domingo, 30 de marzo de 2014

Nash: un sueño americano

Mi abuelo fue siempre igual: reservado, cordial y considerado. Pero esa mañana del 25 de junio, en la cabeza le daba vueltas ese infante que todos llevamos dentro cuando se nos pone el capricho en la cabeza. Y su capricho era ver el coche.

La trompa del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos
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Siempre, cuando existe la potencialidad de comprar un automóvil usado, aparece esa sensación que no solo se describe como ansias o impaciencia, sino también el profundo y verdadero deseo de que el auto esté en buenas condiciones y que madrugar haya valido la pena. Aunque en realidad, eso sucede hoy, que vivimos corriendo. Antes, había muchos menos coches en la calle, y tener uno lo ponía al propietario en una mejor posición social. No había prisa en comprar coche.

Rainieri (mi abuelo suele evitar los nombres de pila) era un mecánico de unos cincuenta años que tenía su taller sobre la Avenida Larrazábal, entre las calles Acasusso y Ercilla, vereda oeste, en el barrio de Liniers. Mi abuelo aclara que en ese entonces, no existía la especialización en materia de reparación de automóviles. Los mecánicos, que a lo sumo contaban con un peón, se ocupaban de todos los menesteres que al automóvil se referían: mecánica, electricidad, suspensión, tren delantero, etcétera. Y me cuenta que cuando ibas a buscar el coche listo al taller, Rainieri te daba la llave, le pagabas y te decía “Por diez mil kilómetros no venga a romperme las bolas”. Esto demuestra que los mecánicos de hoy en día se preocupan por conservar límpida la terminología de la época. Sin embargo, a pesar de las demoras y las groserías, el auto quedaba siempre perfecto.

Y Rainieri tenía en su poder, hacía ya unos años, un automóvil Nash 3798 Ambassador modelo 1937 en inmejorables condiciones, vehículo del cual mi abuelo se había enamorado irremediablemente. En varias ocasiones y hasta ofreciendo una buena suma de dinero, mi abuelo había intentado comprarle el auto a Rainieri, quien se negaba rotundamente.

Y en vista de la insistencia de mi abuelo y de su condición de vecino, Rainieri se ofreció a buscarle un Nash igual al suyo para que el pudiera comprarlo. Mi abuelo, agradecido, espero novedades por parte de Rainieri. Durante los meses de espera, estuvo muy cerca de comprarse un Lincoln Continental modelo 1945, de cuatro puertas y motor de ocho cilindros en línea, por el cual pedían 35.000 pesos de esa época. El coche era de un gitano que vivía en la calle Albariños, y estaba impecable. Pero para estar seguro de eso, mi abuelo necesitaba que lo viera un mecánico. Por cuestiones obvias, no podía hacerlo ver por Rainieri. Mi tío abuelo Waldo (su cuñado) le recomendó que lo hiciera ver por un amigo suyo, cuyo nombre se ha perdido ya en los arrabales de la historia. De todas maneras, una mañana de 1964 fueron el gitano  y mi abuelo en el Lincoln a ver a este tipo. Luego de revisarlo, mi abuelo conversaba con el mecánico sobre el vehículo cuando, al darse vuelta como un relámpago (vieja costumbre suya), ve al gitano haciendo un gesto con la mano abierta, mostrando el lado contrario de la palma al mecánico, como quien dice “cinco”. Mi abuelo sospechó entonces de un arreglo entre ambos, en el cual por la venta del vehículo, el recomendado de Waldo recibiría 5.000 pesos. Automáticamente anulo la operación y, tras el intento desesperado del mecánico de convencerlo, se ausento del lugar no sin antes enviar a los presentes al útero virgen de sus madres.

Su trabajo, la familia y otros asuntos le llevaban tiempo, de manera que no tenía posibilidad de buscar otro automóvil por sus propios medios, además de carecer del conocimiento necesario para determinar si un auto se encontraba en buenas condiciones. De manera que optó por esperar noticias de Rainieri.

Meses más tarde, golpean la puerta ya de noche. Cuando atiende por la pequeña ventana de la puerta alta de entrada (que aún sigue allí) se sorprende al darse cuenta de que se trata de Rainieri, que traía buenas nuevas. Había encontrado un Nash. Mi abuelo lo hizo pasar sin demoras, convidado con un café y masitas.

