola de un 504 celeste que se alejaba. "No puede ser", me repetía. Don Mario mi vecino de enfrente estaba en la vereda y me hacía señas para que cruce. Don Mario es un hombre mayor que tiene tiempo para conocer todos los movimientos del barrio, de día y de noche. No puede conciliar bien el sueño así que suele andar desvelado por las noches.

"Anoche vi al 600 que se prendió fuego y llamé a los bomberos", me dijo. "¿Qué 600?", le pregunté con voz temblorosa, temía la respuesta de Don Mario. "Está a la vuelta de la esquina. No quedó nada. Ardió como Juana de Arco", me respondió. No le quise decir a Don Mario que parece que Juana de Arco no murió en la hoguera, pero no era hora, ni momento. "Lo vi desde mi cuarto y llamé a los bomberos. Pero llegaron tarde y no hubo nada que hacer", me relató los sucesos.

Estaba en la cama leyendo cuando algo naranja le llamó la atención. Era la Bolita que ardía como una fogata de San Juan y San Pedro. No podía creer que la Bolita estuviera a la vuelta de la cuadra de mi casa. Así que caminé la media cuadra y al llegar a la esquina, a mi derecha, efectivamente estaba la Bolita incendiada. En eso pasó nuevamente el Mehari rojo con un Ford Falcon detrás a toda velocidad.

Del otro lado venía el 504 celeste esta vez vi a la colorada y puede constatar que tenía ojos verdes. Algo estaba pasando y no sabía qué. Volví donde estaba Don Mario y este me preguntó, "¿sigue el 600 ahí?", le asentí con la cabeza ya no tenía fuerzas para hablar. Cuando detrás de mí pasó un Valiant azul con tres muchachos en su interior. "Es la quinta vez que pasan esta mañana", me dijo Don Mario. 

"¿El Valiant?", le pregunté. A lo que mi vecino me contestó que sí. "No sé que buscan", me dijo Don Mario. "El río", le respondí en forma automática. Don Mario me miró como si estuviera loco. Estábamos, en el barrio, muy lejos de cualquier cauce de agua. Al darme vuelta veo pasar una Cross Country cargada de personas que iban cantando no sé que. "No puede ser", me dije nuevamente. Me puse a caminar por el barrio para ver qué pasaba en otras cuadras.

Al dar vuelta en la esquina de mi casa para la izquierda veo pasar un colectivo de la línea 105. Ahí terminé de confirmar todas mis sospechas. Los relatos se habían vuelto realidad. Por algún extraño fenómeno estaban corporizándose, materializándose, ficciones que habían salido de mi cabeza y que había dado forma en el teclado de una computadora. Ni siquiera habían estado escritas en papel, solo eran entes digitales.

Como si de repente los autos y personajes creados en una computadora en mi casa se hubieran escapado para tomar vida. Pero de mi computadora no habían salido. A esta altura de los acontecimientos me tranquilizó la idea que todo fuera un sueño y que en breve me despertaría. Pellizcarme me pareció poco, o muy visto, le encajé una soberana patada al árbol que tenía enfrente de mí. ¡La puta como duele! No estaba dormido. Ahora dormidos tenía los dedos de los pies por el patadón al árbol.

Seguro que iba a renguear todo el día. Doña María, otra vieja vecina, pasó a mi lado y me dijo, "¿qué le pasó?". Le dije que había tropezado con la raíz de un árbol. No le iba a contar la verdad para que me creyera loco, como Don Mario. "¿Vio ese 105? ¿Qué raro que pase por acá? ¿No?, me dijo Doña María. Me lo dijo con un tono y una mirada como si sospechara que era el culpable de todo lo que parecía estar pasando en el barrio.

El Mehari rojo seguía su loca carrera con el Falcon detrás. Por cuarta o quinta vez vi pasar al 504 y a la colorada. Ni hablar del 1114 con la bocina estruendosa y lleno de pasajeros. Todos, absolutamente todos, los autos de la calle estaban desquiciados. Y no sabía cómo habían llegado ahí, ni porqué. Caminé hasta la plaza del barrio en búsqueda de paz, verde y pajaritos. Pero los autos estaban por todas partes y alrededor de la plaza. Igualmente en adentré en la plaza y me senté a respirar un poco de aire más oxigenado. Mis neuronas lo pedían a gritos.

Estando sentado es cuando me acordé de la película "La Rosa Púrpura del Cairo" donde los personajes escapa de la pantalla en los cines donde se proyectaba la película. Ahí estaba el inicio de todo este entuerto. Los autos y los personajes se habían fugado de las miles de pantallas que leen los relatos publicados en Internet. Y la red es lo suficiente extensa para que esto pueda reproducirse en cualquier lugar. Eso me estremeció un poco. "¿Estará pasando lo mismo en otras partes?", me interrogué a mi mismo.

