domingo, 7 de agosto de 2016

El auto que no murió

Aquella mañana cuando estaba escribiendo en la computadora, como todas las mañanas, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea estaba mi amigo de toda la vida, Beto. “Quiero que veas un auto que seguro te va a interesar”, me dijo. Ahí comenzó una historia que no estaba en mis planes vivir.



“No puedo tengo mucho para escribir y el tiempo me corre”, le respondí, cosa que era cierta y me pasaba todo el tiempo. Siempre estaba corriendo tras las notas diarias que se publican en mi sitio. Trabajo solo y eso es una gran carga.

“Venite esta tarde después del almuerzo y vamos a verlo”, sentenció mi amigo del otro lado del teléfono. Conozco a Beto desde la infancia, para ser exacto desde el jardín de infantes “Las Palomitas”. El primer día que me vio su pregunta fue: ¿qué auto te gusta? Como ven estamos marcados a fuego desde los 3 o 4 años. Somos incurables, apasionados por los autos. Aquellos autos de nuestra infancia.

Cuando a Beto se le cruza una idea en la cabeza no hay forma de extirpársela. Si no le decía que iba a ver el bendito auto lo tendría toda la mañana torturándome por el teléfono. En parte para sacármelo de encima y poder escribir tranquilo le dije que iría.

Luego, pensé ingenuamente, que se me ocurriría una excusa. Soy el rey de las excusas. Algún día, cuando tenga tiempo, escribiré un libro que se llamará “Mil y una excusas”. Creo que tengo más, pero con 1.001 está bien para empezar.

Corté y Beto se quedó tranquilo que pasaría a las 2 de la tarde por su casa. Iríamos juntos a ver ese auto tan especial que me contaba vía telefónica. Volví a mi escritura que estaba más que atrasada. Eran recién las 9 y media y tenía que apurarme si me decidía ir a la casa de mi amigo.

El tiempo pasó volando como si estuviera de vacaciones. El tiempo tiene unos parámetros de medición que no siempre se ajustan a nuestras necesidades. A veces pienso que las horas son de goma, por como se pueden estirar más de 60 minutos…

Almorcé algo a las apuradas porque ya el reloj marcaba la 1 y cuarto. Por suerte la casa de Beto solo queda a unos 15 minutos de caminata de mi casa. No pensaba sacar mi auto, que me lleve él si está tan interesado en que vea el dichoso auto. Comí y salí a las disparadas. Ya eran un poco más de las 2 menos cuarto.

Casi al trote llegué a la casa de Beto y toqué su timbre cuando mi reloj marcaba las 2 de la tarde. De un invierno que era invierno en mucho tiempo. Otra vez el tiempo. Siempre es un tic tac. Si no es climático, es horario. Pero siempre algo nos marca el paso. A veces pienso que estamos caminando sobre un viejo LP de vinilo negro y nunca llegamos a ninguna parte. Pero no se preocupen son ideas que se me ocurren cuando estoy algo alterado, como en esta tarde de invierno frente a la puerta de la casa de mi amigo.

“¡Llegaste puntual! ¡Como siempre!, gritó Beto con la puerta entreabierta. “Ya veo que no trajiste tu auto. Tendremos que ir en el mío”, refunfuñó mi amigo. “Es que me gusta ir en un Di Tella”, le respondí en broma. No le gusta sacarlo si no es un fin de semana. Tiene sus mañas, como todos las tenemos, pero somos hábiles escondedores.

“Esperame en la vereda que ahora lo saco del garaje”, me dijo Beto todavía algo enojado. Esperé un rato a que lo destapara, lo pusiera en marcha y templara el motor. Conocía a mi amigo desde chico, ¿se los dije, ya? Es muy bueno pero algo mañoso como caballo tuerto, como dirían en el campo.

Al rato salió con su Di Tella que está impecable como si lo hubiera traído del concesionario el día anterior. “Me parece que la pintura está un poco opaca”, le dije serio. Beto me fusiló con la mirada y me dijo: “siempre jodiendo vos”. Puso primera y nos encaminamos a conocer el bendito auto que me había dicho por la mañana.

Como siempre fuimos charlando de las pavadas que hablan dos tipos que se conocen desde el jardín de infantes. La primera: de autos. Creo que los autos nos unieron desde que nos conocimos en la tierna infancia. Con la pregunta que me hizo Beto, apenas, nos conocimos.

Después hablamos de todo lo demás incluidas las mujeres propias y ajenas. En esos menesteres estábamos cuando frena mi amigo y me dice: “llegamos”. La casa no me decía nada. Un barrio más en la ciudad y una cuadra que no tenía la menor particularidad para llamar la atención de nadie.

Estacionó el Di Tella justo enfrente de la puerta de la casa a la que nos dirigíamos. Eso porque en parte era un barrio alejado del centro, sino estacionar es una tarea titánica. Cerró su Di Tella y se encaminó a tocar el timbre. Yo detrás como perrito faldero. Ahora me tocaba ser el segundón en esto.