Un cliente de Rainieri, que también tenía un Nash, conocía a un hombre de apellido Petrone, dueño de un garaje en la zona de Palermo. Este caballero era propietario de un Nash que había decidido vender, pero Rainieri aclaró que se trataba de otro modelo diferente al suyo, pero se encontraba en condiciones inmejorables. Vacilante, mi abuelo aceptó acompañar al mecánico a ver el auto.

Y fue esa mañana del 25 de junio de 1964 que mi abuelo se paró frente al coche. Era un Nash Ambassador modelo 1947, de cuatro puertas, de un color no lejos del lacre o granate. Y le gustó; de verdad le gustó. Lo recorrió de punta a punta mientras escuchaba los comentarios de Petrone: seis cilindros en línea, 85 caballos de fuerza, arranque automático, radio AM y cubiertas de fábrica, auxilio sin rodar, tapizado símil pana. Mientras, Rainieri, revisaba los aspectos mecánicos y estructurales del coche. La cola del tipo AirFlyte y los guardabarros traseros en conjunto le daban un aspecto aerodinámico sin igual. El frontal lucía unos apliques cromados que lo hacían musculoso, robusto, y en el remate del capot, yacía una dama alada cromada que fue motivo del enamoramiento inmediato.

Petrone continuó con la historia de cómo había llegado el coche a sus manos. Un capitán de navío de la Marina Argentina, vice-comandante del Bahía Thetis lo había comprado de cero kilómetro durante uno de sus viajes a los Estados Unidos. Años más tarde entabló una amistad con Petrone, quien finalmente le compró el coche. Pero lo tuvo poco tiempo, pues casi no lo usaba.

Dieron un paseo de prueba, con Petrone al volante, mi abuelo a su lado y Rainieri en la plaza trasera. El cuentakilómetros acusaba 49.000 kilómetros de fábrica. El andar era único. Mi abuelo lo describió como “rodar en una cama con sábanas de seda”.

La cola del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos.
Petrone pedía 50.000 pesos por el coche. Mi abuelo y Rainieri solicitaron un momento para conversar. Rainieri sugirió a mi abuelo ofrecerle 45.000 pesos, cosa de poder pelear el precio definitivo. Conversaron los tres al respecto, y la suma definitiva se plantó en 47.500 pesos, que se pagarían 30.000 pesos en efectivo al momento de la compra y los restantes 17.500 pesos en diez cuotas. En esa época, era común que las cosas de gran calibre se pagaran de esta forma. Y cerraron trato ese mismo día, un 25 de junio de 1964, día en que, sin ellos saberlo, se celebra el día del barrio de Palermo.

Se lo llevaron juntos a la casa de mi abuelo, a mostrárselo a mi abuela, a mi madre y a mi tía. Ante el momento efusivo, Rainieri decidió retirarse no sin antes recibir el agradecimiento interminable de mi abuelo, y la promesa de que iba a llevarlo a su taller para cada asistencia mecánica.

Salieron los cuatro a dar la vuelta inaugural. Sobre la calle Fonrouge, poco antes de llegar a la Avenida Rivadavia, mi tía Mirna (que entonces tenía apenas tres años de edad) no tuvo mejor idea que abrir la puerta trasera derecha mientras el auto estaba en movimiento. Mi abuelo se dio cuenta instantáneamente y detuvo el coche a un costado de la calle, y sometió a mi tía a una serie de palabras de reprimenda y unos flagelos leves.

En esa época, mi abuelo tenía un kiosco de diarios en la esquina de Avenida Sáez y Coronel Fagola. En el kiosco trabajaban dos empleados: un anciano que hacía los repartos a domicilio y un camarada de mi abuelo de apellido Temez. Ambos ganaban 14.000 pesos y 40.000 pesos, respectivamente. Todos los jueves y domingos, mi abuelo iba al kiosco a pasarse la mañana para ver que todo estuviera en orden, y al mediodía se retiraba con la recaudación de los días anteriores. Ese era el único trayecto que conocía el coche, con excepción de algunos viajes al camping de la familia en Moreno y algunas visitas a las Piletas Olímpicas de Ezeiza. En manos de mi abuelo, no conoció la ruta, pues en ese entonces todavía no veraneaban en Necochea, pero él admite que si hubiesen sido habitúes de esa ciudad costera, sin duda hubieran utilizado el coche para el viaje.

