martes, 7 de agosto de 2012

El Citroën, ese auto del alma


¿Alguien no conoce el 2 CV? Salvo que sea muy joven o de otro planeta alguna vez en su vida vio un Citroën 2 CV o conoció a alguna persona, familiar o amigo que tuvo uno. Algunos lo padecieron, otros lo amaron y algunos se quedaron con las ganas de tener uno. Un auto que nos ha acompañado por varias décadas, sumando generaciones de admiradores. Un auto que nos llega al alma.

Prototipo del Citroën 2 CV de 1939. Foto aportada por Luis Pérez.


Desde sus inicios como prototipo, allá a fines de la década del treinta, con una Europa al borde de una guerra mundial, que todo se lo arrasaría el Citroën 2 CV vio la luz de la mano de operarios de la planta de André Citroën.

Cuentan que nació como auto para moverse dentro de la fábrica, hecho con rezagos que estaban sin uso. También dicen que lo escondieron de los nazis cuando ocuparon toda Francia. Lo ocultaron tanto que hace poco tiempo que fueron hallados varios ejemplares en un granero en la campiña francesa. Eso es amor por un auto y para esconder un secreto del enemigo.

La trompa del primer 2 CV de 1939.

El Citroën 2 CV nació signado por el utilitarismo extremo. Pocas piezas, simples y de fácil reposición. Nada de lujos, sin accesorios superfluos. Barato, económico y de bajo costo en su mantenimiento, han hecho su mejor secreto para perdurar décadas en las líneas de montaje.

Siempre habrá detractores de alguna marca o modelo. Esto es inevitable ahí entran a tallar los gustos y las preferencias. Como dijo un compañero de secundario: “prefiero tomar una curva a 180 kilómetros por hora en un Torino que hacer lo mismo en un Citroën 2 CV a 40 kilómetros por hora”. Se ve que el grado de inclinación de la carrocería lo ponía nervioso. Lejos estaba el 2 CV en llegar a los 180 kilómetros por hora, pero quien lo compraba no lo quería para eso.

Recuerdo de chico escuchar uno de los apodos despectivos que recibía el 2 CV: letrina de campo, porque son cuatro chapas y una lona. Es verdad técnicamente es eso. Pero esa letrina de campo podía recorrer miles de kilómetros con un consumo ridículo, claro que a una baja velocidad. Pero llegaba sin cansarse.

Tres 2 CV en plena travesía por África.

Anécdotas hay por docenas, donde interviene un 2 CV, todas simpáticas, aunque la situación sea trágica. Hace poco les conté algunas que le pasaron a René. También la pluma de Quique Pesoa nos dejó una historia de un chancho y su 3 CV verde, allá en su Rosario natal.

El Citroën fue un auto que caló hondo en el sentimiento popular de los argentinos. Tanto que fue muchas veces partícipe de historias o historietas. Como que era el auto del padre de Mafalda, la niña salida de la mano del talentoso Quino. O era el auto del periodista llamado Loco Chávez, un personaje dibujado por Horacio Altuna para una tira en el diario Clarín.

También Osvaldo Soriano lo incluyó en alguna de sus novelas como un personaje más. Porque era un auto que permitía hacer cosas que otros autos contemporáneos no te dejaban hacer. ¿Qué auto te dejaba sacarles los asientos para hacer un picnic? ¿Cuántos autos argentinos eran convertibles de fábrica en un abrir y cerrar de ojos?

El 2 CV con sus asientos afuera del auto.

El 2 CV te dejaban sacarles los laterales del motor y sus guardabarros delanteros para que trabajaras cómodo. Un par de tuercas y listo la trompa estaba desarmada. Incluso usando la misma llave que necesitabas para cambiar un neumático, en caso de una pinchadura.

Un auto que te permitía meterte en un charco de agua pronunciado y que los frenos siguieran siendo efectivos, porque estaban a la salida del diferencial y adentro del motor, con lo cual se mantenían secos. Otro parangón era su calefacción, que no era otra cosa que el calor del motor que se refrigeraba por aire.

El Citroën 2 CV Charleston de 1984.

Muchos aprendieron a manejar con un 2 CV o un 3 CV. El autor de estas líneas terminó de afirmar sus dotes conductivas al mando de un 3 CV amarillo patito. Ya con el motor grande y sin el famoso embrague centrífugo. Un auto que te permitía errores y te ayudaba en la conducción. Eso sí había que tener cuidado de no darse los dedos contra el parabrisas, al doblar en alguna esquina.

Un auto recordar y amar, pese a que algunos le tengan un poco de inquina. Un auto para divertirse, o para ir a trabajar. Un auto utilitario en su máxima expresión. Un auto donde todo había sido pensado en su función. La simpleza era su mejor arma. Todo estaba pensado en hacerte la vida más fácil y barata a sus conductores.

El Citroën 3 CV argentino de 1972.

El 2 CV ha sido y será un auto para amar. Un auto que se convirtió en un amigo, en las buenas y en las malas. El siempre estará ahí. Un auto fiel que nos llevará a cualquier parte del mundo sin fatigarse y a cambio solo nos pedirá un poco de cariño. Nada más que eso, amor por sus fierros. No es mucho pedir para un auto tan útil.

Maurcio Uldane