“Hola buenas tardes. ¿Está Don Cosme?”, le dijo a la señora mayor que se asomó por el vidrio de la puerta. “Sí, ya se lo llamo”, respondió la señora. Y se vino el grito, “¡Cosmeeee, te buscan!”. En pocos instantes se oyeron los pasos de un anciano acercándose a la puerta. “¡Pero si es Beto!”, gritó Don Cosme. Ya me daba cuenta que mi amigo tenía cierta fama con este anciano.

“Pasen, pasen”, dijo el hombre y nos introdujo en su hogar. Beto me presentó como mi amigo e interesado en su auto. Lo miré a mi amigo con un interrogante en la cara. ¿Yo interesado en el auto de Don Cosme? Ni siquiera sabía que marca de auto tenía este hombre, ni en qué estado lo podría encontrar.

Pero la vida nos da sorpresa como dice la canción de Rubén Blades. Y vaya sorpresa que me llevé esa tarde de invierno en un viejo barrio de la ciudad. En ese momento quería terminar con este asunto de la visita a la casa de este hombre. Y retornar detrás del teclado de mi computadora para concluir con mi trabajo en la nota que había dejado a medio camino.

La nota quedaría sin terminar, al menos ese día. No lo sabía en ese momento y menos me lo imaginaba. Y eso que imaginación me sobra. ¿Les dije que suelo escribir relatos de ficción para el sitio que administro? Pero una vez más la realidad me pasó por arriba. Como digo algunas veces, cualquier parecido con la ficción es pura realidad…

Don Cosme nos llevó hasta el garaje de su casa, que estaba pegado al comedor. Ahí totalmente tapado estaba la silueta de un Siam Di Tella. Para un conocedor de autos clásicos no era nada difícil deducir el auto debajo de esa tela que lo cubría.

En parte pensé que no debía estar en tan mal estado si lo tenía cubierto dentro del garaje. “Es para que no se llene de tierra”, dijo el anciano a modo de escusa. “Si sabía que venían a verlo lo destapaba temprano y lo limpiaba. Algo de tierra siempre le queda por el color”, dijo Don Cosme.

Cuando el anciano descorrió el velo que cubría el auto lo primero que vi ya me indicó que estaba delante de una verdadera maravilla. Ese trozo de pintura me dio la pauta en qué estado se encontraba ese Di Tella en ese garaje de un barrio de la ciudad.

Al terminar de descorrer esa tela no podía salir del asombro. Detrás la voz de Beto diciéndome “¿¡Y qué te dije!?”. Nada podía responderle porque todavía no me recuperaba del asombro. Estaba delante de un auto que ni siguiera parecía que lo hubieran sacado de la concesionaria.

Pero faltaban más detalles para completar el cuadro en ese garaje. Al abrir la puerta de lado del conductor un olor a tapizado nuevo inundó mis narinas y mis ojos se embelesaron con las texturas. Era como viajar 50 años atrás. Como si Don Cosme fuera un vendedor de una agencia de la marca Di Tella y estuviéramos viendo con Beto un auto que nos interesara comprar.

Esa fugaz escena en mi cabeza ha estado dándome vueltas por mucho tiempo y por eso me animé a contarles esta historia. Porque ese auto se merece una historia por cómo ese hombre, ya anciano, dedicó parte de su vida a cuidarlo para que llegara hasta el siglo XXI en ese estado. Es una joya sobre ruedas.

Luego de reponerme de la emoción de encontrarme con semejante pedazo de la historia de los autos que supimos conocer en el pasado. Le pregunté a Don Cosme si lo quería vender. A lo que el anciano me respondió que sí, pero que lo haría solo a alguien que demostrara que lo iba a cuidar como lo cuidó él desde que lo compró en el siglo pasado.

Lo miré a Beto y él que ya tenía su Di Tella conocía a personas que podían estar interesadas en adquirirlo. Por mi parte me imaginaba que Don Cosme pediría una fortuna por ese auto. Pero no fue así el precio que puso era acorde y racional. Lo que ese hombre buscaba era alguien que cuidara “su auto” más que un comprador.

Quedamos en contestarle en la semana y nos fuimos con mi amigo. No paramos de hablar del auto. No había manera de hacerlo. Era inevitable. Lo analizamos. Ambos no teníamos por nuestra cuenta el dinero para comprarlo, pero si juntábamos los ahorros de ambos llegábamos al precio.

Nos tomamos dos días para pensarlo. Y le contestamos a Don Cosme. El hombre quedó muy contento que su Di Tella, ahora, tuviera dos personas que lo cuidarían. Nuevamente los autos nos habían unidos, si es que alguna vez estuvimos separados.

“Me gusta el Di Tella”, le dije a Beto. “¿Qué me decís?”, me respondió con un interrogante en su cara, cuando ya lo habíamos acomodado en mi casa que tiene lugar de sobra. “Lo que me preguntaste cuando nos conocimos en Las Palomitas: me gusta el Di Tella”. Beto comenzó a reírse y me dio un abrazo que casi me quiebra.

Lo que puede hacer un auto clásico en una amistad, eso es pasión por los fierros viejos. Solo eso y nada más que eso. El resto es historia que hacemos los amigos fierreros y los ancianos que cuidan autos por más de 30 años…

Mauricio Uldane

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