Salí disparado para la casa de artículos para el hogar que suele tener un LCD gigante en la vidriera sintonizado en un canal de noticias, todas malas por cierto. Llegué corriendo y sin aliento. Nada, todo normal. Un embotellamiento en tal lado, un choque en tal otro y un corte en aquel puente. El quilombo de tránsito de todas las mañanas. Pero nadie hablaba, o mostraba, que autos del pasado estuvieran correteando por ahí.

Era evidente que el problema estaba circunscripto al barrio donde vivo. Menos mal que mis vecinos no saben que escribo estos relatos. Pero Doña María algo sospechaba. Tal vez es una seguidora con un nic o un seudónimo. Como Fierra Gómez. No estoy pensando bien. Esto de los autos dando vueltas enderedor mío me está enloqueciendo.

Debo encontrarle una solución rápida o más autos y personajes se van a escapar de algún otro monitor. De vuelta a casa me crucé con un 3 CV verde con una gorda adentro. Espero que la puedan sacar del asiento, pensé con una sonrisa dibujada en los labios. El primer rasgo de humor en esta loca mañana. Un Torino rojo pasó volando con los vidrios bajos y la radio a todo volumen. "Allá va otro", pensé y seguí rumbo a mi casa. No quise levantar la cabeza de la vereda. Era levantar la vista para ver pasar un personaje o un auto de uno de los relatos ya escritos y publicados.

Una verdadera pesadilla que no le encontraba la forma de solucionarla. Y no era un sueño. El pie me dolía como el demonio. "Cuando llegue a casa me pongo una bolsa de hielo. Esa que tengo en el congelador que sirve para cuando me hoy de camping", me dije a mi mismo con un ligero rengueo. Otra vez el 1114 con la bocina a todo lo que da. Creo que es el más molesto de todos. Porque la verdad que el 504 con la colorada no me molesta que pase a cada rato. Más si la colorada me quiere dar un beso en la mejilla.

Pero eso no iba a suceder porque no está escrito. Al menos yo no lo escribí de esa forma. Seguía sin saber cómo iba a terminar esta historia. Tiene que tener un final porque si no, el final, lo tendré yo. Pero cómo lo finalizo. Eso pensaba cuando el dolor del pie me lo permitía. "¿Por qué se me habrá ocurrido patear el árbol?", pensaba mientras acortaba la distancia desde la plaza a mi casa.

Llegué a la puerta de mi casa. Entré y fui en busca del hielo en el congelador. Lo saqué y luego de quitarme la zapatilla me puse el hielo sobre la medida para que no fuera tan directo. Mientras esperaba que pasaran los quince minutos de la sección congelativa, pensaba cómo resolver este entuerto. Entuerto que ni siquiera había armado. ¿O sí? Al crear todas esas historias estas se creyeron reales y se materializaron.

El dolor menguaba y las neuronas comenzaban a preocuparse de otros menesteres. "¿Y si escribo un relato donde logre juntar a todos los personajes y los lleve a un lugar? ¿Eso no los devolverá dentro de las miles de computadoras de donde salieron?", pensaba. Tal vez podría funcionar, o no. Total no tenía ninguna idea para el relato del próximo domingo. Eso al menos sería una buena historia. Mezcla de ficción con realidad con algo sobrenatural, o sobredigital, para ser más precisos.

Me puse nuevamente la zapatilla, no sin antes putearme un poco por haber pateado el árbol de la vereda. Me encaminé hacia la computadora. Al sentarme frente al monitor veo que hay un texto escrito en el procesador. "¿Quién escribió esto?", dije en voz alta. No podía creer lo que veía en la pantalla del monitor. Estaba leyendo, lo que ustedes, están leyendo en este preciso momento. Estas líneas que hablan de autos en la calle. La pregunta que me hago es: "¿quién las escribió? Si yo no fui porque estaba en la calle viendo pasar los autos.

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Han pasado unos días del extraño suceso. Mis vecinos, casi, lo han olvidado. Espero que no lean estas líneas publicadas en alguna parte. En general son personas mayores que no usan la computadora. Don Mario me dijo que el 600 ya no está más quemado a la vuelta de la esquina y que los demás autos no pasaron más.

Otros vecinos, como Doña María, no me miran con recelo. Doña María parece que se olvidó de todo, creo que no es una seguidora de la página, y está preocupada por el frío que se vino de golpe en este otoño. Yo no puedo olvidar lo que pasó esa mañana. Los autos en la calle y por culpa mía. ¿Quién escribió este relato? Buena pregunta, que no sé si algún día lo sabré, como otras tantas que nos pasaron. Pero quién sabe si en un próximo relato dominguero todo este entuerto se resuelve, o no.

Mauricio Uldane

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