Pero como no hay mal que por bien no venga, en febrero de 1966 sucedió algo. Se celebraba en casa de mi abuelo la Confirmación de mi madre. Y la casa estaba adornada con telas y luces de vela, y había comida y bebida para cincuenta personas. Una de las compañeras y amiga de la infancia de mi madre no tenía manera de asistir, pues no tenia forma de llegar hasta la casa. Tras la súplica desmedida de mi madre, mi abuelo se ofreció (mas bien aceptó) a ir a buscarla. Era sábado por la noche y faltaba una hora para que comience la ceremonia cuando, en la esquina de Avenida Emilio Castro (en ese entonces era doble mano) y White, un furgón carrozado cruza por White hacia la Avenida Alberdi a alta velocidad, y mi abuelo no logra detener el Nash a tiempo. Resultado: el Nash se incrusta contra el lateral trasero del furgón, que gira sin control hasta detenerse contra el cordón de la vereda, justo en la esquina. Un hombre que estaba montado en una escalera pintando se salva de milagro de ser embestido por el furgón.

La trompa del Nash Ambassador 1947 del abuelo de Darío Ignacio Nochetti,
seguidor de Archivo de autos, luego del choque que sufriera en 1966.

Nadie esta herido, pero el Nash esta bastante dañado. No va a arrancar: el ventilador se incrustó en el radiador. El frente hace presión contra el conjunto de correas. Intentarlo podría dañar aún más los órganos mecánicos del pobre Nash. Y es sábado por la noche, ninguna grúa esta de servicio. En ese tiempo, había cuatro o cinco compañías de seguro, pero el servicio de grúa no existía. La solución llegó a su mente cuando imagino que un camarada suyo que disponía de un remolque podría llegar a asistirlo. Así fue: su compañero lo remolco cerca de las diez y media de la noche rumbo a un taller mecánico que él mismo recomendó, ubicado en la esquina de Avenida Alberdi y Varela. Y allí estuvo el Nash durante dos meses. El trabajo de chapa fue arduo, pues al no existir en el acabado otro material más que el acero, el recambio de piezas estaba descartado, de manera que había que enderezar y reutilizar cada pieza metálica del frente dañado. La parte mecánica dañada la reparó Rainieri por indicación exclusiva de mi abuelo. Poco tiempo antes de terminar su trabajo, el chapista sugirió a mi abuelo repintar el coche por completo. En esa época repintar un coche no era tan caro como lo es hoy en día, y en vista de algunos pequeños defectos de la pintura original, mi abuelo accedió sin replica. La decisión, eso si, fue de él: el conjunto capot, techo, parantes y baúl fue pintado en color verde claro. Los paneles laterales, las puertas y los guardabarros, en verde oscuro. El auto quedó espectacular.

Tres años después, en el calorcito de fines de 1969, mi abuelo consideró adecuado vender el Nash. Para su criterio, el coche había sido de gran utilidad y había cumplido fielmente su ciclo juntos. Pero los años se le venían encima y no era conveniente atrasarse en el modelo (recordemos que para 1969, el coche tenía ya 22 años). Y el candidato no tardó en aparecer: Temez le ofreció a mi abuelo comprarle el coche ni bien se lo dijo.

Y días antes de la Navidad de 1969, Temez le compró el Nash a mi abuelo en 53.000 pesos.

Antes de bajarse por última vez, mi abuelo observo el cuentakilómetros. Todavía recuerda la cifra sin dudar: 79.000 kilómetros reales de fábrica tenía cuando lo vendió. Le había hecho 30.000 kilómetros en cinco años. Bastante para la época.

Seis meses después de haberlo comprado, Temez chocó el Nash contra un colectivo de línea 2. Esta vez quedó destruido y nunca pudo repararlo por falta de dinero, lo abandonó cerca de la casa de mi abuelo, que cada tanto lo veía.
Un día no lo vio más.

Algunos años después volvió a ver a Temez, pero vaya a saber por que inexplicable sensación de tristeza no se atrevió a preguntarle nada.

- Es cariño, abuelo. Por eso te ponés triste. Vos al auto lo querías.
Me mira arrugando el entrecejo.

- Era un auto, Darío. Era un auto, nada más.

Le cuesta porque el es así, de la generación que todo era tangible. Le cuesta reconocerlo pero yo imagino lo que piensa.

“Que autazo el Nash.”

Darío Ignacio Nochetti


Nota del editor: el autor de este relato es un seguidor de Archivo de autos y nos contó la historia de su abuelo y su querido Nash. Gracias a que me envió el texto y las fotos es que pude publicar tan conmovedor historia de vida con los viejos fierros que supimos conseguir.



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.