Lenguaje claro

domingo, 10 de julio de 2016

Hora de jugar

Había llegado la tarde y luego de hacer los deberes de la escuela primaria tenía mi tiempo libre para jugar. Era la hora indicada para imaginar mundos con cuatro ruedas sobre la mesa del comedor. Esa que era apta para todos los usos, comer, estudiar y jugar…



Primero había que preparar el terreno que se inventaba con la colcha de planchar. Servía para hacer caminos de montaña o de llanura. Ahí en esa superficie es donde los queridos Matchbox entrarían en acción en breves instantes.

Antes había elegido a los participantes del juego de la tarde. Ese camión Mercedes Benz con acoplado sería ideal para transportar las mercaderías al otro pueblo pasando la sierra gris de la colcha.

En el camino nos cruzaríamos con un Mercury Cougar que arrastraba un tráiler con dos caballos que seguro iban al campo de trote que vimos hace un par de kilómetros atrás. Antes nos había tocado bocina el ómnibus de larga distancia, ese que tiene un galgo pintado en sus laterales.

A poco de andar con el Mercedes nos encontramos con un Unimog esperando en un camino de tierra intransitable para cruzar la ruta y seguir su viaje, vaya a saber dónde. También nos saludó con la bocina y agitando las manos.

Al llegar a la vieja estación de servicio vimos como llegaba una grúa Dodge tirando un flamante BMC que seguro tuvo algún percance en la ruta de la montaña. ¡Es un trayecto difícil de recorrer! Pero no se lo ve golpeado por ningún lado.

Cuando esperábamos que llenaran el tanque de gasoil oímos un bramido en la ruta. “¿Lo vio?”, me dijo el playero. “¿Qué auto era?”, le pregunté. “Un Lamborghini Miura”, me respondió. “El otro día vino a cargar nafta. No tiene idea del motor que tiene. ¡Son 12 cilindros! ¡Una máquina infernal!”, me contó extasiado el playero.

Un joven veinteañero que hace un tiempo trabaja en la Estación Paso Tranquilo. Lo veo periódicamente por mis constantes viajes con el camión Mercedes y el acoplado cargado de bolsas de papa. Hoy son papas pero otros días llevo cebollas o zanahorias. Todos productos de la Quinta La Amistad que está a unos 10 kilómetros al sur del primer pueblo.

Esto de viajar en camión me hace ver cada cosa en el camino. Como ese nuevo BMC que algo se le rompió. En eso, alguien se acerca. Era el dueño del auto averiado y traído por la grúa Dodge. “¿Para dónde va?”, me pregunta. “Voy para el pueblo siguiente”, le respondo.

“Perfecto me puede dejar de paso en la terminal de ómnibus. Tengo que llegar a mi trabajo para la tarde”, me dice el tipo del BMC. Le digo que no hay problema que cuando termine de cargar el gasoil salimos. Le aclaro que no voy muy rápido porque llevo carga completa y que a más de 80 kilómetros por hora no viajo.

“No hay problema. Yo a gatas venía a 70 con mi auto y no podía acelerar más. Algo se rompió, pero no tengo la menor idea de lo que puede ser”, me dijo el tipo que se llamaba Horacio.

Partimos ni bien se llenó el tanque de combustible del Mercedes verde. Enfilamos para la ruta nuevamente y ahí de frente nos cruzamos con el Miura que venía a toda velocidad. “¡Este se va a matar con el auto!”, dijo en un grito Horacio.

Y me contó que lo había pasado unas cuantas veces por la ruta de la montaña con el Miura a toda velocidad. “¿No le estará haciendo un road test para alguna revista?”, le pregunté. “Es un auto nuevo y tal vez lo están testeando para publicar una nota. Leí hace poco una en la revista Automundo donde un periodista probó el prototipo del Miura.

En eso estábamos hablando cuando vimos que el Unimog aparecía nuevamente por un camino de tierra y subía a la ruta asfaltada delante de nosotros. “¡Qué camionazo!”, me dijo Horacio señalando al Unimog de color verde agua. Sí, señor flor de camión de doble tracción.

También nos pasó otro ómnibus con un galgo pintado en su lateral. “Ese es el micro que tengo que tomar”, me dijo Horacio. Apuré la marcha para no separarme mucho del ómnibus y así llegar casi juntos a la terminal. Por suerte había mucha gente esperándolo para subir y no arrancó enseguida.

Horacio se bajó a la corrida y se metió en la terminal de ómnibus para comprar su boleto y poder viajar hasta la ciudad. Yo tenía que seguir mi camino hacia el pueblo vecino a descargar mis bolsas de papa. En eso veo que la grúa Dodge de la Estación Paso Tranquilo entraba a la terminal en busca de otro auto descompuesto.

Una vez en marcha me crucé con el Mercury Cougar que volvía sin el tráiler con los caballos. Era evidente que lo había dejado en el campo de trote que está detrás de la sierra gris. Esa que forma la colcha de planchar que está sobre la mesa donde comemos todos los días. La misma mesa en que hago los deberes y después juego un rato con mis autitos Matchbox.

Esos autitos que atesoro, y cuido, por mandato paterno. Hasta las cajas de cartón están todas alineaditas dentro de una gran caja de cartón. Algún día voy a contarles a todo el mundo que tengo unos cuantos guardados desde que era chico. Algún día, cuando exista un medio electrónico, como en las películas de ciencia ficción, armaré un sitio para mostrarle al mundo mis autitos Matchbox. Pero eso será, algún día…

Mauricio Uldane

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